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2. 1. Comunión en la
esperanza
El Obispo, en tanto que signo visible e instrumento de unidad en
la comunidad cristiana, y los consagrados como “expertos en comunión”, quedamos
emplazados a revivir la comunión en la esperanza como presupuesto para el
anuncio del Evangelio de la esperanza. El IL dice que “la comunión en la esperanza debe ser profundizada y compartida como
fuente de inspiración, fecundada por la oración del obispo, por el diálogo de
la caridad con todo el pueblo de Dios, en modo especial, con sus más estrechos
colaboradores, para llegar a reflexiones y programas concretos y compartidos”
70. ¿Qué significa esto y qué alcance tiene esta comunión en la
esperanza?
Los pensadores personalistas que han hecho objeto de estudio la
esperanza hacen referencia a la condición esencial co-esperante de quien
verdaderamente espera. La esperanza auténtica es a la vez, personal, social e
histórica71. El hombre vive conviviendo y espera a una con su prójimo,
con su comunidad. Esperanza y solidaridad van unidas72. Para G. Marcel
el sujeto de la esperanza es el “nosotros”. “La esperanza -ha dicho- está
siempre ligada a una comunión, por más interior que ella pueda ser” 73.
Quien vive, pues, en esperanza lleva dentro de sí un fuerte antídoto contra el
individualismo y el egoísmo.
Los creyentes, para profundizar en esta “comunión en la esperanza”,
miramos, a la vez, a quien es origen
de la esperanza (el Padre), al cumplidor
de las promesas mesiánicas (el Hijo) y a quien otorga certeza a nuestra esperanza (el Espíritu Santo). Al evocar la
dimensión trinitaria de la esperanza, nos disponemos a adentramos en el misterio de comunión y en la fuerza
creativa y transformadora de la esperanza. El cristiano, sea obispo,
sacerdote, religioso, laico, lleva dentro de sí y se siente envuelto por este
misterio de comunión, que confiesa, celebra y anuncia en comunidad. En la vida cotidiana, la esperanza va
creciendo y se hace más vigorosa frente a las situaciones adversas a medida que
se intensifican las relaciones con la Trinidad.
En la ordenación episcopal queda explícito el sello trinitario de la
gracia del episcopado74. La impronta trinitaria en la vida y ministerio
del Obispo evocan el misterio que resplandece en la Iglesia, imagen de la
Trinidad, pueblo reunido en la paz y en la concordia de la unidad del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo75.
Por su parte la vida consagrada, en la medida que se conforma con
Cristo, “realiza por un título especial aquella “confessio Trinitatis” que caracteriza toda la vida cristiana,
reconociendo con admiración la sublime belleza de Dios Padre, Hijo y Espíritu
Santo y testimoniando con alegría su amorosa condescendencia hacia cada ser
humano” 76. Por la profesión de los consejos evangélicos, “se convierte
en una de las huellas concretas que la Trinidad deja en la historia, para que
los hombres puedan descubrir el atractivo y la nostalgia de la belleza divina”
77. No sólo en los consejos evangélicos queda reflejada la vida
trinitaria, sino que también en la vida fraterna manifiesta el misterio de la
Trinidad78.
Esta inmersión en el misterio
trinitario nos coloca, tanto a Obispos como a consagrados, en un movimiento de
comunión y de misión: el que brota de la vida divina trinitaria y el que lleva
a la gozosa comunión definitiva con las tres Divinas Personas. Confesar la
Trinidad es aceptar cada día en la historia personal y colectiva a quien nos ha
creado, a quien nos ha redimido y adentrado en la nueva alianza y a quien nos
aguarda para una unión amorosa plena. Los rayos luminosos de tanta belleza nos
permiten ver el puesto que ocupamos en la Iglesia y nos estimulan a purificar
motivaciones, a relativizar lo efímero e ilusorio, a encajar fracasos y a
articular esfuerzos para seguir proclamando ante los hombres que, que a pesar
de tanto mal y tantas injusticias, somos amados por Dios y estamos seguros de
que cumplirá sus Promesas.
Hay un tiempo del todo
singular en el que se hace patente esta “comunión en la esperanza”. Es la
oración. En ella se nos revela la
grandeza de Dios y nuestra propia miseria. La oración sitúa nuestra vida en el
futuro salvador de Dios. En ella se nos descubre el plan de salvación. El
Espíritu, que ora en nosotros, nos invita a desear y esperar la plenitud del
amor que ha comenzado a realizarse en nosotros por Jesucristo. Cuando recitamos
el Padrenuestro pedimos: santificado sea
tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como
en el cielo. Con razón santo Tomás decía que la petición es intérprete de
la esperanza79. Nuestra oración es siempre oración de esperanza
escatológica. En medio de las adversidades y contrariedades, pedimos que venga
el Reino de Dios. Durante la Eucaristía es la comunidad creyente la que exclama
ante el sacramento de nuestra fe: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu
resurrección. ¡ Ven , Señor, Jesús!”.
Los encuentros de oración, sobre todo la Eucaristía, donde se escucha
e interioriza la Palabra de Dios y a su luz se disciernen los acontecimientos,
donde se toma conciencia de ser miembro del Cuerpo y se acogen los carismas y
ministerios en su especificidad y función, donde se siente la urgencia de la
unidad y de la misión, son ya signos de esperanza, formas de anunciar la
llegada del Reino. Tal vez no hayan sido suficientemente subrayados estos
encuentros de oración en común –Obispos y religiosos- en el magisterio sobre la
vida consagrada80. Sin embargo, considero que tienen suma trascendencia
para la evangelización, ya que es dotarla de base sólida y posibilitar una
firme articulación de las relaciones entre los agentes.
No cabe duda de que cuando Obispos y consagrados/as se reúnen para
programar o coordinar acciones pastorales, cambian las actitudes y los
planteamientos si la reunión ha ido precedida por la oración y las propuestas han
sido discernidas a la luz de la Palabra de Dios. Se da más importancia a la
gratuidad, al reconocimiento, al apoyo mutuo, que a la eficacia, al resultado
externo. Por eso, creo que habría que apoyar la propuesta del IL sobre el
Obispo orante y maestro de oración: “Un obispo debe, además, buscar las
ocasiones en las cuales pueda escuchar la Palabra de Dios y rezar junto con el
presbiterio, con los diáconos permanentes, con los seminaristas y con los
consagrados y las consagradas presentes en la iglesia particular y, donde y
cuando sea posible, también con los laicos, en particular con aquellos que
viven en forma asociada. De este modo el obispo favorece el espíritu de
comunión…”81.
Promover la comunión en la
esperanza es hacer misión de esperanza; es hacer Iglesia peregrina,
servidora de sentido, de solidaridad y de apoyo en el caminar hacia el Padre.
En esta tarea el Obispo tiene un papel importante, insustituible, como Pastor, Maestro y Pontífice. Pero también
nosotros tenemos algo que aportar, pues hemos recibido, por benevolencia
divina, el don de ser discípulos, de
ser hermanos/as, de ser colaboradores desde el multiforme “servitium caritatis”, entre los cuales
está la libertad interior y la capacidad de denuncia de todo aquello que no es
conforme a la voluntad de Dios82.
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