96
“El diálogo de la vida, en el que las
personas se esfuerzan por vivir un espíritu de apertura y de buena vecindad,
compartiendo sus alegrías y penas, sus problemas y preocupaciones humanas. El diálogo de las obras, en el que los
cristianos y las restantes personas colaboran con vistas al desarrollo integral
y la libertad de la gente. (…) El diálogo
de la experiencia religiosa, en el que las personas enraizadas en sus
propias tradiciones religiosas comparten sus riquezas espirituales, por ejemplo
en lo que se refiere a la oración y la contemplación, la fe y las vías de la
búsqueda de Dios y del Absoluto”. Consejo para el dialogo interreligioso y
Congregación para la Evangelización de los pueblos: Diálogo y anuncio, Ciudad del Vaticano, (1991) n. 42.
97 VC señala el mundo de
la educación, evangelizar la cultura y el mundo de los medios de comunicación,
Cf nn.96-99.
98 Cf IL caps. I y V.
99
La compasión de la que aquí se habla “no tiene nada que ver ni con la afección
ni con la permisividad, sino con el ardor de las brasas. Si te toca, te
enardece. No es posible experimentarla sin sentirse impulsado a vivir de otro
modo. Sentirla es entrar en una
corriente que te arrastra hasta hacerte prójimo de los más alejados, porque
lleva en sí el aliento de una revolución: la revolución de la
ternura”. LECLERC, E. El Reino escondido.
Sal Terrae. Santander, 1997, 106. Cf
ROCHETTA,C: Teologia della tenerezza.
Un “vangelo” da riscoprire. EDB, Bologna, 2000.
100
Cf IL 139-140.Cada vez son más
escandalosas las diferencias, las desigualdades, la dominación de una parte y
la dependencia de otra; crece la exclusión del bienestar y del progreso para
millares de hombres y mujeres. La dignidad de la persona está cada vez más
degradada y la comunión en la familia, en la sociedad y en la Iglesia cada vez
más amenazada. Vivimos dentro de un proceso de globalización que es, a la vez,
privilegio para una minoría y amenaza para la inmensa mayoría.
101
Revivir el estilo de la primitiva comunidad, narrada en los Hechos de los
Apóstoles, en la que nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo lo tenían
en común. (Hch 4, 32).
102 Cf IL 142.
|