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Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica
Vida fraterna en comunidad

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En la Iglesia particular

60. Con su presencia misionera la comunidad religiosa se coloca en una determinada Iglesia particular a la que comunica la riqueza de su consagración, de su vida fraterna y de su carisma.

Con su simple presencia no sólo lleva en sí misma la riqueza de la vida cristiana, sino que al mismo tiempo es un anuncio particularmente eficaz del mensaje cristiano. Se puede decir que es una predicación viva y continua. Esta condición objetiva, que evidentemente responsabiliza a los religiosos, comprometiéndolos a ser fieles a ésta su primera misión, corrigiendo y eliminando todo lo que puede atenuar o debilitar el efecto atrayente de esta imagen suya, hace sumamente deseada y preciosa su presencia en la Iglesia particular, antecedentemente a cualquier otra consideración.

Por ser la caridad el carisma mayor de todos (cf 1 Cor 13,13), la comunidad religiosa enriquece a la Iglesia, de la que es parte viva, ante todo, con su propio amor. Ama a la Iglesia universal y a esta Iglesia particular en la que está inserta, porque es en la Iglesia y como Iglesia donde ella se sabe en comunión viva con la Trinidad, bienaventurada y beatificante, fuente de todos los bienes, y de este modo se convierte en manifestación privilegiada de la íntima naturaleza de la misma Iglesia.

Ama a su Iglesia particular, la enriquece con sus propios carismas y la abre a una dimensión más universal. Las delicadas relaciones entre las exigencias pastorales de la Iglesia particular y la especificidad carismática de la comunidad religiosa han sido estudiadas por el documento Mutuæ Relationes, que, con sus indicaciones teológicas y pastorales, ha contribuido notablemente a una más cordial e intensa colaboración. Ha llegado el momento de tomarlo de nuevo en las manos para imprimir un ulterior impulso al espíritu de verdadera comunión entre comunidad religiosa e Iglesia particular.

Las crecientes dificultades de la misión y de la escasez de personal pueden ser una tentación de aislamiento, tanto para la comunidad religiosa como para la Iglesia particular; lo que ciertamente no favorece la comprensión ni la colaboración mutua.

De este modo, por una parte, la comunidad religiosa corre el riesgo de estar presente en la Iglesia particular sin un vínculo orgánico con su vida y su pastoral; por otra parte, se tiende a reducir la vida religiosa únicamente a las tareas pastorales. Más aún, si la vida religiosa tiende a subrayar con fuerza creciente la propia identidad carismática, la Iglesia particular exige con frecuencia, de forma urgente y apremiante, energías para su pastoral diocesana o parroquial. El Mutuæ Relationes rechaza tanto el aislamiento y la independencia de la comunidad religiosa con respecto a la Iglesia particular, como su práctica absorción en el ámbito de la Iglesia particular.

Del mismo modo que la comunidad religiosa no puede actuar independientemente o de forma alternativa, ni menos aún contra las directrices y la pastoral de la Iglesia particular, tampoco la Iglesia particular puede disponer caprichosamente, o según sus necesidades, de la comunidad religiosa o de algunos de sus miembros.

Es preciso recordar que no tener suficientemente en cuenta el carisma de una comunidad religiosa no beneficia ni a la Iglesia particular ni a la misma comunidad. Sólo si tiene una precisa identidad carismática, puede insertarse en la «pastoral de conjunto», sin perder su propia naturaleza, sino más bien enriqueciéndola con su propio don.

No hay que olvidar que todo carisma nace en la Iglesia y para el mundo, y debe remitirse siempre a sus orígenes y a su fin, y permanece vivo en la medida en que es fiel a ellos.

La Iglesia y el mundo permiten interpretarlo, lo mantienen vivo y lo impulsan hacia una creciente actualidad y vitalidad. Carisma e Iglesia particular no pueden nunca contraponerse, sino apoyarse y complementarse, especialmente en este momento en que surgen no pocos problemas de actualización del carisma y de su inserción en la realidad cambiante.

En la base de muchas incomprensiones, está, tal vez, el fragmentario conocimiento recíproco tanto de la Iglesia particular como de la vida religiosa y de la misión del obispo con respecto a ésta.

Se recomienda vivamente que no falte un curso específico de teología de la vida consagrada en los seminarios teológicos diocesanos, donde sea estudiada en sus aspectos dogmático-jurídico-pastorales, como tampoco los religiosos carezcan de una adecuada formación teológica sobre la Iglesia particular(74).

Pero, sobre todo, una comunidad religiosa fraterna sentirá de verdad el deber de difundir ese clima de comunión, que ayuda a toda la comunidad cristiana a sentirse la «Familia de los hijos de Dios».

