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3.3 Dos eclesiologías a integrar y una afirmación a
aclarar
Hay que considerar que el instrumentum, en
algunos de sus textos, parece que siga yuxtaponiendo una eclesiología
universalista a una eclesiología eucarística, y en general esto ocurre cuando
algunas afirmaciones (como por ejemplo el n. 61 arriba citado y también el n.
67) presentan una eclesiología de comunión y sus factores constitutivos
únicamente con referencia a la iglesia universal y no recuerdan que conciernen
también a las iglesias particulares, tomadas singularmente y en su conjunto. Y
cuando otras expresiones, al hablar de iglesia universal, parece que se la
imaginen como un todo extensivo e indiferenciado y no como una comunión de
iglesias, que tienen su propia peculiaridad (una historia, una liturgia,
ministerios y carismas diferenciados, una teología, una espiritualidad),
expresión de la catolicidad intensiva y no sólo extensiva del misterio de la
Iglesia (cf LG 13). Es de desear que en el sínodo se intente mejorar la
integración entre las dos eclesiologías. Por ejemplo, ofreciendo una
presentación de la eclesiología de comunión y de misión que abarque, con las
debidas distinciones, tanto la a la iglesia universal como a las iglesias
particulares, y presentando en términos explícitos a la Iglesia universal como
comunión de iglesias, según el pensamiento bíblico y patrístico, de manera que
se disipe cualquier posible equivocación.
Una cierta yuxtaposición de las dos eclesiologías
emerge de manera particular cuando se declara que la iglesia universal
«preexiste» a las iglesias particulares (en el n.80 arriba citado). Esta
afirmación ha suscitado la famosa discusión alrededor de la Communionis
notio de la Cdf y ha tenido una secuela en una reciente conferencia del
Card. Ratzinger (en Adista 8/2001). Por la precisión, esta carta habla de
iglesia universal que «en su esencial misterio, es una realidad ontológica y
temporalmente previa (praecedit) a toda iglesia particular», mientras que el instrumentum dice
sólo que «preexiste a las iglesias particulares», sin precisar ulteriormente
tal preexistencia.
Ahora bien, la afirmación es aceptable si dicha
«preexistencia» se atribuye únicamente al «misterio» de la Iglesia, entendido
sin embargo, no en abstracto y como hipostasiado, sino según las declaraciones
que al respecto hace la Lumen Gentium (nn. 2-4): misterio que, como
Iglesia de Cristo una, santa, católica y apostólica, se realiza en la historia
y de manera fundante y constitutiva, en la comunidad originaria de Jerusalén,
que es al mismo tiempo Iglesia universal que acoge a todos los pueblos e
iglesia local. De esta Iglesia toman origen las iglesias individuales y la
Iglesia universal entendida como comunión de iglesias. Y, de hecho, según el
concepto bíblico de ekklesía y la interpretación patrística de koinonía,
la Iglesia que existe en la historia se constituye de manera igualmente
originaria como la única iglesia que abarca a todos y al mismo
tiempo como la multiplicidad de las diversas iglesias y comunidades
(pueblo de Dios en Jerusalén, en Antioquia, en Corinto, en Roma...). Los dos
componentes no son deducibles uno de otro y tampoco atribuibles uno a otro:
ambos cumplen en sí el misterio de la iglesia, pero sólo en la relación
recíproca entre los dos componentes. Así que la Iglesia universal existe
solamente en y desde las iglesias locales (LG 23) y solamente en ellas,
tomadas singularmente y juntas, está presente (LG 26). Y las iglesias
particulares forman su específico ser-iglesia solamente en la
comunión-comunicación entre ellas, que a nivel de misterio se cumple en la
comunión eucarística y de fe, esperanza y caridad y, a nivel ministerial, en la
colegialidad episcopal entendida en el sentido del Vaticano II, retomado por el
instrumentum (cf nn. 65 67 85).
La afirmación se presenta, sin embargo, problemática
si la única iglesia universal preexistente se identifica de alguna
manera con una especie de superdiócesis extendida por el mundo y gobernada por
el Papa y por la Curia, suscitando el peligro de un intento de restauración del
centralismo romano, que el Vaticano II ha tratado de superar con las declaraciones
arriba citadas. Y es ésta la nota crítica movida a la citada carta de la Cdf.
Expresada en términos muy respetuosos, esta nota aflora en el instrumentum a
propósito de las visitas ad limina. «Muchos obispos, en las respuestas a
los Lineamenta, expresan el deseo que la relación entre el Sucesor de
Pedro y los obispos diocesanos, a través de los dicasterios de la Santa Sede y
los representantes pontificios, sea cada vez más marcada por criterios de
colaboración recíproca y de estima fraterna, como actuación concreta de una
eclesiología de comunión, en el respeto de las competencias» (n. 70).
Ya que los repetidos comentarios (de parte del
Prefecto de la Cdf) a la Communionis notio con referencia a dicha
afirmación excluyen esta interpretación problemática, es de desear que la
afirmación (si se mantiene) se explique debidamente de manera que disipe
cualquier posible discusión que, en definitiva, no ayuda a superar la
unilateralidad eclesiológica que pretende corregir.
A la hora de describir el ministerio del obispo en la
Iglesia universal y en la propia iglesia, el instrumentum retoma en
definitiva algunas afirmaciones fundamentales del Vaticano II. He aquí algunas
de ellas.
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