Índice | Palabras: Alfabética - Frecuencia - Inverso - Longitud - Estadísticas | Ayuda | Biblioteca IntraText
Fr Aquilino Bocos Merino
C.M.F. Superior General
En Comunión con nuestros obis. para la esper. del mundo

IntraText CT - Texto

  • I.- DENTRO DE  UNA FECUNDA Y ORDENADA COMUNIÓN ECLESIAL
    • 2. Nuevos horizontes para afirmar identidades y reforzar relaciones en comunión
      • 2. 3. Correlación entre consagrados y obispos dentro del ministerio Ordenado
Anterior - Siguiente

Pulse aquí para activar los vínculos a las concordancias

2. 3. Correlación entre consagrados y obispos dentro del ministerio Ordenado

En  la forma de vida consagrada dentro del ministerio ordenado la relación con el ministerio episcopal y con el Colegio de los Obispos es, debe ser, de profunda comunión y colaboración. La razón principal es la colegialidad del ministerio ordenado en la Iglesia. El ministerio es realidad colegial, carisma ministerial colectivo, que no puede ni debe ser interpretado o vivido de forma individualística. El obispo es ministro ordenado en la comunión del colegio episcopal; el presbítero lo es en la comunión del presbiterio. Obispos y presbíteros y diáconos son ministros ordenados en el contexto de la iglesia particular. Cada iglesia particular es presencia y manifestación privilegiada de la iglesia de Cristo Jesús. Está agraciada con el don del Espíritu Santo, del Evangelio, de la Eucaristía y del ministerio pastoral. En esta iglesia quedan incorporados los presbíteros diocesanos (no pertenecientes o pertenecientes a institutos de vida consagrada) y constituyen el cuerpo presbiteral de esa iglesia, destinado a servir en un lugar y en un tiempo determinado23.

 

Los presbíteros forman entre sí un presbiterio único, una fraternidad sacramental24. Cultivar esta comunión del presbiterio requiere un trabajo común y el establecimiento de relaciones fraternas adecuadas. El ministerio ordenado es uno solo aunque son muchos sus portadores. Solo en la colegialidad, en la comunión mutua, sin fisuras, los ministros son realmente ministros ordenados.

 

El único Espíritu concede dones particulares a cada uno de los presbíteros y enriquece a su Iglesia con variedad de formas ministeriales. Los ministros ordenados en la vida consagrada forman parte del presbiterado a la vez diocesano y universal25. Si teológicamente se dice que el ministerio ordenado es uno y en él participan cada uno de los ministros, aunque en grado diferente, es esencial para la vivencia del ministerio ordenado, vivirlo en profunda comunión con todos los presbíteros y, a su vez, sobre todo, con nuestros Pastores. El hecho de que los ministros ordenados pertenecientes a la vida consagrada reciban su ministerio de manos del Obispo, de su paternidad, indica que el lazo que los une con los Pastores de la Iglesia es enormemente fuerte, es definitivo e incluso sacramentalmente definitorio de identidad26. Las urgencias pastorales y ministeriales de cada iglesia particular y de todas las iglesias deberían entrar entre las prioridades de los ministros ordenados pertenecientes a los Institutos de vida consagrada. No responde a los postulados de la comunión ministerial la existencia de un ministerio ordenado que más parece un elemento secundario en la vida de algunas personas consagradas, que un elemento sacramental decisivo y decisorio.

 

Cuando una teología del ministerio ordenado, más tradicional, ponía de relieve –como elemento constitutivo del ministerio del Orden- solo la marca esencial del “carácter”, el “ser” sacerdotal, era más comprensible que el ministerio ordenado de los religiosos se justificara por sí mismo. Cuando, sin embargo, el ministerio se entiende como “ontología de función” (expresión acuñada por Schnackenburg), es decir, como auténtico ministerio, pero de rango ontológico, constitutivo de una nueva personalidad en la iglesia, entonces no se justifica un ministerio que no se ejerza al servicio de las comunidades cristianas.

 

Como Superiores Generales de Institutos en los cuales hay un buen número de presbíteros y diáconos, debemos emprender un serio discernimiento para hacer creativa esta forma de vida ministerial ordenada y consagrada, a partir de nuestros carismas originales, pero también a partir de una eclesiología del ministerio ordenado al servicio de las urgencias del pueblo de Dios. Por ejemplo, hemos de tomar mucho más en serio el tema de la distribución de los ministros ordenados. La escasez de ellos en no pocas iglesias particulares, impide que las comunidades cristianas puedan celebrar regularmente la Eucaristía, o celebrar diversos sacramentos, o constituirse plenamente como comunidades de fe. ¿Podemos seguir permitiendo tal falta de ministros ordenados, cuando disponemos en nuestros Institutos de no pocos ministros ordenados dedicados a otras tareas no estrictamente ministeriales? ¿No habrá que redefinir las vocaciones al ministerio ordenado en nuestros Institutos desde criterios eclesiológicos más serios y exigentes? En este contexto, la relación de los ministros ordenados “consagrados” con los Pastores de las Iglesias particulares y con el Sucesor de Pedro, es un factor constitutivo de su vocación ministerial. No viven adecuadamente su ministerio sin una fuerte y real comunión con sus Pastores. Nuestra disponibilidad ministerial ante las necesidades de la Iglesia debería ser potenciada al máximo. Es cierto que debemos ser fieles a nuestro carisma, pero por cuidar de “nuestras” obras, no podemos dejar de atender  –como ministros ordenados- a las grandes necesidades de las iglesias particulares y de la iglesia universal.

 

Nuestra relación con los Pastores se establece también en el ámbito de la espiritualidad “comunitaria” propia del ministerio ordenado. Sin comunión presbiteral y con nuestros obispos, estamos viviendo deficientemente nuestra vocación ministerial27.

 

Por otro lado, los consagrados presbíteros, pertenecientes a nuestros Institutos, viven en comunidad la unidad de su vocación y misión. Su vida fraterna en comunidad es parte esencial del aporte que hacen a la iglesia particular. El Obispo ha de vigilar y promover para que los religiosos sacerdotes puedan vivir esta dimensión de su vocación y misión mientras trabajan en la pastoral de la diócesis. Igualmente ha de cuidar de la forma existencial en que, por carisma o misión, ejerce su ministerio sacerdotal, v.g. en la vida monástica, en la formación, en la educación, en la sanidad, etc.




23 Cf. PDV 31.



24 Cf. PO 8. PDV 16.17.



25 Cf. PDV 31.



26 Cf PDV 17.



27 Cf. GARCIA PAREDES, J.C, Teologia de las formas de vida cristiana. II .Perspectiva sistemático-teológica. Fundamentos e identidad. Publicaciones Claretianas, Madrid, 1999, 490-493.






Anterior - Siguiente

Índice | Palabras: Alfabética - Frecuencia - Inverso - Longitud - Estadísticas | Ayuda | Biblioteca IntraText

Best viewed with any browser at 800x600 or 768x1024 on Tablet PC
IntraText® (V89) - Some rights reserved by EuloTech SRL - 1996-2007. Content in this page is licensed under a Creative Commons License