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1. Los Sínodos han favorecido la correlación de
carismas y ministerios
1.1. El camino recorrido últimamente
Ha sido laborioso el camino recorrido por la Iglesia en su
autocomprensión, que es, simultáneamente, realidad carismática e institucional,
visible e invisible, divina y humana, teológica y jurídica, mística y
social7. Cada vez es más viva la conciencia eclesial de su comunión
orgánica. El planteamiento eclesiológico que la sustenta es muy diverso al
existente hace 25 años, cuando cobró especial relieve el tema de las relaciones
entre Obispos-Religiosos. Para evitar las tensiones, se hablaba de colaboración
y parecía un triunfo llegar a concordar algunos criterios y cauces operativos.
Desde la publicación del documento Mutuae relationes (1978), mucho se ha escrito sobre el tema. Sin
duda que este documento ha contribuido a mejorar las relaciones entre Obispos y
Religiosos en la Iglesia postconciliar. En diversas ocasiones se ha hecho
explícito el deseo de rehacer el texto y así aparece en una de las
proposiciones del Sínodo sobre la vida consagrada8. La exhortación VC
no hace mención de esta indicación, pero ofrece nuevas reflexiones teológicas y
orientaciones para lograr una fecunda y ordenada comunión eclesial.
No tenemos datos concretos sobre la actual situación de las
relaciones Obispos-Consagrados. Cada uno de nosotros puede haberse formado la
propia opinión según las experiencias de su Instituto. Lo que sí parece cierto
es que se ha logrado esclarecer muy considerablemente el cuadro de referencia
en el que nos tenemos que mover unos y otros. Desde 1985 ha sido muy
determinante la doctrina y experiencia sinodal9. La Iglesia
ha venido afirmándose como misterio,
comunión y misión. Ha favorecido para ello, entre otros factores, la
centralidad del misterio trinitario en la reflexión teológica, con una especial
referencia al protagonismo del Espíritu en la vida y misión de la Iglesia; la
profundización teológica sobre los carismas y ministerios; el mayor
conocimiento de la antropología, de la psicología y de la espiritualidad de la
relación; y la creciente apertura y sensibilidad ante los contextos culturales
y sociales.
Cada vez vemos más claro que edificamos la Iglesia aportando nuestra
diferencia. Sólo quien se atreve a ser diferente contribuye con eficacia a la
comunión, de otra suerte se hace irrelevante. Por eso, sería nocivo para la
Iglesia confundir comunión con igualitarismo o nivelacionismo; como lo sería,
igualmente, reducirla a la disponibilidad funcional o a la mera “sumisión”. La
Iglesia es expresión de una vida participada y compartida desde distintos dones
y responsabilidades. La reciprocidad de estos dones posibilitan la realización
del designio de salvación.
En los Sínodos sobre los laicos (1987), sobre los sacerdotes
(1990) y sobre la vida consagrada (1994) la Iglesia ha sido confesada y
proclamada como misterio de amor y de vida del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo. Este misterio de amor se ofrece como don a quienes han nacido del agua y
del Espíritu (cf Jn 3, 5) y a quienes han sido llamados a revivir la comunión
misma de Dios y a manifestarla y comunicarla en las historia. Del misterio de
amor trinitario surgen las diversas vocaciones y formas de vida cristiana10.
Estos Sínodos han abordado las diferentes vocaciones o formas de vida y han
tratado de promover su riqueza al servicio de la misión evangelizadora de la
Iglesia. Constatando la diversidad de carismas y ministerios, han subrayado su
correlación y complementariedad; han destacado su referencia a la Iglesia
universal y a la Iglesia particular; han acentuado su comunión con el Papa y
los Obispos y con las otras vocaciones en el Pueblo de Dios; y han potenciado
su participación y corresponsabilidad en la santidad y en la misión
evangelizadora de la Iglesia. La identidad de cada vocación ya no se define por
la afirmación en exclusiva de sí misma, sino por la correlación con las otras
vocaciones.
Los Sínodos continentales, que han tenido como objetivo expreso la
evangelización desde los diversos contextos11, se han mantenido en esta
misma perspectiva y todos ellos nos han lanzado llamadas a fomentar en las Iglesias particulares las diversas
vocaciones y ministerios, a promover la comunión a través del mutuo
conocimiento y participación, y a realizar una
adecuada coordinación pastoral12.
En estos Sínodos continentales
se ha dado voz y otorgado rostro específico a las Iglesias locales de cada
continente subrayando la contextualización de la misión evangelizadora. La
catolicidad no se equipara más a la uniformidad. Se ha puesto de relieve el
valor del territorio, de la cultura y de la historia de los pueblos. Han
cobrado relieve los problemas específicos de cada continente y han pasado a primer
plano la inculturación, el dialogo y el desarroIlo integral de la persona y
de los pueblos13.
Los religiosos se han visto confirmados en sus opciones más radicales en
fidelidad a su carisma específico y a su “velar por la imagen divina deformada
en los rostros de tantos hermanos y hermanas, rostros desfigurados por el
hambre, rostros desilusionados por promesas políticas; rostros humillados de
quien ve despreciada su propia cultura; rostros aterrorizados por la violencia
diaria e indiscriminada; rostros angustiados de menores; rostros de mujeres
ofendidas y humilladas; rostros cansados de emigrantes que no encuentran digna
acogida; rostros de ancianos sin las mínimas condiciones para una vida digna”
14.
Todo lo dicho sobre los laicos, sacerdotes y consagrados y todo lo
expresado sobre la evangelización en los cinco continentes han aportado una
nueva forma de encauzar y dinamizar las relaciones en la Iglesia. Hemos
aprendido a compartir, a poner juntos los problemas y los éxitos adquiridos.
Tal vez ahora estemos sintiendo la necesidad de apuntar más allá de nosotros
mismos. Si hubiera que escribir en estos momentos un MR habría que integrar a
los laicos y habría que estar más atentos a los contextos culturales de la vida
eclesial15. Es probable que, ahondando en el tema, se viera la
necesidad de hacer un MR para cada área geográfico-cultural, sobre todo
pensando en la problemática de las actividades y programaciones
pastorales16.
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