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3. La figura y el camino espiritual del obispo desde la óptica de la esperanza
El capítulo II delinea la identidad espiritual del obispo con referencia al icono de Cristo Buen Pastor que irradia su belleza en «una iglesia que ama y que sirve. Ella es motivo de esperanza para toda la humanidad» (n. 35). Y describe en una visión de esperanza la llamada a la santidad del obispo, su peculiar espiritualidad marcada por su ministerio y su camino de perfección evangélica (nn. 43-58). Forma parte de su ministerio de la predicación «conducir a los hombres a la esperanza, y por lo tanto, al progreso en el camino de la esperanza. Si, entonces, un obispo quiere verdaderamente mostrarse a su pueblo como signo, testigo y ministro de la esperanza no puede hacer otra cosa que alimentarse de la Palabra de Verdad (…) contenida y expresada en la Sagrada Escritura (…). Sólo así, como San Pablo, él podrá dirigirse a sus fieles diciendo: “con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengan la esperanza” (Rm 15,4)» (n. 46). «Es propio del obispo el ministerio de la oración pastoral y apostólica, delante de Dios por su pueblo (…). Imitando a Jesús, también él someterá al padre todas sus iniciativas pastorales y le presentará, mediante Cristo en el Espíritu sus expectativas y esperanzas. Y el Dios de la esperanza lo colmará de todo gozo y paz, para que abunde en la esperanza por la fuerza del Espíritu Santo (cf. Rm 15,13)» (n. 47). Esto podrá ser favorecido por su oración hecha «con el presbiterio, con los diáconos permanentes, con los seminaristas y con los consagrados y las consagradas presentes en la iglesia particular y, donde y cuando sea posible, también con los laicos» (n. 47). «La eficacia de la guía pastoral de un obispo y de su testimonio de Cristo, esperanza del mundo, depende en gran parte de la autenticidad del seguimiento del Señor y del vivir en amistad con El (…). Sin embargo, en su camino espiritual, como todo cristiano él también, siendo consciente de las propias debilidades, de los propios desalientos y del propio pecado, experimenta la necesidad de la conversión. Pero, dado que, (...) no puede negarse la esperanza del perdón (…), el obisbo, debe recurrir al sacramento de la penitencia e de la reconciliación. Cualquiera tiene la esperanza de ver a Dios así como él es, se purifica a sí mismo como es puro el Padre celeste (cf. 1 Jn 3,3)». A partir de la liturgia y de los sacramentos, primero entre todos la Eucaristía, «el obispo, junto con todo el pueblo de Dios, alimenta la propia esperanza» (n. 48). La Iglesia, en efecto, los celebra como signos eficaces de la salvación que nos viene de Cristo, «en su espera y en la esperanza» (n. 49). En particular, en la celebración de la misa crismal, única en el año litúrgico, «los sólidos vínculos de la comunión eclesial, son para el pueblo de Dios, aunque apesadumbrado por innumerables ansiedades, un vibrante grito de esperanza» (n. 50). «Sostén del obispo en su vida espiritual es la presencia maternal de María, honrada con una relación personal de auténtico amor filial (…). Cada obispo y todos los obispos en la comunión fraterna son confiados a los cuidados maternos de María en el ministerio, en la comunión y en la esperanza» (n. 53). Para el obispo es necesario un itinerario espiritual, caracterizado por una espiritualidad de comunión (n. 51) y marcado, como cada espiritualidad cristiana, por «sus etapas, sus pruebas y sus sorpresas (… El obispo tiene que recorrerlo) precediendo a su grey, en la fidelidad a Cristo, con un testimonio también público hasta el fin. Podrá y deberá hacerlo con serena confianza y animado por la esperanza teologal, también cuando se encontrará en las condiciones de presentar la renuncia al cargo» (n. 54). En este su itinerario espiritual, «el obispo está llamado a cultivar una espiritualidad a la medida de la humanitas misma de Jesús, en la cual pueda expresar el aspecto divino y humano de su consagración y misión. De este modo dará equilibrio a sí mismo en sus compromisos» (n. 56). «En su debilidad humana, en la multiplicidad de compromisos, en los imprevistos cotidianos, en muchos problemas personales e institucionales», en la capacidad de compartir con serenidad y audacia "las situaciones tristes y alegres de su gente" (n. 55), «el obispo cada día renueva su confianza en Dios y se enorgullece como el Apóstol, “en la esperanza de la gloria de Dios… sabiendo que la tribulación engendra paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada, la esperanza” (Rm 5,2-4). De la esperanza deriva además la alegría. La alegría cristiana, que en efecto, es alegría en la esperanza (cf. Rm 12,12), es además objeto de la esperanza.». (n. 56) Y al recibir de manera pública la unción de los enfermos y el santo viático «el obispo tendrá la ocasión de enseñar a sus fieles que jamás hay que traicionar la propia esperanza y que cada dolor del momento presente es aliviado con la esperanza de las realidades futuras» (n. 57).
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