|
Otro es el tipo de relación que se establece entre los Obispos y los
Hermanos y Hermanas de Institutos de vida consagrada, que pertenecen a los
“christifideles laici”. La consagración religiosa, vivida en fraternidad y
misión apostólica, en tanto que don del Espíritu a su Iglesia, suscita unas
específicas relaciones de comunión y de colaboración en el anuncio del
Evangelio y en el servicio de la caridad. Los Hermanos y Hermanas, con su total
entrega a Jesucristo y a la Iglesia, son exponentes de la gratuidad divina y
del soberano poder de Cristo glorioso; “proporcionan un preclaro e inestimable
testimonio de que el mundo no puede ser transformado ni ofrecido a Dios sin el
espíritu de las bienaventuranzas” 28. Son, a la vez, testimonio y fermento
de fraternidad en la Iglesia y en el mundo; y, a través de sus múltiples
servicios o ministerios eclesiales, prolongan la caridad de Cristo, sobre todo,
con los más pequeños y necesitados.
Los Institutos de Hermanas y de Hermanos ponen dentro del laicado y
ante los ministros ordenados un dinamismo comunitario y apostólico del todo
particular subrayando la dimensión carismática, escatológica y profética que
brota de su profesión de los consejos evangélicos. Su vocación “tiene un valor
propio, independientemente del ministerio sagrado, tanto para la persona como
para la Iglesia” 29. Por eso, la escasez de clero no es razón
suficiente para invitar o presionar sobre los Hermanos hacia la ordenación
sacerdotal.
En la lógica de la eclesiología de comunión, los consagrados Hermanos
o Hermanas ofrecen sus dones y los comparten con todos los miembros del pueblo
de Dios y se integran –desde su específica condición de consagrados y según el
espíritu del propio Instituto- en la comunión-misión eclesial. Respecto a los
Pastores, los Hermanos y Hermanas reconocen el alcance mistérico de su
ministerio y los acogen con sus dones jerárquicos y carismáticos, como regalo
del Señor Jesús. Se dejan guiar por ellos y colaboran con todas sus fuerzas y
carismas particulares en su ministerio sacerdotal, magisterial y pastoral.
El carisma colectivo de la vida consagrada de los Hermanos/as se
extiende más allá de los límites de una iglesia particular; crea redes, nudos
operativos en diversas iglesias particulares; funciona con una cierta autonomía
y capacidad de creación. Si esto se acoge en la Iglesia, y así se hace cuando
se le concede la aprobación no solo diocesana, sino pontificia, entonces las
iglesias particulares y sus Obispos, no se apropian de ella sin más, sino que
favorecen su instinto de universalidad y en sus iniciativas expresan también su
vocación de catolicidad30. Como se ha indicado ya, la catolicidad forma
parte de la entraña misma del ministerio ordenado. Las Congregaciones de
Hermanos/as de ámbito supradiocesano permiten a los Obispos activar su vocación
de catolicidad y apertura al todo, de forma especial, en el ámbito de la
pastoral de la caridad, de la educación, del anuncio misionero del Evangelio.
Cuando se tiene en cuenta todo el valor que la vida consagrada tiene
en la Iglesia, desaparece toda tentación de
“utilitarismo” o “instrumentalización” en las iglesias particulares. Y,
en concreto, cuando se aprecia el valor de la vida de comunidad, en tanto que espacio teologal en el que se
puede experimentar la mística presencia de Cristo resucitado (cf Mt 18,20)
31, se la protege y se la promueve.
|