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I.- DENTRO DE
UNA FECUNDA Y ORDENADA COMUNIÓN ECLESIAL
Tres puntos convergen en la temática
del próximo Sínodo: 1) la renovación del ministerio pastoral del Obispo en un
nueva época; 2) la vida en comunión del Obispo con el Sucesor de Pedro, con los
otros Obispos y con los otros miembros del Pueblo de Dios; y 3) el anuncio del
Evangelio de la esperanza a los hombres y mujeres que comienzan este tercer
milenio. Los tres puntos están entrelazados y es muy difícil abordar uno sin
referirse al otro. De cualquier forma que tratemos estos tres temas, siempre ha
de permanecer como preocupación de fondo la misión evangelizadora de la
Iglesia. El Sínodo no es un hecho en la Iglesia que se mira hacia sí misma. Su
reflexión y examen sobre la vida y ministerio de los Obispos hace referencia al
anuncio de la vida, muerte y resurrección de Jesús hasta que vuelva. Como ya se
indica en la introducción del IL: “La Iglesia, que quiere compartir ‘las
alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de hoy’
(GS 1), deberá preguntarse por qué senderos se encamina la humanidad de nuestro
tiempo, en la que ella misma está inmersa como sal de la tierra y luz del mundo
(cf Mt 5,13-14). Ella deberá preguntarse cómo anunciar hoy la verdadera
esperanza del mundo que es Cristo y su Evangelio” 6.
El interés que podamos mostrar
por la vida consagrada y por el mejoramiento de las relaciones con los Obispos
y otros miembros de la Iglesia, creo que habría de estar supeditado a esta más
profunda y amplia preocupación.
Es
obvio, por otro lado, que, al querer compartir la responsabilidad en el anuncio
del Evangelio de la esperanza, tengamos que
examinar el estado en que nos hallamos en el proceso recorrido desde la
publicación del documento “Mutuae
relationes”.
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