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| Ioannes Paulus PP. II Tertio millennio adveniente IntraText CT - Texto |
32. El Jubileo es siempre un tiempo de gracia particular, « un día bendecido por el Señor »: como tal tiene —ya lo he comentado— un carácter de alegría. El Jubileo del Año 2000 quiere ser una gran plegaria de alabanza y de acción de gracias sobre todo por el don de la Encarnación del Hijo de Dios y de la Redención realizada por El. En el año jubilar los cristianos se pondrán con nuevo asombro de fe frente al amor del Padre, que ha entregado su Hijo, « para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga vida eterna » (Jn 3, 16). Elevarán además con profundo sentimiento su acción de gracias por el don de la Iglesia, fundada por Cristo como « sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano ».(14) Su agradecimiento se extenderá finalmente a los frutos de santidad madurados en la vida de tantos hombres y mujeres que en cada generación y en cada época histórica han sabido acoger sin reservas el don de la Redención.
El gozo de un jubileo es siempre de un modo particular el gozo por la remisión de las culpas, la alegría de la conversión. Parece por ello oportuno poner nuevamente en primer plano el tema del Sínodo de Obispos de 1984, es decir, la penitencia y la reconciliación.(15) Este Sínodo fue un hecho muy significativo en la historia de la Iglesia postconciliar. Retoma la cuestión siempre actual de la conversión (« metanoia »), que es la condición preliminar para la reconciliación con Dios tanto de las personas como de las comunidades.