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5. El ministerio del obispo en su propia iglesia
particular en una óptica de esperanza
Mucho mas frecuentes son las alusiones, que se leen
en el capítulo IV dedicado a delinear el servicio del obispo en su Iglesia.
Esto se nota sobre todo en la apertura, con la referencia al icono bíblico del
lavatorio de los pies, invocada para cualificar este ministerio como «servicio
de amor y su figura (la del obispo) como la de Jesús, siervo de los hermanos.
Con estos sentimientos, Jesús cumplió aquel gesto también como signo de esperanza,
(…) con la esperanza cierta de ver a sus discípulos después de la Pascua (cf.
Jn 13,3). Así también, el obispo en la humildad de su servicio proclamará la esperanza
con la palabra, la celebrará con los sacramentos, la actuará en medio a su pueblo
y con su gente" (n. 78 y 100).
Al tratar de la comunión del obispo con su
presbiterio que abarca a todos los presbíteros de la diócesis, se observa que
la gracia del sacramento del orden «une a los presbíteros a las diversas
funciones del ministerio episcopal, de modo particular a la de servidor del
Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo» (n. 87).
La pastoral vocacional en colaboración con las
personas consagradas, entre otras, es considerada una de «las tareas más
importantes del obispo y específico testimonio de esperanza» (n. 90).
A propósito del ejercicio de los distintos
ministerios instituidos y de otras tareas y oficios, promovidos por el obispo y
confiados a personas consagradas y a los fieles laicos, mediante los cuales se
realiza la misión de la iglesia particular en el territorio, se afirma: «Si en
todo predomina la comunión, entonces obra y se manifiesta la fuerza de la
Trinidad, que es la caridad y se renueva la esperanza en la comunión
recíproca» (n. 91).
En tema de solicitud del obispo para la vida
consagrada se recuerda que las personas consagradas «con motivo del carácter
profético inherente a la vida consagrada, son anuncio vivido del Evangelio de
la esperanza». Y se hace notar que «el hecho de que el obispo se dedique a tutelar
la fidelidad de los institutos a su carisma es un motivo de esperanza para los
institutos mismos, especialmente para aquellos que se encuentran en
dificultades» (n. 92).
En lo que a los fieles laicos se refiere,
comprometidos en las realidades temporales, se recuerda una declaración de Gaudium
et Spes: «tienen el mandato de dar cuenta de la esperanza teologal
(cf 1 Pt 5,15) y ser solícitos en el trabajo sobre esta tierra, justamente
porque impulsados por la espera de una "tierra nueva"» (n. 93). Y con
referencia a los catequistas y a los demás agentes pastorales (frente a quienes
se requiere una mayor confianza de parte del obispo y de los presbíteros) se
evidencia la importancia de que tengan una sólida formación doctrinal, pastoral
y espiritual: es la condición sine qua non para que, por medio de su acción, el
evangelio se convierta en «señal de transformación y de esperanza» en
los actuales tejidos sociales (n. 94).
«La formación de los jóvenes a la vida matrimonial y
familiar según sus esperanzas» (n. 95) y, más en general, la
pastoral juvenil tiene que ser «una prioridad pastoral para el futuro. (...) Un
ministerio de esperanza no puede dejar de construir el futuro con
aquellos a los cuales ha sido confiado el porvenir» (n. 96).
Al presentar el ministerio de la palabra, de la
santificación y del gobierno que el obispo desempeña en su propia iglesia, el instrumentum
observa que tiene que estar al servicio del «evangelio de la esperanza» (n.
100).
«Proclamar el evangelio de la esperanza» es
uno de los principales deberes del obispo (n. 101). «Hacer presente en el mundo
la potencia de la Palabra que salva es el gran acto de caridad pastoral que un
obispo ofrece a los hombres y es también la primera razón de esperanza»
(n. 108). El hecho que el actual cultura democrática relativista «llevan a la
gente a considerar las intervenciones del obispo, y también del Papa,
especialmente en materia de moral sexual y familiar, como opiniones entre otras
opiniones, sin influencia sobre la vida, si bien por una parte plantea un
desafío radical, por otra es también el terreno para un anuncio de esperanza
de parte del obispo» (n. 107). «Además, el obispo, aún en el respeto de la
autonomía de aquellos que son competentes en cuestiones seculares, no puede
renunciar al carácter profético de su mensaje portador de esperanza, aún cuando
sabe que éste no será aceptado. Ello ocurre especialmente cuando denuncia con
valentía, no sólo con palabras, sino con la promoción de medios eficaces a
estos fines, la guerra, la injusticia y todo aquello que es destructivo de la
dignidad del hombre» (n. 108).
Con referencia al ministerio episcopal de
santificación se reitera que está «íntimamente unido a la celebración de la
salvación en Cristo, en una perspectiva de esperanza que proyecta a los
fieles hacia el cumplimiento de las promesas» (n. 111). Esto adquiere una
importancia particular en la celebración dominical de la Eucaristía, centro de
la iglesia particular (n. 113). A propósito de la atención que el obispo debe
prestar a la oración y a la piedad popular se lee: «La oración, en todas sus
formas, es el acto con el que se expresa la esperanza de la Iglesia (…y
en particular), la esperanza escatológica, la esperanza del definitivo
cumplimiento en Dios, la esperanza del Reino eterno, que se actualiza en la
participación en la vida trinitaria» (n. 115).
A propósito del ejercicio del ministerio de
gobierno deja más bien perplejos que la alusión a la esperanza se haga sólo
respecto del sínodo diocesano, en el que se desea que todos «queden disponibles
hacia las necesidades espirituales del mundo y llenos de esperanza ante
sus desafíos»; y respecto de la animación de los varios compromisos de
solidaridad, que son «ya de por sì, un signo de esperanza para el mundo» (n.
123).
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