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La figura del obispo ha cambiado en estos últimos decenios. Se
describe este cambio con términos como “más cercano”, “padre”, “hermano”,
“amigo”, “más sencillo”, “más accesible” 32. Pero al mismo tiempo se
destaca que su tarea ministerial se ha vuelto enormemente compleja. Dentro de
un mundo “en red”, emerge una iglesia también “en red” y el obispo es uno de
los puntos nodales de la red. De ahí, que se vea solicitado desde múltiples
instancias. Ejercer con responsabilidad un ministerio de la importancia del
ministerio ordenado en la Iglesia en este nuevo contexto solo es posible desde
la potenciación del carisma recibido por la imposición de manos. Dicho muy sencillamente,
haciendo del ministerio ordenado episcopal y de cada uno de los miembros del
colegio episcopal un auténtico foco
personal de espiritualidad.
El IL da un paso adelante –de
consecuencias también teológicas- cuando propone la espiritualidad episcopal
como “camino de espiritualidad” 33. La teología clásica hablaba de los
Obispos como “perfectores gregis”, o como aquellos que están –por ministerio-
“in statu perfectionis”. El IL no renuncia a la intuición fundamental de
aquellas explicaciones; pero sí plantea el tema de la espiritualidad episcopal
en términos dinámicos, procesuales, existenciales. También nuestros Obispos
están en camino y es, desde el camino con todos los otros miembros del Pueblo
de Dios, desde donde ejercen su ministerio de perfeccionamiento de la
comunidad34. Por otra parte, una espiritualidad episcopal como
itinerario es la mejor condición existencial para que el Obispo pueda acompañar
y orientar el itinerario de su iglesia particular y de todos los “christifideles”,
descubriendo en la historia personal y colectiva el entramado y los momentos de
la historia de la salvación “hoy”.
Es aquí, en este punto, en donde la “conversatio spiritualis” con nuestros pastores –en cuanto personas
consagradas- puede resultarnos auténticamente enriquecedora e inspiradora.
Reducir nuestros encuentros con los Pastores a cuestiones administrativas o
pastorales es sumamente pobre. La comunión en el Espíritu del camino es
muchísimo más importante. Cuando ésta se da, la libertad evangélica florece en
las comunidades. Se hacen menos necesarios los controles. Se sabe que el mismo
Espíritu nos enciende a todos, nos reconcilia y hace mirar en la misma
dirección. La falta de “conversatio
spiritualis” nos separa a unos de otros; nos hace caminar solos y en la
oscuridad; no sirve de base para un auténtico dinamismo de comunión.
Cuando nuestros Obispos viven un itinerario espiritual reconocen que
lo más importante no es aparecer como perfectos o guardar las apariencias, sino
caminar, caminar hacia la perfección del amor, de la santidad: en su camino
espiritual, como todo cristiano, también él experimenta la necesidad de la
conversión consciente de su propia debilidad, de sus propios desalientos o del
propio pecado” 35.
A nosotros, como religiosos, nos es necesario –y más de lo que tal vez
pensemos- compartir con nuestros pastores el camino del Espíritu. La necesaria
“eclesialización” de la espiritualidad, o entrar en un camino de
“espiritualidad de comunión”, está pidiendo que compartamos con todos nuestro
camino, y caminemos sinodalmente con nuestros Obispos o Pastores36.
Solo la relación en un camino de espiritualidad dignifica nuestra relación con
los Pastores; no, obviamente, las relaciones de interés o de puro prestigio
mundano.
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