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4.2. Situaciones intraeclesiales
He aquí una lista telegráfica de situaciones
intraeclesiales, positivas y prometedoras algunas, negativas y
problemáticas otras, que revelan hoy el rostro concreto de las distintas
iglesias particulares.
- Especialmente en las iglesias del hemisferio norte,
hay señales de un despertar religioso y de un cierto retorno hacia lo sagrado,
pero hay varios fenómenos que preocupan: una «silenciosa y tranquila apostasía
de las masas de la práctica eclesial», una creciente indiferencia religiosa, la
búsqueda de formas de religiosidad ambigua y variamente distante de la
referencia al Dios trinitario revelado por Jesús de Nazaret (n. 20), la escasez
de vocaciones sacerdotales y religiosas y de presbitéros (nn. 20 90 94 1139,
solamente en parte compensada por nuevos ministros asistentes, por agentes del
Evangelio, hombres y mujeres, por catequistas, hombres y mujeres (n. 94).
- Es motivo de esperanza la vitalidad católica de las
iglesias en los territorios que vivieron un largo período bajo regímenes
totalitarios; quedan en ellas, todavía, problemas estructurales y
organizativos, como la dificultad de un diálogo fraterno y de colaboración
ecuménica con las otras iglesias, especialmente con las ortodoxas, que exige un
camino de educación a la libertad y una nueva comunión entre todos los
cristianos (n. 23).
- En varios países de Africa, América Latina y de
Asia, emergen jóvenes iglesias, llenas de fervor y de vitalidad, ricas en
vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras; pero en amplios territorios
de Oriente persisten, lamentablemente, leyes que impiden a muchos cristianos la
profesión de su fe y la comunión con otras iglesias y con el sucesor de Pedro
(n. 24).
- La variedad de los ritos con su especificidad
califica a las respectivas iglesias en Oriente como en Occidente «signa la vida
del pueblo de Dios, le confiere una identidad propia y es fuente de una rica
espiritualidad eclesial» (n. 49).
- Las parroquias se encuentran en el centro de la
iglesia particular, como tejido cristiano hecho de familias, asociaciones y
movimientos, de consagrados y consagradas, y son expresiones históricas del
misterio eclesial. «Aún cuando pobre en personas y medios, cuando aparece casi
absorbida por edificios en los caóticos y populosos barrios modernos, o cuando
se encuentra perdida en poblaciones entre las montañas o los valles o en las
extensiones interminables de ciertas regiones», la parroquia sigue siendo una
estructura válida, especialmente si abierta a una renovación constante y
necesaria, y si está debidamente inserta en formas de coordinación a nivel
diocesano que favorecen, entre los sujetos que la componen, relaciones de
comunión y proyectos pastorales y apostólicos compartidos (nn. 97 98).
- Son signos de vitalidad y de esperanza,
verificables en las diversas iglesias particulares: varias formas de piedad
popular cristiana, rica de valores, aunque necesitada de ser siempre
evangelizada (n. 115); la acrecentada «estima del genio femenino y una mayor
responsabilidad de las mujeres» (n. 25); el florecer de nuevas energías
espirituales y apostólicas (n. 29); la perdurable eficacia de diversos carismas
(religiosos, laicales, misioneros) (n. 92) y la presencia constructiva de
algunos movimientos (como las llamadas «comunidades eclesiales de base» (n.
99); los núcleos familiares que viven una auténtica vida cristiana (n. 95); una
fuerte demanda de auténtica espiritualidad (n. 31) y la urgente necesidad de
una acción pastoral más espiritual que facilite «el encuentro personal y
místico con Cristo» (n. 31) y de una pastoral juvenil que dé confianza a las
nuevas generaciones (n. 96).
- Son, por el contrario, «causa de preocupación: el
crecimiento del relativismo moral, una cierta cultura que no hace prevalecer la
vida y que no la respeta, una desacralización del comienzo y del fin de la
existencia humana, tan ligados al misterio del Dios de la vida» (n. 21); «la
crisis de la familia y de su estabilidad, además de las solapadas insidias
contra la institución familiar, que se presentan hoy como graves amenazas
contra la vida y la educación de los hijos» (n. 22) y que influyen
negativamente en las familias cristianas (n. 95); algunos movimientos «que
permanecen al margen de la vida parroquial y diocesana, y no ayudan al
crecimiento de la iglesia local; y finalmente se señalan algunos otros que, al
hacer alarde de sus particularidades, corren el riesgo de sustraerse a la
comunión entre todos»; además, la situación todavía interlocutoria de algunas
nuevas comunidades que no han recibido todavía una aprobación eclesial (n. 99).
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