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El IL no hace, propiamente, un
análisis exhaustivo de la situación del cambio de época en que nos hallamos,
pero subraya suficientemente, por un lado, los signos por los que hoy es más
urgente el mensaje de esperanza para el futuro de la Iglesia, de la humanidad y
del cosmos63, y, por otro, las señales emergentes de esperanza, que no
son pocas64. De todos modos, si hoy la Iglesia, queriendo ser fiel a la
misión recibida, propone a los Obispos acentuar en su ministerio ser testigos y
servidores del Evangelio de la esperanza es porque se siente desafiada tanto
desde los riesgos del desencanto, de la decepción y de desesperación de grandes
masas y pueblos, como desde el anhelo de felicidad y desde la más honda
aspiración de salvación que lleva dentro de sí todo ser humano. A los Obispos y
a sus colaboradores, les cuestiona más el alba
que el crepúsculo. Es normal, en el
momento en que lo nuevo despierta la esperanza, comienza también a palpitar “el
sufrimiento y la insatisfacción por todo lo viejo” 65.
Ante el progreso económico y
científico y ante la creciente interdependencia en la economía, la política, la
cultura y las comunicaciones (globalización); ante las ingentes multitudes de
empobrecidos y excluidos, ante la explosión demográfica y las tragedias que
comporta el movimiento migratorio, ante las lacras de la violencia, la
drogadicción y el sida; ante el aumento de los jóvenes sin trabajo y de los
niños en las calles, no basta decir palabras
de esperanza, ni basta “anunciar” horizontes
de esperanza. Es preciso apuntarse a recorrer caminos de esperanza. Así es como podemos dar razón de nuestra
esperanza (cf 1 Pe 3,15).
“La Iglesia de Jesús está llamada a ser
inspiradora y promotora de historia en la escucha de las expectativas más
profundas de los hombres y mujeres de este mundo” 66. Efectivamente,
las conquistas sorprendentes del hombre no son ajenas al plan de salvación.
Pero la esperanza no tiene su base en la confianza ilimitada en la ciencia y en
el progreso del bienestar económico y social, ni en un optimismo psicológico.
Las “esperanzas humanas” tienen su valor y adquieren plenitud cuando,
apoyándose en el Absoluto, son trascendidas. Para nosotros, cristianos, la
esperanza no es sólo una pasión del alma, sino, sobre todo, una virtud
teologal. Habiendo sido agraciados por el Espíritu para confirmarnos en la
esperanza (cf Rom 5,5; 15, 13), hemos de vivir este don con humildad y
gratitud. No podríamos decir “Jesús es nuestra esperanza” si su Espíritu no nos
hubiera enseñado que Dios Padre se halla comprometido con la humanidad y su
futuro a través de su Hijo, Jesucristo. El Espíritu Santo nos concede la serena
certeza ante el futuro porque nos hace comprender el enigma de la muerte de
Jesús por nosotros y la nueva vida adquirida con su resurrección. Jesús
resucitado es el primogénito, el primero de entre los muertos, el pionero que
lleva a la vida, el que anticipa la nueva creación. Jesús, quien ha venido y se
hizo uno de tantos con nosotros, predicó la buena nueva a los pobres y reunió a
los que estaban dispersos, sigue viniendo y vendrá para llevarnos con Él. Por
eso podemos confesar que Jesús es nuestra esperanza, que en Él cobran sentido y
consistencia todas las esperanzas de la humanidad y del cosmos. En el hombre
espera toda la realidad cósmica: “con ansiosa expectación, la creación entera
está esperando la manifestación de los hijos de Dios…” (Rom 8, 19).
En la esperanza cristiana se dan cita
la oscuridad de la fe y el ardor de la caridad. Tener serena certeza de estar
participando de las promesas de Dios, no quiere decir evidencia racional.
Simplemente expresamos nuestra confianza en la palabra de Jesús: “yo vivo y
vosotros viviréis”( Jn 14,19). Sabemos que Dios nos salva, que no nos deja
abandonados en la muerte, y que nos ofrece su amor para poder llamar
bienaventurados a los pobres, a los que lloran, a los que padecen hambre y sed
de justicia… Por eso vivimos nuestra condición de hijos de Dios y hermanos de
los hombres en tensión escatológica, en permanente actitud crítica frente a las
ofertas de tantos ídolos o de tantos humanismos cerrados que acaban en
degradaciones de la dignidad humana. Acogiendo los anhelos e ilusiones de los
hombres, luchando codo a codo con ellos, sin prometer falsos paraísos,
ofrecemos el testimonio de la benevolencia recibida y el arduo empeño por
alcanzar la plena comunión con Dios. Nada, pues, tiene que ver la esperanza con
la contemplación pasiva o con la evasión de los problemas presentes, con la
resignación o la cobardía. La esperanza se presenta como energía transformante
en la sociedad y fuerza motriz de lo nuevo, como capacidad de soñar el futuro y
de dejar huellas duraderas en el tiempo con la novedad de las obras 67.
Poner énfasis en la esperanza
teologal es subrayar la centralidad de la persona de Jesús en la vida y misión
de la Iglesia. Es expresar la permanente actitud de apertura y la condición
itinerante en que se desenvuelve la existencia cristiana y es hacer ver que la
Iglesia piensa, habla, actúa no para sí misma, sino para que sea realidad el
Reino de Dios en el mundo. Todo un cuestionamiento para la vida consagrada al
comienzo de este milenio para que no caiga en la tentación de mirarse a sí
misma, para que no olvide que su “misión
profética es recordar y servir el designio de Dios sobre los hombres, tal
como ha sido anunciado en las Escrituras y como se desprende de una atenta
lectura de los signos de la acción providencial de Dios en la historia”
68. Y, por lo tanto, para que no decaiga en su fervor de ser en el
interior de la Iglesia inequívoco signo escatológico del Reino e instancia
crítica ante los poderes anti-Reino.
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