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2. Un ministerio de esperanza (Cap. I)
El hilo rojo que atraviesa el documento y que es
preciso tener constantemente presente es «el renovado anuncio del evangelio de
la esperanza», identificado con Cristo «cumplimiento de la esperanza en
el mundo», es decir, con su persona y su vida, su obra y su enseñanza, su
mensaje y su iglesia (n. 3). «El aspecto doctrinal y pastoral específico
del tema del Sínodo se concreta entonces en el anuncio del Evangelio de Cristo
para la esperanza del mundo (…). La Iglesia deberá preguntarse por qué
senderos se encamina la humanidad de nuestro tiempo, (…) y deberá preguntarse
también cómo anunciar hoy la verdadera esperanza del mundo que es Cristo y su
Evangelio» (n. 6). «El próximo Sínodo de los Obispos espera ofrecer a la
Iglesia y al mundo el anuncio audaz y confiado del Evangelio de Cristo, que
abre los corazones a la esperanza terrena y eterna» (n. 11).
Se trata de un mensaje que responde particularmente a
demandas emergentes de los actuales contextos humanos: «El mundo que ha
superado el umbral del nuevo milenio espera una palabra de esperanza»
(n. 11); «después de la caída de las ideologías y de las utopías, a veces sin
memoria del pasado y demasiado ansiosos por el presente, hombres y mujeres
tienen proyectos más bien efímeros y limitados (…). Por esto necesitan
redescubrir la virtud de la esperanza, poseer válidas razones para creer y para
esperar, y , por lo tanto, también para amar y obrar más allá de lo
inmediato cotidiano, con una serena mirada sobre el pasado y una perspectiva
abierta al futuro» (n. 12).
La Iglesia a la que se le «confía el evangelio de
la esperanza» «está llamada a ser inspiradora y promotora de historia, en
la escucha de las expectativas más profundas y de las esperanzas más
auténticas de los hombres y de las mujeres de este mundo» (n. 13). «La esperanza
de los cristianos es el motor del futuro. Es la virtud que no sólo deja huellas
en la vida de la humanidad, sino que abre también nuevos surcos en la historia,
para sembrar la semilla de la promesa divina y guiar los caminos del futuro con
la fuerza de Dios». La Iglesia será «efectivamente signo de esperanza (…) si sabrá discernir las expectativas
más válidas de la humanidad, de las cuales debe ser intérprete y orientadora»
(n. 14).
El anuncio de la esperanza cristiana hay que inscribirlo entre las funciones principales del ministerio
episcopal. «Entre los múltiples deberes y tareas del obispo, sobre todas las
preocupaciones y dificultades (…) debe estar primero la esperanza» (n.
6). Sostenido por la esperanza teologal y como «testigo y siervo de
la esperanza», el obispo es invitado a tener una «mirada contemplativa» y
un «corazón compasivo» frente a la realidad del mundo contemporáneo, para ser «un
profeta de esperanza» (n. 12). La esperanza cristiana que no decepciona,
estimula en el obispo «el espíritu de creatividad, es decir de
iniciativa (…) y también aquel sano optimismo que vive personalmetne
y, por así decirlo, irradia en los demás, especialmente en sus colaboradores»
(n. 13).
La «comunión de la esperanza» que, en el
pueblo de Dios, une a pastores y fieles con las varias formas institucionales
(colegio de obispos, conferencias episcopales, sínodos, consejos…) y que
«asegura la presencia viva de Cristo y de su espíritu debe ser profundizada y
compartida como fuente de inspiración, fecundada por la oración del obispo, por
el diálogo de la caridad con todo el pueblo de Dios, en modo especial, con sus
más estrechos colaboradores, para llegar a reflexiones y programas concretos y
compartidos» (n. 14).
Enlazada con el actual escenario de la humanidad y
percibida con realismo cada vez mayor, «la esperanza teologal que crece
y se desarrolla como confianza en las promesas de Dios, a veces se purifica en
la espera; pero será tanto más auténtica cuanto más probada; se radica en los
signos positivos que germinan, entre el ya y el no todavía del Reino (…) Ella
es memoria fundante, fija en la revelación, que manifiesta no sólo la historia
de la salvación, sino también el proyecto y el designio de Dios para el futuro
(…). La esperanza suscita en los corazones un dinamismo activo, capaz de
volver a encenderse continuamente en la cotidianidad» (n. 15).
Algunos números del primer capítulo (que lleva el
título significativo de: ministerio de la esperanza) describen numerosas
y bien conocidas situaciones de sufrimiento y de falta de esperanza, que
emergen en el actual panorama mundial: subdesarrollo, pobreza, violación de los
derechos humanos, conflictos, incontables rostros marcados por la
desesperación: rostros de niños, de chicos, de jóvenes, de mujeres, de
ancianos, de indígenas; los efectos negativos de la globalización; el deterioro
del ambiente y el problema ecológico. Estas y otras situaciones (entre otras,
la apostasía de las masas que se alejan de la praxis eclesial, el relativismo
moral, la crisis de la familia) (nn. 20-22) que pueden inducir al escepticismo
y a la desconfianza, constituyen otros «desafíos dirigidos a la esperanza»
(n. 145) y «comprometen y estimulan el ministerio de la Iglesia, la cual ofrece
una esperanza hacia una continua renovación del mundo y de la sociedad,
también en lo concreto del ministerio del obispo en su iglesia particular» (n. 17).
Otros números del mismo capítulo presentan algunos signos
de esperanza, bien conocidos y visibles en la Iglesia y en la sociedad
contemporánea: la vitalidad católica de iglesias del Este europeo y de los
varios continentes (nn. 23-24); la creciente y responsable implicación de las
mujeres en la sociedad y en la iglesia y la valoración de los aspectos
positivos de la globalización (n. 25); la búsqueda de un nuevo humanismo capaz
de ensamblar unidad de valores evangélicos universales y pluralismo de culturas
y naciones, y los «amplios senderos de comunión, de colaboración, de acciones
comunes, de voluntariado generoso y gratuito» abiertos por la esperanza
(n. 26); el emerger de nuevas energías espirituales (n. 29) y las trayectorias
convergentes de unidad seguidas por el diálogo ecuménico y por el diálogo
interreligioso (n. 30); la fuerte demanda de espiritualidad y de una pastoral
más espiritual (nn. 31-32).
Esta visión de la situación de la iglesia en el mundo
de hoy «es el testimonio que cada obispo debe dar del evangelio de Cristo para
la esperanza del mundo» (n. 32). Y es ésta, de hecho, la misión especial
del obispo en calidad de «vigilante profeta de esperanza», (n. 33), como
«testigo y promotor» y «signo y ministro de esperanza cristiana»,
en su iglesia y especialmente hacia el mundo juvenil (n. 34).
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