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La vida consagrada es una realidad compleja, una realidad
carismática que se vive y expresa en diferentes formas de ministerialidad. La
gran mayoría de las personas pertenecientes a la vida consagrada son laicos o
laicas (es decir, no pertenecen al ministerio ordenado) y una minoría son
ministros ordenados (en los denominados jurídicamente “institutos clericales”).
Algunos miembros del episcopado proceden de la vida consagrada. Esto quiere
decir que –desde un punto de vista numérico- la vida consagrada pertenece
mayoritariamente al laicado eclesial.
Hay también entre nosotros una minoría de institutos o personas
consagradas que pertenecemos al ministerio ordenado y somos clérigos.
Cuando hablamos de correlación –dentro de la eclesiología de
comunión-, es importante, tener en cuenta esta diferencia, que habrá de ser
decisiva para la configuración de la vida consagrada clerical y el ministerio
ordenado de los consagrados en el futuro. Es éste un aspecto que debería ser
abordado en el Sínodo22.
Es diferente la correlación que se establece entre los Obispos y los
laicos (dentro de éstos están los miembros de los institutos de hermanos y
hermanas) y entre los Obispos y los presbíteros y diáconos (dentro de ellos hay
ministros ordenados que pertenecen a la vida consagrada). En el primer caso la
relación se establece desde la estructura jerárquica de la iglesia diferenciada
en la que hay clérigos y laicos o laicas; en el segundo, desde la participación
en el mismo ministerio ordenado, sacramental.
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