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1. La vida y el ministerio episcopal en una
eclesiología trinitaria
La realidad profunda y mistérica tanto de la iglesia
universal, entendida como comunión de iglesias, como de las iglesias
particulares estriba sin duda en su referencia de fondo con el misterio
insondable e inefable del Dios trinitario revelado por Jesús de Nazaret, que
tiene por tanto el primado en toda concepción de la iglesia, pena la caída en
un criticable eclesiocentrismo. Y es ésta la precisa opción de fe hecha por Lumen
Gentium, que describe la identidad de la Iglesia partiendo justamente de su
misterio, ya que es «una muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo
y del Espíritu Santo» (LG 4), llamado a ser «sacramento y signo e instrumento
de la íntima unión con Dios y de la unidad del género humano» (LG 1-4, AG 2-4).
Ambos textos se encuentran en el Instrumentum Laboris, en los nn. 40, 61
respectivamente.
Esta visual trinitaria que reaviva en la Iglesia «la
imagen de la Trinidad» (n. 40), «el icono viviente de la Trinidad» (n. 61),
considerada no en abstracto sino en el aquí y ahora de la historia y de la
cultura de las iglesias particulares y de su comunión en la Iglesia universal,
atraviesa en filigrana los diversos capítulos y se propone con fórmulas
inequívocas: «Análogamente al misterio de la Trinidad, que es comunión y misión
para la salvación del mundo, la Iglesia, imagen viviente de la Trinidad,
con la fuerza misma del Espíritu, es convocación (ekklesia) y
manifestación (epiphania) misionera para la salvación del mundo. La
Iglesia debe ser siempre y en todas partes, en medida creciente, participación
y sacramento del amor trinitario, para la salvación del mundo. En
consecuencia, tiene la fuerza misma del Espíritu, que en la Trinidad es
principio de comunión y de misión en el amor» (n. 61) «El misterio trinitario,
que es misterio de comunión en la reciprocidad, es como el cuadro de referencia
de la vida de la Iglesia, de su misión , de sus ministerios y por lo tanto del
ministerio episcopal» (n. 63). La comunión en las iglesias particulares y
locales diseminadas por el mundo y con sus propias particularidades vividas en
la comunión entre ellas y con el sucesor de Pedro «se manifiesta como una
especie de plan trinitario, que sella y modela la existencia propia de
cada iglesia en la Iglesia católica y la correspondiente mutua relación. (...)
Y esta comunión de todos los miembros de la Iglesia particular tiene el signo y
el garante en el obispo» (n. 85). Quizá sea oportuno recordar que Vita
consacrata presenta la identidad de la VC ante todo en una visual trinitaria,
como confessio Trinitatis (VC cap. 1) y entreve en el carisma
fundacional de los distintos Institutos una orientación vital hacia el misterio
trinitario (VC n. 36). De hecho, el documento describe el ministerio episcopal
en esta visual trinitaria.
Esto emerge ya desde el primer capítulo que trata del
misterio del obispo con referencia a la actual situación del mundo y de la
Iglesia. A toda la Iglesia se le confía el Evangelio de la esperanza (nn. 12 y
13). «La comunión en la esperanza» entre pastores y fieles «asegura la
presencia viva de Cristo y del Espíritu» y habilita la Iglesia a que sea signo
de esperanza en la medida en que está atenta al designio de Dios (que garantiza
un futuro de plenitud) y sabe «discernir las expectativas más válidas de la
humanidad, de las que debe ser intérprete y orientadora» (nn. 14 91). En este
contexto el obispo está invitado a guardar al mundo actual, animado por la
gracia del Espíritu, con la actitud contemplativa y compasiva con
la que Jesús de Nazaret, Buen Pastor, heraldo de la Buena Nueva del Padre ha
acogido las exigencias de las personas que encontraba. Y además está invitado a
discernir y acoger, a la luz de la fe y en la señal de la confianza teologal,
«la semilla escondida de los planes de Dios» en la realidad histórica actual,
consciente de la acción del Espíritu Santo, «sabio artífice de la trama de la
historia con nuestra colaboración». Y así puede convertirse en «profeta de la
esperanza» (nn. 12 13)
Y es así como la vida y el ministerio del obispo se
describen en el marco de esta presencia escondida, pero operativa, del Dios
trinitario revelado en Jesús de Nazaret. La identidad del obispo en la Iglesia
está radicada en el «dinamismo de la sucesión apostólica, entendida no sólo
como investidura de autoridad sino como extensión trinitaria de la
comunión y de la misión» (n. 60). En virtud de la gracia del episcopado, «la
dimensión trinitaria de la vida de Jesús, que lo une al Padre y al Espíritu
como consagrado y enviado en el mundo, se manifiesta en todo su ser y obrar,
plasma también la personalidad del obispo, como buen pastor, sucesor de los
apóstoles» (n. 38). Por la gracia del episcopado, el ministerio del obispo
asume una referencia vital e imprescindible al misterio trinitario, expresado
de una manera apropiada en la liturgia romana de la ordenación episcopal (n.
39): el obispo se convierte en «imagen del Padre» en una Iglesia «familia de
Dios» y está llamado «a ocuparse con solicitud paternal del pueblo santo
de Dios»; «se convierte en imagen viva del Señor Jesús y Esposo de la
Iglesia que se le ha confiado», en la que «debe ejercer los ministerios [de
sacerdote, maestro y pastor] con los rasgos característicos del Buen Pastor»;
«recibe en plenitud la unción del Espíritu Santo (...) que lo habilita interiormente,
configurándolo con Cristo, para ser continuación viva de su misterio a favor de
su Cuerpo místico» (n.40 y 9 80). Por consiguiente “las palabras y las
obras, los gestos y las decisiones, que comprometen el servicio pastoral, sean
signo del dinamismo trinitario de la comunión y de la misión” (n. 44)
que califica el ser y el obrar de la Iglesia en la historia.
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