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Algunas situaciones particulares
63. Inserción en los ambientes populares
Junto con tantos hermanos en la fe, las comunidades religiosas han sido pioneras en acercarse a los distintos modos de pobreza material y espiritual de su tiempo, en formas continuamente renovadas.
La pobreza ha sido, en estos últimos años, uno de los temas que más han apasionado y conmovido el corazón de los religiosos. La vida religiosa se ha cuestionado con seriedad cómo ponerse a disposición de la evangelización de los pobres: «evangelizare pauperibus». Pero también, cómo ser evangelizados por los pobres: «evangelizari a pauperibus»: cómo ser capaces de dejarse evangelizar por el contacto con el mundo de los pobres.
En este gran proceso, en el que los religiosos han elegido como programa optar «todos por los pobres», estar «muchos con los pobres» y ser «algunos como los pobres», queremos señalar aquí algunas realizaciones que afectan a aquellos que quieren ser «como los pobres».
Frente al empobrecimiento de grandes sectores populares, especialmente en las zonas abandonadas y periféricas de las metrópolis y en los ambientes rurales olvidados, han surgido «comunidades religiosas de inserción», que son una de las expresiones de la opción evangélica preferencial y solidaria por los pobres, con el fin de acompañarlos en su proceso de liberación integral, y también un fruto del deseo de descubrir a Cristo pobre en el hermano marginado, para servirle y configurarse con Él.
a) «La inserción» como ideal de vida religiosa se ha desarrollado en el contexto del movimiento de fe y solidaridad de las comunidades religiosas hacia los más pobres.
Ésta es una realidad que no puede menos de suscitar la admiración, por la intensidad de la entrega personal y por los grandes sacrificios que comporta, por un amor a los pobres que impulsa a compartir su real y dura pobreza, por el esfuerzo de hacer presente el Evangelio en estratos de población sin esperanza, para acercarlos a la Palabra de Dios, para hacer que se sientan parte viva de la Iglesia(77). Con frecuencia estas comunidades se encuentran en lugares fuertemente marcados por un clima de violencia que engendra inseguridad y, a veces, también la persecución hasta el peligro por la propia vida. Su valentía es grande y se convierte en un claro testimonio de la esperanza de que es posible vivir como hermanos, no obstante todas las situaciones de dolor y de injusticia.
Enviadas con frecuencia a la vanguardia de la misión, testigos a veces de la creatividad apostólica de los Fundadores, esas comunidades religiosas deben poder contar con la simpatía y la oración fraterna de los otros miembros del instituto y con la solicitud particular de los superiores(78).
b) Estas comunidades religiosas no han de abandonarse a sí mismas, sino más bien han de ser ayudadas para que logren vivir la vida comunitaria e intercambios fraternos, a fin de que no sean inducidas a relativizar la originalidad carismática del instituto en nombre de un servicio indiscriminado a los pobres, y, también, para que su testimonio evangélico no sea deformado por interpretaciones o instrumentalizaciones partidistas(79).
Los superiores tendrán cuidado también en elegir las personas aptas y preparar a estas comunidades, de modo que se asegure la vinculación con las otras comunidades del instituto, precisamente para garantizar su continuidad.
c) Merecen también elogio otras comunidades religiosas que se preocupan efectivamente de los pobres, sea del modo tradicional, sea con métodos más adaptados a las nuevas formas de pobreza, o tratando de sensibilizar a todos los ambientes en relación con los problemas de la pobreza, suscitando en los seglares disponibilidad para el servicio, vocaciones para el compromiso social y político, organización de ayuda y voluntariado.
Todo esto testimonia que en la Iglesia está viva la fe y es operante el amor a Cristo presente en el pobre: «Todo lo que hicisteis a uno de estos pequeños a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).
Donde la inserción entre los pobres se ha convertido -para los pobres y para la misma comunidad- en una verdadera experiencia de Dios, se ha experimentado que es verdadera la afirmación de que los pobres son evangelizados y de que los pobres evangelizan.
