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3.4.El obispo en la Iglesia universal, comunión de
iglesias
En virtud de la consagración episcopal, el obispo
forma parte del colegio de los obispos y está inserto en la comunión
ministerial que une a los miembros del colegio con su Cabeza, el sucesor de
Pedro. «Cada obispo es pastor de una iglesia particular en cuanto es miembro
del colegio de los obispos». Siendo el «episcopado uno e indivisible» (LG 18)
«cada obispo está simultáneamente en relación con la iglesia particular y con
la Iglesia universal». En cuanto miembro del colegio de obispos «lleva en sí el
vínculo visible de comunión eclesial entre su iglesia y la Iglesia universal».
Los obispos, custodiando «la comunión jerárquica con la Cabeza del Colegio
episcopal y con el mismo Colegio en su totalidad, dan consistencia y figura a
la catolicidad de la Iglesia; al mismo tiempo confieren a la iglesia
particular, de la que son encargados, la misma nota de catolicidad» (cf. n.
65).
«Esta unión, o comunión fraterna de caridad, o afecto
colegial, es la fuente de la solicitud que cada obispo, por institución y
mandato de Cristo, tiene con respecto a toda la Iglesia y a todas las otras
iglesias particulares» (n. 66). Del hecho de ser legítimo sucesor de los
apóstoles y miembro del colegio episcopal, «surge el deber de todo obispo de
ser en cierto modo garante de la Iglesia toda (sponsor Ecclesiae)» (n.
66).
Múltiples son los lazos de comunión que unen a los
obispos con el ministerio del sucesor de Pedro, «visible principio y fundamento
de la unidad de la Iglesia» (LG 22-23) (cf. n. 67). «En primer lugar, la
comunión en la vida divina, especialmente a través de la celebración de la
Eucaristía, fundamento de la unidad de la Iglesia en Cristo (...) Luego, la
comunión en la predicación del Evangelio y en la recta doctrina, en fidelidad al
magisterio de la Iglesia que el Romano Pontífice ejerce, especialmente en las
cuestiones de fe y costumbres (...) Por último, también la necesaria unidad en
la disciplina eclesiástica es signo de comunión en la verdad y en la vida, aún
con las legítimas variaciones, según el derecho» (n. 68).
Son varias las formas de participación y ejercicio de
la colegialidad mediante la cual el obispo actúa «su solicitud por todas las
iglesias diseminadas por el mundo y la dimensión de misión, de cooperación y de
colaboración misioneras» (n. 69). Se examinen distintamente: el sínodo de los
obispos, la participación en los organismos de la Santa Sede, las visitas ad
limina, las conferencias episcopales, las instituciones sinodales propias
de las iglesias orientales, los organismos que unen a las conferencia
episcopales (cf. nn 69-72). Una vez reconocida la naturaleza teológica y
jurídica propia de cada una de estas formas, se subraya el espíritu de comunión
efectiva y afectiva que debería de caracterizar la labor de discernimiento
profético para el bien del conjunto de las iglesias (cf. nn. 73-74). En
particular, se recuerda «la instancia de incrementar las relaciones mutuas
entre las Conferencias episcopales, los Superiores generales y sus mismas
conferencias, con el fin de favorecer la riqueza de los carismas y de trabajar
por el bien de la Iglesia universal y particular» (n. 92)
A propósito de estas diversas formas de colaboración,
el instrumentum registra la situación existente. No presenta propuestas dirigidas
a favorecer una mejor subdivisión de competencias y responsabilidades, y un
mejor coordinamiento que ayude a superar, por un lado, un desbordante
centralismo romano (denunciado por muchos) con el que se ejerce el ministerio
petrino y, por el otro, la excesiva reivindicación de autonomía en el ejercicio
de la colegialidad mediante los organismos señalados (temido por otros).
La cuestión está al orden del día del Concistorio de
21-24 de mayo, que entre los demás fines tiene él de sugerir indicaciones para
que sea operativo el objetivo propuesto en la Novo Millennio Ineunte:
«valorar y desarrollar aquellos servicios específicos de la comunión que
son el ministerio petrino, y, en estrecha colaboración con él, la
colegialidad episcopal (…) Realidades que tienen su fundamento y su
consistencia en el designio mismo de Cristo sobre la Iglesia, pero que
precisamente por eso necesitan de una continua verificación que asegure su auténtica
inspiración evangélica. También se ha hecho mucho, desde el Concilio Vaticano
II, en lo que se refiere a la reforma de la Curia Romana, la organización de
los Sínodos y el funcionamiento de las Conferencias Episcopales. Pero queda
ciertamente aún mucho por hacer para expresar de la mejor manera las
potencialidades de estos instrumentos de la comunión, particularmente
necesarios hoy ante la exigencia de responder con prontitud y eficacia a los
problemas que la Iglesia tiene que afrontar en los cambios tan rápidos de
nuestro tiempo» (NMI 44).
Puede ayudar quizás a formular las propuestas al
respecto lo dicho en el subsidio sobre la globalización, elaborado por la
comisión teológica de la USG que se encuentra en el apéndice.
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