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6. «Al servicio del evangelio para la esperanza del
mundo» (cap. V)
El último capítulo del instrumentum que lleva
este título está enteramente dedicado a presentar de manera articulada el
ministerio del obispo considerado como servicio del evangelio de la esperanza y
referido a las diversas situaciones de los continentes y a los diversos campos
de evangelización.
«Nuevas son las tareas de la misión de la Iglesia
porque nuevos son los fenómenos sociales y las emergencias culturales, los
areópagos de la evangelización, los compromisos que surgen de la comprensión
del mensaje evangélico: la promoción de la paz, el desarrollo y la liberación
de los pueblos, el reconocimiento de los derechos de las minorías, la promoción
de la mujer, una nueva preocupación por los niños y los jóvenes, la
salvaguardia de la creación, la promoción de una auténtica cultura y la
investigación científica respetuosa de los valores de la vida, el diálogo
internacional y los nuevos proyectos mundiales. En este contexto cultural y
social el Evangelio de la esperanza es anunciado
como la verdad de siempre, pero con nuevos lenguajes, con nuevo brío y fervor,
con nuevos métodos, especialmente con la fuerza que nace de la santidad de la
Iglesia y del testimonio de su unidad». Esta tarea es confiada sobre todo a los
obispos. (n. 132).
La acción y la cooperación misionera de parte del
obispo son enunciadas a la insignia de la esperanza (n. 133). Y de
hecho, la misión «mientras impulsa al hombre de todos los tiempos a una vida
nueva, es, ella misma, fruto de la esperanza cristiana». En
coherencia «con su celo por la actividad misionera, el obispo se muestra
siempre servidor y testigo de la esperanza» (n. 134). En este contexto,
el diálogo interreligioso ocupa un lugar de relieve. «En este diálogo los
cristianos tienen no pocas cosas para aprender. In embargo, deben siempre
testimoniar la propia esperanza, en Cristo, único Salvador (…) y
cumplimiento de cualquier esperanza» (n. 135). «Al favorecer y al
preocuparse atentamente por ese diálogo, el obispo recordará siempre a los
fieles que este empeño nace de las virtudes teologales de la fe, la esperanza y
la caridad y que crece juntamente con ellas» (n. 137).
Hoy, «caídas las utopías, la falta de fe se traduce
en una actitud incapaz de atravesar el umbral de la esperanza. Por otro
lado no faltan personas de otras convicciones que «sienten a veces una secreta
nostalgia del cristianismo donde se conjugan las razones de la fe con las de la
esperanza». Y éste es un fenómeno relevante, que el obispo debe
favorecer con iniciativas adecuadas, que van dirigidas a favorecer el diálogo y
la colaboración con esas personas (n. 138).
En los distintos lugares y en las diversas
circunstancias sociales y políticas en las que los derechos de los fieles se
contestan o niegan «el obispo, sostén de sus fieles, debe infundir y promover
la esperanza» (n. 138).
«El impulso de la esperanza (que) preserva del
egoísmo y conduce a la dicha de la caridad»
es invocado como actitud de fondo mediante la cual afrontar los nuevos
problemas sociales y las nuevas pobrezas (n. 139) y como arduo compromiso
educativo considerado imprescindible para promover la justicia y la paz (n.
142).
El compromiso en favor de la evangelización, al que
la Iglesia está llamada, incluye «la asunción de responsabilidades en relación
al mundo entero y a sus problemas, a sus interrogantes y a sus anhelos». En lo
que a los cristianos se refiere «ellos cumplen con un mandato profético
recibido de Cristo cuando actúan para llevar al mundo el germen de la esperanza».
Este compromiso «implica en primera persona a cada obispo, obligándolo a leer
los “signos de los tiempos”, de modo que sea reavivada en los hombres una nueva
esperanza»(n. 144). Para alcanzar este difícil objetivo se presentan
algunas propuestas operativas de la doctrina social de la Iglesia, suya
práctica actuación las transforma en «eficaces señales de esperanza» (n.
145 y también 146).
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