64. Pequeñas comunidades
a) Sobre las comunidades han influido también otras realidades sociales. En algunas regiones económicamente más desarrolladas, el Estado ha extendido su acción en el campo educativo, sanitario y asistencial, con frecuencia de modo que no deja espacio a otras entidades, entre ellas las comunidades religiosas. Por otra parte, la disminución numérica de religiosos y religiosas, y en algunas partes también una visión incompleta de la presencia de los católicos en la acción social vista más como suplencia que como manifestación original de la caridad cristiana, han hecho difícil la gestión de obras complejas.
De aquí se ha seguido el progresivo abandono de las obras tradicionales, llevadas durante mucho tiempo por comunidades numerosas y homogéneas, y la multiplicación de pequeñas comunidades dedicadas a nuevas formas de servicio, casi siempre en armonía con el carisma del instituto.
b) Las pequeñas comunidades se han multiplicado también por la opción hecha por algunos institutos, con la intención de favorecer la unión fraterna y la colaboración mediante relaciones más estrechas entre las personas y una mayor corresponsabilidad entre todos.
Estas comunidades, como reconoce la Evangelica Testificatio(80), son ciertamente posibles, pero son, de suyo, más exigentes para sus miembros.
c) A las pequeñas comunidades, que muchas veces se han mantenido en estrecho contacto con la vida de cada día y con los problemas de la gente, pero también más expuestas al influjo de la mentalidad secularizada, les corresponde la gran tarea de ser visiblemente lugares de gozosa fraternidad, de fervorosa laboriosidad y de trascendente esperanza.
Es necesario, pues, que estas comunidades tengan un programa de vida sólido, flexible y vinculante, aprobado por la autoridad competente, que garantice al apostolado su dimensión comunitaria. Este programa debe estar adaptado a las personas y a las exigencias de la misión, de modo que favorezca el equilibrio entre oración y actividad, entre momentos de intimidad comunitaria y trabajo apostólico. Ha de prever, además, encuentros periódicos con otras comunidades del mismo instituto, precisamente para superar el peligro del aislamiento y de la marginación con respecto a la gran comunidad del instituto.
d) Aun cuando las pequeñas comunidades pueden presentar ventajas, normalmente no es recomendable que un instituto esté formado sólo por pequeñas comunidades. Las comunidades más numerosas son necesarias. Éstas pueden ofrecer, tanto a todo el instituto como a las pequeñas comunidades, apreciables servicios: cultivar con mayor intensidad y riqueza la vida de oración y las celebraciones, ser lugares privilegiados para el estudio y la reflexión, ofrecer posibilidades de retiro y de descanso a los miembros que trabajan en las fronteras más difíciles de la misión evangelizadora.
Este intercambio entre una comunidad y otra se hace fecundo en un clima de benevolencia y de acogida.
Todas las comunidades deben destacar, sobre todo, por su fraternidad, por la sencillez de vida, por la misión en nombre de la comunidad, por la tenaz fidelidad al propio carisma, por la irradiación constante del «buen olor de Cristo» (2 Cor 2,15); así indican, en las diversas situaciones, los «caminos de la paz», incluso al hombre perdido y dividido de la actual sociedad.
65. Religiosos y religiosas que viven solos
Una realidad con la que a veces se tropieza es la de religiosos y religiosas que viven solos. La vida común en una casa del instituto es esencial a la vida religiosa. «Los religiosos deben vivir en su propia casa religiosa, observando la vida común. No han de vivir solos sin motivos graves, sobre todo si hay cerca una comunidad de su Instituto»(81).
Se dan, sin embargo, excepciones que han de ser valoradas y pueden ser concedidas por el superior(82): por motivo de apostolado en nombre del instituto (como, por ejemplo, compromisos exigidos por la Iglesia, misiones extraordinarias, grandes distancias en territorios de misión, reducción progresiva de una comunidad hasta llegar a haber un solo religioso en una obra del instituto), o por motivos de salud y de estudio.
