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3. La espiritualidad de comunión, gran desafío para
todos
Es lógico que, con estas indicaciones, el IL indique que el Obispo
cultive una espiritualidad de comunión en el ejercicio de su ministerio. Efectivamente,
se espera que su presencia sacerdotal en medio del pueblo y su comunión con los
presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas, y laicos, sea a través del
diálogo personal como en las distintas reuniones, garantice la presencia de
Jesús en medio de la Iglesia y el influjo de la gracia del Espíritu que crea un
particular testimonio de unidad y de caridad44.
Desde el Sínodo sobre la vida consagrada, la espiritualidad de comunión está siendo propuesta como punto
articulador de las buenas relaciones en la Iglesia. La citada Nuovo millenio ineunte, en el apartado
que le dedica, comienza diciendo: “Hacer
de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que
tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al
designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo”
45.
La expresión “espiritualidad de
comunión” la acuñó el Sínodo sobre la vida consagrada en la proposición 28.
Se halla incluida en la exhortación VC, donde se indica que “promueve un nuevo modo de pensar, decir y
obrar que hace crecer la Iglesia en hondura y extensión. La vida de comunión
‘será así un signo para el mundo y una fuerza atractiva que conduce a creer en
Cristo (…). De este modo la comunión se abre a la misión, haciéndose ella misma
misión’. Más aún ‘la comunión genera comunión y se configura esencialmente como
comunión misionera’(cf ChL 31-32)”
46.
La citada carta NMI explica el significado y
alcance de la espiritualidad de comunión en estos términos: “Antes de programar
iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión,
proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el
hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas
consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las
comunidades. Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del
corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y
cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a
nuestro lado. Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de
sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto,
como «uno que me pertenece», para saber compartir sus alegrías y sus
sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para
ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de la comunión es
también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para
acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un «don para mí », además de ser un
don para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin, espiritualidad de
la comunión es saber «dar espacio» al hermano, llevando mutuamente la carga de
los otros (cf Ga 6, 2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente
nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y
envidias. No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco
servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios
sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento” 47.
Juan Pablo II quiere, al inicio del tercer milenio, renovar en
profundidad las relaciones de los miembros de la Iglesia. “En ella, la comunión ha de ser patente en las
relaciones entre Obispos, presbíteros y diáconos, entre Pastores y todo el
Pueblo de Dios, entre clero y religiosos, entre asociaciones y movimientos
eclesiales. Para ello se deben valorar cada vez más los organismos de
participación previstos por el Derecho canónico, como los Consejos
presbiterales y pastorales. Éstos, como es sabido, no se inspiran en los
criterios de la democracia parlamentaria, puesto que actúan de manera
consultiva y no deliberativa sin embargo, no pierden por ello su significado e
importancia. En efecto, la teología y la espiritualidad de la comunión
aconsejan una escucha recíproca y eficaz entre Pastores y fieles,
manteniéndolos por un lado unidos a priori en todo lo que es esencial y, por otro,
impulsándolos a confluir normalmente incluso en lo opinable hacia opciones
ponderadas y compartidas” 48.
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