|
4.1 El rostro divino y humano concreto de cada
iglesia particular
Esta óptica contextual es examinada de manera emblemática
en la descripción del rostro concreto, humano y divino, de cada iglesia
particular. Esta es, sí, pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo; pero vive en un lugar, tiene una historia, posee un determinado
patrimonio cultural que es el suyo propio, guarda las huellas de la historia de
la salvación presente y pasada, y está encaminada hacia un futuro.
«Es necesario valorar esta realidad terrena de la
iglesia particular, que vive aquí y hoy, para entender profundamente su ser y
su actuar, sus riquezas y sus debilidades, sus necesidades, en vista de la
evangelización y el testimonio. Como iglesia particular, además, tiene la
conciencia de estar en la comunión de las cosas santas y de los santos
del cielo y de la tierra, que es la verdadera y grande “ommunio sanctorum”.
«Además, la Iglesia es comunión de personas y de
rostros, donde cada uno es irrepetible y donde ninguna individualidad es
cancelada. Los rostros indican la concreción de lo vivido de parte de las
personas, hombres y mujeres de toda edad y condición.
«En esta “iglesia de rostros” se puede leer un
mensaje concreto, una urgencia de presencia, de evangelización, de testimonio,
un ofrecimiento de diálogo, un pedido de autenticidad. Cada vez que se piensa
en la Iglesia particular no se deben olvidar los rostros concretos porque en
ellos se refleja la imagen viva del Cristo. (…)
«En realidad también cada iglesia particular tiene su
rostro peculiar, humano y geográfico, que determina también una organización
pastoral particular. Hay diócesis que comprenden ciudades modernas
especialmente populosas; otras se extienden en territorios grandes y difíciles
de recorrer por parte del Pastor" (n.83).
No hay que olvidar, además, que «la iglesia
particular es el espacio donde el aspecto institucional y carismático,
coesenciales en el plan de Dios sobre la Iglesia, se encuentran y se vivifican
mutuamente. En la experiencia de la verdadera comunión, los dones prodigados
por Dios para el bien común no se agotan en sí mismos, no se descentran del
ágape ni de la Eucaristía, no son dones narcisistas, por el contrario,
manifiestan su medida humilde y discreta, a la vez que necesaria, integrándose
con los otros dones del Espíritu» (n.99).
Ni hay que olvidar que cada iglesia particular está
hoy variamente inserta «en una sociedad que vive en el mundo global,
participando de la vida del entero planeta» (n. 32).
|