Mientras es tarea de los superiores mantener frecuentes contactos con los hermanos que viven fuera de la comunidad, es un deber de estos religiosos mantener vivo en sí mismos el sentido de pertenencia al instituto y de la comunión con sus miembros, buscando todos los medios para favorecer y reforzar los vínculos fraternos. Para ello búsquense «tiempos fuertes» para vivir juntos; prográmense encuentros periódicos con los otros para la formación, el diálogo fraterno, la verificación y la oración, para respirar un clima de familia. Dondequiera que se encuentre, la persona que pertenece a un instituto debe ser portadora del carisma de su familia religiosa.
Pero el religioso «solo» no es nunca un ideal. Lo normal es que un religioso viva en una comunidad fraterna. La persona se ha consagrado a esta vida común y desarrolla su apostolado normalmente en este género de vida, y a esta vida retorna cordialmente y con su presencia cada vez que la necesidad le lleve a vivir momentáneamente lejos, durante un tiempo breve o largo.
a) Las exigencias de una misma obra apostólica, por ejemplo, de una obra diocesana, ha llevado a varios institutos a mandar a uno de sus miembros a colaborar en un equipo de trabajo intercongregacional. Existen experiencias positivas en las que varias religiosas que colaboran en el servicio de la misma obra en un lugar donde no existen comunidades del propio instituto, en vez de vivir solas, viven en una misma casa, oran en común, tienen reuniones para reflexionar sobre la Palabra de Dios, comparten la comida, los trabajos domésticos, etc. Siempre que esto no signifique sustituir la comunicación viva con el propio instituto, también este tipo de «vida comunitaria» puede ser útil para la obra y para las mismas religiosas.
Los religiosos y las religiosas sean prudentes en querer asumir trabajos que exigen vivir normalmente fuera de la comunidad, y sean igualmente prudentes los superiores en confiárselos.
b) Incluso la petición para atender a los padres ancianos y enfermos, que exige con frecuencia ausencias de la comunidad, necesita un serio discernimiento y posiblemente requiere soluciones diversas, para evitar ausencias demasiado prolongadas del hijo o de la hija.
c) Se ha de advertir que el religioso que vive solo, sin un envío o permiso por parte del superior, huye de la obligación de la vida común, y no basta con participar en alguna reunión o festividad para ser plenamente religioso. Se debe trabajar por la desaparición progresiva de estas situaciones injustificadas e inadmisibles para los religiosos y las religiosas.
d) En todo caso es útil recordar que una religiosa o un religioso -incluso cuando vive fuera de su comunidad- está sometido, en lo que se refiere a obras de apostolado(83), a la potestad del obispo, que debe estar informado de su presencia en la diócesis.
e) En el caso lamentable de que hubiera institutos en los que la mayor parte de sus miembros no vivieran en comunidad, tales institutos no podrían ser ya considerados como verdaderos institutos religiosos. Se invita a los superiores y a los religiosos de estos institutos a reflexionar seriamente sobre esta penosa eventualidad, y, por lo mismo, sobre la importancia de reemprender vigorosamente la práctica de la vida fraterna en comunidad.
66. En los territorios de misión
La vida fraterna en común tiene un valor especial en los territorios de misión "ad gentes", porque demuestra al mundo, sobre todo no cristiano, la «novedad» del cristianismo; o sea, la caridad que es capaz de superar las divisiones creadas por toda raza, color y tribu. Las comunidades religiosas, en algunos países donde no se puede proclamar el Evangelio, son casi el único signo y el testimonio silencioso y eficaz de Cristo y de la Iglesia.
Pero no pocas veces, es precisamente en los territorios de misión donde se encuentran notables dificultades prácticas para formar comunidades religiosas estables y consistentes: las distancias, que requieren gran movilidad y presencias dispersas, la pertenencia a distintas razas, tribus y culturas, la necesidad de la formación en centros intercongregacionales. Estos y otros motivos pueden obstaculizar el ideal comunitario.
Lo importante es que los miembros del instituto sean conscientes del carácter excepcional de estas situaciones, cultiven la comunicación frecuente entre sí, faciliten encuentros comunitarios y, cuanto antes, se formen comunidades religiosas fraternas con un vigoroso sentido misionero, a fin de que se pueda ofrecer el signo misionero por excelencia: «Que todos sean uno, para que el mundo crea» (Jn 17,21).
