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En la forma de vida consagrada
dentro del ministerio ordenado la relación con el ministerio episcopal y con el
Colegio de los Obispos es, debe ser, de profunda comunión y colaboración. La
razón principal es la colegialidad del ministerio ordenado en la Iglesia. El
ministerio es realidad colegial, carisma ministerial colectivo, que no puede ni
debe ser interpretado o vivido de forma individualística. El obispo es ministro
ordenado en la comunión del colegio episcopal; el presbítero lo es en la
comunión del presbiterio. Obispos y presbíteros y diáconos son ministros
ordenados en el contexto de la iglesia particular. Cada iglesia particular es
presencia y manifestación privilegiada de la iglesia de Cristo Jesús. Está
agraciada con el don del Espíritu Santo, del Evangelio, de la Eucaristía y del
ministerio pastoral. En esta iglesia quedan incorporados los presbíteros
diocesanos (no pertenecientes o pertenecientes a institutos de vida consagrada)
y constituyen el cuerpo presbiteral de esa iglesia, destinado a servir en un
lugar y en un tiempo determinado23.
Los presbíteros forman entre sí un presbiterio único, una fraternidad
sacramental24. Cultivar esta comunión del presbiterio requiere un
trabajo común y el establecimiento de relaciones fraternas adecuadas. El
ministerio ordenado es uno solo aunque son muchos sus portadores. Solo en la
colegialidad, en la comunión mutua, sin fisuras, los ministros son realmente
ministros ordenados.
El único Espíritu concede dones particulares a cada uno de los
presbíteros y enriquece a su Iglesia con variedad de formas ministeriales. Los
ministros ordenados en la vida consagrada forman parte del presbiterado a la
vez diocesano y universal25. Si teológicamente se dice que el
ministerio ordenado es uno y en él participan cada uno de los ministros, aunque
en grado diferente, es esencial para la vivencia del ministerio ordenado,
vivirlo en profunda comunión con todos los presbíteros y, a su vez, sobre todo,
con nuestros Pastores. El hecho de que los ministros ordenados pertenecientes a
la vida consagrada reciban su ministerio de manos del Obispo, de su paternidad,
indica que el lazo que los une con los Pastores de la Iglesia es enormemente
fuerte, es definitivo e incluso sacramentalmente definitorio de
identidad26. Las urgencias pastorales y ministeriales de cada iglesia
particular y de todas las iglesias deberían entrar entre las prioridades de los
ministros ordenados pertenecientes a los Institutos de vida consagrada. No
responde a los postulados de la comunión ministerial la existencia de un
ministerio ordenado que más parece un elemento secundario en la vida de algunas
personas consagradas, que un elemento sacramental decisivo y decisorio.
Cuando una
teología del ministerio ordenado, más tradicional, ponía de relieve –como
elemento constitutivo del ministerio del Orden- solo la marca esencial del
“carácter”, el “ser” sacerdotal, era más comprensible que el ministerio
ordenado de los religiosos se justificara por sí mismo. Cuando, sin embargo, el
ministerio se entiende como “ontología de función” (expresión acuñada por
Schnackenburg), es decir, como auténtico ministerio, pero de rango ontológico,
constitutivo de una nueva personalidad en la iglesia, entonces no se justifica
un ministerio que no se ejerza al servicio de las comunidades cristianas.
Como Superiores Generales de Institutos en los cuales hay un buen
número de presbíteros y diáconos, debemos emprender un serio discernimiento
para hacer creativa esta forma de vida ministerial ordenada y consagrada, a
partir de nuestros carismas originales, pero también a partir de una eclesiología
del ministerio ordenado al servicio de las urgencias del pueblo de Dios. Por
ejemplo, hemos de tomar mucho más en serio el tema de la distribución de los
ministros ordenados. La escasez de ellos en no pocas iglesias particulares,
impide que las comunidades cristianas puedan celebrar regularmente la
Eucaristía, o celebrar diversos sacramentos, o constituirse plenamente como
comunidades de fe. ¿Podemos seguir permitiendo tal falta de ministros
ordenados, cuando disponemos en nuestros Institutos de no pocos ministros
ordenados dedicados a otras tareas no estrictamente ministeriales? ¿No habrá
que redefinir las vocaciones al ministerio ordenado en nuestros Institutos
desde criterios eclesiológicos más serios y exigentes? En este contexto, la
relación de los ministros ordenados “consagrados” con los Pastores de las
Iglesias particulares y con el Sucesor de Pedro, es un factor constitutivo de
su vocación ministerial. No viven adecuadamente su ministerio sin una fuerte y
real comunión con sus Pastores. Nuestra disponibilidad ministerial ante las
necesidades de la Iglesia debería ser potenciada al máximo. Es cierto que
debemos ser fieles a nuestro carisma, pero por cuidar de “nuestras” obras, no
podemos dejar de atender –como
ministros ordenados- a las grandes necesidades de las iglesias particulares y
de la iglesia universal.
Nuestra relación con los Pastores se establece también en el ámbito de
la espiritualidad “comunitaria” propia del ministerio ordenado. Sin comunión
presbiteral y con nuestros obispos, estamos viviendo deficientemente nuestra
vocación ministerial27.
Por otro lado, los consagrados presbíteros, pertenecientes a nuestros
Institutos, viven en comunidad la unidad de su vocación y misión. Su vida
fraterna en comunidad es parte esencial del aporte que hacen a la iglesia
particular. El Obispo ha de vigilar y promover para que los religiosos
sacerdotes puedan vivir esta dimensión de su vocación y misión mientras
trabajan en la pastoral de la diócesis. Igualmente ha de cuidar de la forma existencial
en que, por carisma o misión, ejerce su ministerio sacerdotal, v.g. en la vida
monástica, en la formación, en la educación, en la sanidad, etc.
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