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Apéndice: La praxis de unidad y catolicidad
Como se ha constatado, muchas indicaciones del Instrumentum
laboris, relativas a la relación entre iglesia universal e iglesias
particulares son hoy ampliamente compartidas teóricamente. Sin embargo, sus
implicaciones estructurales y operativas comportan una profunda revisión de
la praxis de los últimos siglos, que se revela difícil de realizar, por lo
cual es objeto de discusión. En efecto, unidad y catolicidad, comunión y
diferenciación comportan ahora una paritaria evaluación y ponderación en la
iglesia, porque viven y prosperan juntas, y juntan se agotan y pueden ser
comprometidas.
Esto quiere decir que solamente allí donde la
multiplicidad originaria y la dignidad de las iglesias particulares y locales
se consideren adecuadamente, y pueden vivir y crecer de manera no uniformada,
sino diferenciadas, solamente allí la iglesia universal es iglesia en
sentido total. Mientras que, una unidad uniforme y variamente planteada a la
larga pone en peligro la unidad católica de la iglesia y su más profunda
realización como communio ecclesiarum, porque substrae tanto a las
iglesias particulares, como a la iglesia universal, su carácter teológico de
iglesia, de comunión.
Pero también lo contrario es cierto: las iglesias
particulares son "iglesia" en el sentido pleno solamente cuando, aún
manteniendo su propia autonomía, están al mismo tiempo insertas en la más
amplia red que une a las iglesias locales de manera que formen la iglesia
universal; y cuando no exaltan su valor hasta el punto que ocultan la unidad
que abarca a todos y que imposibilitan dicha unidad, impidiéndola actuar.
Una praxis eficaz de "comunión de iglesias"
pide, pues, que las iglesias locales estén disponibles a la integración y
supone, asimismo, que aquel que preside la comunión entre las iglesias
"proteja" la diferenciación, como se lee en el texto de la Lumen
gentium (lamentablemente, no referido por el Instrumentum): «En la
comunión eclesiástica existen legítimamente Iglesias particulares, que gozan de
tradiciones propias, permaneciendo íntegro el primado de la Cátedra de Pedro,
que preside todo el conjunto de la caridad, defiende las legítimas
variedades, y al mismo tiempo procura que estas particularidades no sólo
no perjudiquen a la unidad, sino incluso cooperen a ella» (LG 13b).
Unidad y catolicidad deben perseguirse conjunta y no
separadamente, tanto a nivel de iglesia local como de parte de aquel que
preside la comunión de las iglesias. Ahora bien, tras una praxis unilateral
y centralizadora que ha durado siglos, no asombra a nadie el que esta
relación recíproca no sea fácil de conseguir y corra casi
inevitablemente el riesgo de ser sacrificada, de parte de algunos en nombres de
la unidad (que de hecho se concibe como globalización que homologa y por tanto
que mortifica y excluye), y de parte de otras en nombre de la catolicidad que
corre el riesgo de romper la comunión entre las iglesias. Por ello se hace
necesario purificar la propia memoria histórica y activar en la iglesia una
incesante corrección mutua que ayude a evitar este riesgo.
Son bien conocidas las reiteradas demandas
presentadas en estos años especialmente de parte de algunos representantes del episcopado
y que el Papa repite y hace suyas en la Novo millennio ineunte sobre la
exigencia de evaluar mejor los diversos organismos colegiales intermedios entre
el poder primacial del Papa y él de los obispos locales. No es ésta la sede ni
siquiera para hacer una lista de tales propuestas e ilustrar su significado. Me
limito a señalar un dato histórico (ya evidenciado en la EN 63), cuya
importancia es a todas luces evidentes para el buen funcionamiento de un
pluricentrismo eclesial y de los diversos institutos.
La historia de la communio en la iglesia
antigua ha indicado la evidencia según la cual una estructura sencillamente dual,
como la del Papa para la iglesia universal y de los obispos para sus
iglesias particulares, lleva gradualmente a la disolución de la communio
como real comunión de iglesias. En Occidente, las iglesias locales han sido
paulatinamente "absorbidas" por un fuerte ministerio papal y
englobadas, como subarticulaciones regionales, en la iglesia metropolitana
romana. En Oriente, en ausencia de un ministerio papal eficaz, la communio
se ha ido disgregando en muchas iglesias locales y particulares
"autocéfalas" que casi no son capaces de unidad de acción.
Quienes verdaderamente quieren que la iglesia
universal tenga una estructura de comunión duradera y vital no pueden no
desear que estas "instancias intermedias sinodales" se consoliden y
sean más eficientes. Esta consolidación es aún más urgente hoy por el proceso
de globalización en curso. Con el desarrollo de la comunicación social, las
decisiones tomadas arriba alcanzan a los miembros de la iglesia en todo el
mundo en tiempo real y sin más mediaciones. Esto ofrece a la iglesia un poder
enorme para oponerse a las prevaricaciones y a los errores de los estados, y
esto hay que valorarlo positivamente. Pero, al mismo tiempo, puede ocurrir que
las instituciones eclesiales intermedias entre el Vaticano y los individuos, a
nivel local, nacional y continental, disminuyan ulteriormente en importancia.
Sin duda, lo contrario también es válido, cuando iglesias locales que disponen
de poderosos medios de comunicación, pueden hacer llegar a todo el mundo sus
mensajes y orientaciones sin ulteriores mediaciones.
Vuelve a aflorar la exigencia fundamental de
configurar de manera equilibrada y al día el lugar y el papel de los diversos
centros eclesiales en el ámbito de la communio ecclesiarum, de manera
que puedan afrontar de manera adecuada los retos de la globalización que
emergen en su territorio. Esto vale en particular para las jóvenes iglesias de
Africa y Asia, aún hondamente marcada por una herencia cultural occidental, que
las ha hecho "extranjeras" entre su propia gente.
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