67. La reorganización de las obras
Los cambios de las condiciones culturales y eclesiales, los factores internos al desarrollo de los institutos y la variación de los recursos, pueden requerir una reorganización de las obras y de la presencia de las comunidades religiosas.
Esta tarea, no fácil, tiene diversas implicaciones de tipo comunitario, pues se trata generalmente de obras en las que muchos hermanos y hermanas han gastado sus mejores energías apostólicas y a las que se sienten ligados con especiales vínculos psicológicos y espirituales.
El porvenir de estas presencias, su significado apostólico y su reestructuración, exigen estudio, confrontación y discernimiento. Todo esto puede convertirse en una escuela para tratar de seguir juntos la voluntad de Dios, pero al mismo tiempo ocasión de dolorosos conflictos no fáciles de superar.
Los criterios que no se pueden olvidar y que iluminan a las comunidades en el momento de las decisiones, a veces audaces y motivo de sufrimiento, son los siguientes: el compromiso de salvaguardar el significado del propio carisma en un determinado ambiente, la preocupación por mantener viva una auténtica vida fraterna y la atención a las necesidades de la Iglesia particular. Es preciso, pues, un confiado y constante diálogo con la Iglesia particular y también una vinculación eficaz con los organismos de comunión de los religiosos.
Además de atender a las necesidades de la Iglesia particular, la comunidad religiosa debe sentirse urgida por lo que el mundo descuida; es decir, por las nuevas formas de pobreza y de miseria en sus múltiples modalidades, que aparecen en las diversas regiones del mundo.
La reorganización será creativa y fuente de indicaciones proféticas, si se preocupa por lanzar señales de nuevas formas de presencia, incluso numéricamente modestas, para responder a las nuevas necesidades, sobre todo a aquellas que provienen de lugares más abandonados y olvidados.
68. Los religiosos ancianos
Una de las situaciones en las que la vida comunitaria se encuentra hoy con mayor frecuencia es el progresivo aumento de la edad de sus miembros. El envejecimiento ha adquirido un relieve especial tanto por la disminución de nuevas vocaciones como por los progresos de la medicina.
Para la comunidad este hecho comporta, por un lado, la preocupación de acoger y valorar en su seno la presencia y los servicios que los hermanos y hermanas ancianos pueden ofrecer; y, por otro, la atención que se ha de poner en procurar, fraternalmente y según el estilo de vida consagrada, los medios de asistencia espiritual y material que los ancianos necesitan.
La presencia de personas ancianas en las comunidades puede ser muy positiva. Un religioso anciano que no se deja vencer por los achaques y por los límites de la edad, sino que mantiene viva la alegría, el amor y la esperanza, es un apoyo de valor incalculable para los jóvenes. Su testimonio, sabiduría y oración constituyen un estímulo permanente en su camino espiritual y apostólico. Por otra parte, un religioso que se preocupa de sus hermanos ancianos ofrece credibilidad evangélica a su instituto como «verdadera familia reunida en el nombre del Señor»(84).
Es oportuno que también las personas consagradas se preparen desde mucho antes a saber envejecer y a prolongar el tiempo «activo», aprendiendo a descubrir su nuevo modo de construir comunidad y de colaborar en la misión común, a través de la capacidad de responder positivamente a los desafíos del propio envejecimiento, con interés espiritual y cultural, con la oración y trabajando mientras puedan prestar su servicio, aunque sea limitado. Los Superiores organicen cursos y encuentros en orden a una preparación personal y a una valorización, lo más prolongada posible, en los normales ambientes de trabajo.
En el caso de que estas personas lleguen a no valerse por sí mismas, o tuvieran necesidad de cuidados especiales, aun cuando el cuidado sanitario lo presten los seglares, el instituto deberá procurar, con gran esmero, animarlas para que las personas se sientan presentes en la vida del instituto, partícipes de su misión, comprometidas en su dinamismo apostólico, alentadas en la soledad, animadas en el sufrimiento. Estas personas, en efecto, no sólo no abandonan la misión, sino que están en su mismo corazón y en ella participan de una forma nueva y más eficaz.
