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4.5.Distintas tipologías del ministerio episcopal
Entre las cuestiones al respecto, planteadas por las
respuestas a los Lineamenta y merecedoras de una particular atención,
algunas tocan de cerca a los religiosos.
«La primera de estas cuestiones toca la variedad del
ministerio episcopal, como se ha delineado a través de la historia y de las
tradiciones de la Iglesia». Se trata de las siguientes tipologías: la función
particular del obispo de Roma, los patriarcas, los arzobispos mayores, los
arzobispos y obispos diocesanos de las iglesias católicas orientales; los
arzobispos y los obispos al frente de una iglesia particular residencial; los
arzobispos y obispos al servicio de toda la iglesia con un particular vínculo
con el ministerio petrino; entre éstos los obispos creados cardenales sin una
sede particular, los colaboradores directos del Papa con cargos en la Curia
romana o en las nunciaturas y delegaciones apostólicas; los obispos
metropolitanos de las Iglesias de Oriente y de la Iglesia latina; los obispos
coadjutores y auxiliares. «En las respuestas a los Lineamenta muchos
piden ilustrar desde el punto de vista teológico e institucional estos
distintos tipos de ministerios episcopal y reflexionar sobre el número de los
nombramientos al episcopados». Esto «exige una atenta consideración de parte
del sínodo sobre la verdadera naturaleza del ministerio episcopal en el ámbito
de la iglesia universal y particular» (n. 76).
Una segunda cuestión se refiere al hecho que, por
distintas razones (prelatura personal, ordinario militar), dentro de un mismo
territorio se encuentran diversos obispos que presiden a los respectivos
fieles. Se pide que el sínodo «establezca definidos criterios para favorecer el
testimonio de la unidad» (n. 74).
Una tercera cuestión concierne el nombramiento de
los obispos. Se hace notar que «las consultaciones previas a su elección»
deberían estar configuradas de manera que «se pueda favorecer la elección del
candidato más adecuado a la misión para la cual es destinado» (n. 77).
Una cuarta cuestión concierne «la presencia del
obispo en la diócesis a tiempo completo, puesto que ausencias frecuentes y
prolongadas amenazan la continuidad del servicio pastoral» y, entre otras
cosas, reducen «la disponibilidad del obispo al encuentro con los religiosos»
(n. 126).
Estrictamente enlazada con esta cuestión está la de
la «la estabilidad del obispo en la diócesis para la cual ha sido elegido»,
porque considerada condición necesaria para evitar «la mentalidad de un
compromiso pasajero en favor de la diócesis (…) y la discontinuidad de los
programas y de las iniciativas pastorales» (n. 126).
Me atrevo a indicar una última cuestión (no
mencionada) pero que toca de cerca a nuestros institutos y, quizá, merecería
atención. Me refiero a la milenaria tradición de las iglesias monásticas y al
hecho que no pocos son los obispos procedentes de los diversos institutos
religiosos y varias son las iglesias particulares (y consistente el número de
parroquias) especialmente en América Latina, en Africa y en Asia, confiadas a
su ministerio y a los de presbíteros religiosos. Son iglesias indudablemente
marcadas por el carisma apostólico de los fundadores de dichos Institutos. Y
esto contribuye a enriquecer la catolicidad y a favorecer la comunión con todas
las demás iglesias diseminadas por el mundo.
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