61. La parroquia

En las parroquias, en algunos casos, resulta difícil coordinar la vida parroquial con la vida comunitaria.

En algunas regiones, para los religiosos sacerdotes, la dificultad de formar comunidad, cuando se ejerce el ministerio parroquial, crea no pocas tensiones. Las múltiples tareas pastorales, propias de una parroquia, se llevan a cabo, a veces, con detrimento del carisma del instituto y de la vida comunitaria, hasta el punto de hacer perder de vista a los fieles y al clero secular, e incluso a los mismos religiosos, la percepción de la peculiaridad de la vida religiosa.

Las urgentes necesidades pastorales no deben hacer olvidar que el mejor servicio de la comunidad religiosa a la Iglesia es el de la fidelidad al propio carisma. Esto se refleja también en la aceptación y en el modo de llevar las parroquias. Se deberían preferir aquellas que permiten vivir en comunidad y en las que se puede expresar el propio carisma.

También la comunidad religiosa femenina, a la que se le pide, con frecuencia, estar presente en la pastoral parroquial de una forma más directa, experimenta dificultades parecidas.

Aquí también, es preciso repetirlo, su inserción será tanto más fructuosa cuanto la comunidad religiosa esté más presente con su propia fisonomía carismática(75). Todo esto puede ser muy ventajoso tanto para la comunidad religiosa como para la misma pastoral, en la que las religiosas normalmente son bien aceptadas y apreciadas.

62. Los movimientos eclesiales

Los movimientos eclesiales en el sentido más amplio de la palabra, que tienen una vigorosa espiritualidad y una gran vitalidad apostólica, han llamado la atención de algunos religiosos, que han participado en ellos, recibiendo, a veces, frutos de renovación espiritual, de entrega apostólica y de revitalización vocacional; pero, a veces, han sido causa también de división en la comunidad religiosa.

Es oportuno, por tanto, tener en cuenta lo siguiente:

a) Algunos movimientos son simplemente movimientos de animación; otros, por el contrario, tienen proyectos apostólicos que pueden ser incompatibles con los de la comunidad religiosa.

También es diverso el nivel de pertenencia de las personas consagradas. Algunas participan sólo como asistentes; otras, sólo ocasionalmente; otras son miembros estables y en plena armonía con la propia comunidad y espiritualidad.

En cambio, los que manifiestan una pertenencia primordial al movimiento con un distanciamiento psicológico del propio instituto, crean problema, porque viven en una división interior: residen en la comunidad, pero viven según los proyectos pastorales y las directrices del movimiento.

Es preciso, por tanto, discernir cuidadosamente entre un movimiento y otro, y entre una forma de pertenencia y otra del religioso.

b) Los movimientos pueden constituir un desafío fecundo para la comunidad religiosa, para su tensión espiritual, la calidad de su oración, la audacia de sus iniciativas apostólicas, su fidelidad a la Iglesia y la intensidad de su vida fraterna. La comunidad religiosa debería estar abierta al encuentro con los movimientos, con una actitud de mutuo conocimiento, de diálogo y de intercambio de dones.

La gran tradición espiritual -ascética y mística- de la vida religiosa y del instituto puede ser útil también para los nuevos movimientos.

c) El problema fundamental en la relación con los movimientos sigue siendo la identidad de cada persona consagrada. Si ésta es sólida, la relación es provechosa para ambos.

A esos religiosos y religiosas, que parecen vivir más en y para el movimiento que en y para la comunidad religiosa, hay que recordar lo que afirma el Potissimum Institutioni: «Un Instituto tiene una coherencia interna, que recibe de su naturaleza, de su fin, de su espíritu, de su carácter y de sus tradiciones. Todo este patrimonio constituye el eje alrededor del cual se mantienen, a la vez, la identidad y la unidad del mismo Instituto y la unidad de vida de cada uno de sus miembros. Es un don del Espíritu a la Iglesia, que no puede soportar interferencias ni mezclas. El diálogo y la comunicación dentro de la Iglesia suponen que cada uno tiene plena conciencia de su identidad.

Un candidato a la vida religiosa (...) no puede depender, al mismo tiempo, de un responsable ajeno al Instituto (...) y de los superiores del propio Instituto.

Estas exigencias continúan después de la profesión religiosa, a fin de descartar todo fenómeno de pluripertenencia, en el plano de la vida espiritual del religioso y en el de su misión»(76).

La participación a un movimiento será positiva para el religioso o la religiosa si refuerza su identidad específica.




74) cf MR 30b, 47.



75) MR 49-50.



76) PI 93.






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