Su fecundidad, aunque invisible, no es inferior a la de las comunidades más activas. Más aún, éstas reciben fuerza y fecundidad de la oración, del sufrimiento y de la aparente inutilidad de aquellas. La misión tiene necesidad de ambas, y los frutos se manifestarán cuando venga el Señor en la gloria con sus ángeles.
69. Los problemas planteados por el creciente número de ancianos son aún más relevantes en algunos monasterios, que han experimentado el empobrecimiento vocacional. Puesto que un monasterio es normalmente una comunidad autónoma, es muy difícil que por sí mismo supere estos problemas. Es, pues, oportuno llamar la atención sobre la importancia de los organismos de comunión, como, por ejemplo, las Federaciones, a fin de superar situaciones de excesivo empobrecimiento de personal.
La fidelidad a la vida contemplativa de los miembros del monasterio exige la unión con otro monasterio de la misma Orden, siempre que una comunidad monástica, debido al número de sus miembros, a la edad o a la falta de vocaciones, prevea su propia extinción. También en los casos dolorosos de comunidades que no consiguen vivir según la propia vocación, fatigadas por trabajos prácticos o por la atención a los miembros ancianos o enfermos, será necesario buscar refuerzos en la misma Orden, o bien optar por la unión o la fusión con otro monasterio(85).
70. Una nueva relación con los seglares
La eclesiología conciliar ha puesto de relieve la complementariedad de las diferentes vocaciones en la Iglesia, llamadas a ser juntas testigos del Señor resucitado en toda situación y en todo lugar. El encuentro y la colaboración entre religiosos, religiosas y fieles seglares en particular, aparece como un ejemplo de comunión eclesial y, al mismo tiempo, potencia las energías apostólicas para la evangelización del mundo.
Un apropiado contacto entre los valores típicos de la vocación laical, como la percepción más concreta de la vida del mundo, de la cultura, de la política, de la economía, etc., y los valores típicos de la vida religiosa, como la radicalidad del seguimiento de Cristo, la dimensión contemplativa y escatológica de la existencia cristiana, etc., puede convertirse en un fecundo intercambio de dones entre los fieles seglares y las comunidades religiosas.
La colaboración y el intercambio de dones se hace más intenso cuando grupos de seglares participan por vocación, y del modo que les es propio, dentro de la misma familia espiritual, en el carisma y en la misión del instituto. Entonces se instaurarán relaciones fructuosas, basadas en relaciones de madura corresponsabilidad y sostenidas por oportunos itinerarios de formación en la espiritualidad del instituto.
Sin embargo, para conseguir ese objetivo, es necesario tener: comunidades religiosas con una clara identidad carismática, asimilada y vivida, es decir, capaces de transmitirla también a los demás con disponibilidad para el compartir; comunidades religiosas con una intensa espiritualidad y un gran entusiasmo misionero para comunicar el mismo espíritu y el mismo empuje evangelizador; comunidades religiosas que sepan animar y estimular a los seglares a compartir el carisma del propio instituto, según su índole secular y su diverso estilo de vida, invitándolos a descubrir nuevas formas de actualizar el mismo carisma y misión. Así la comunidad religiosa puede convertirse en un centro de irradiación, de fuerza espiritual, de animación, de fraternidad que crea fraternidad y de comunión y colaboración eclesial donde las diversas aportaciones contribuyen a construir el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia.
La más estrecha colaboración debe desarrollarse, naturalmente, respetando las respectivas vocaciones y los diversos estilos de vida propios de los religiosos y de los seglares.
La comunidad religiosa tiene sus exigencias de animación, de horario, de disciplina y de reserva(86), de modo que no pueden proponerse formas de colaboración que lleven consigo la cohabitación y la convivencia entre religiosos y seglares, también éstos con exigencias propias que deben ser respetadas.
De otra forma la comunidad religiosa perdería su propia fisonomía, que se debe conservar mediante la guarda de la propia vida común.