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Fr Aquilino Bocos Merino
C.M.F. Superior General
En Comunión con nuestros obis. para la esper. del mundo

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  • II. UNA MISMA PREOCUPACIÓN: LA ESPIRITUALIDAD DE COMUNIÓN
    • 3. La espiritualidad de comunión, gran desafío para todos
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3. La espiritualidad de comunión, gran desafío para todos

 

Es lógico que, con estas indicaciones, el IL indique que el Obispo cultive una espiritualidad de comunión en el ejercicio de su ministerio. Efectivamente, se espera que su presencia sacerdotal en medio del pueblo y su comunión con los presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas, y laicos, sea a través del diálogo personal como en las distintas reuniones, garantice la presencia de Jesús en medio de la Iglesia y el influjo de la gracia del Espíritu que crea un particular testimonio de unidad y de caridad44.

 

Desde el Sínodo sobre la vida consagrada, la espiritualidad de comunión está siendo propuesta como punto articulador de las buenas relaciones en la Iglesia. La citada Nuovo millenio ineunte, en el apartado que le dedica, comienza diciendo: “Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo” 45.

 

La expresión “espiritualidad de comunión” la acuñó el Sínodo sobre la vida consagrada en la proposición 28. Se halla incluida en la exhortación VC, donde se indica que “promueve un nuevo modo de pensar, decir y obrar que hace crecer la Iglesia en hondura y extensión. La vida de comunión ‘será así un signo para el mundo y una fuerza atractiva que conduce a creer en Cristo (…). De este modo la comunión se abre a la misión, haciéndose ella misma misión’. Más aún ‘la comunión genera comunión y se configura esencialmente como comunión misionera’(cf ChL 31-32)” 46

 

La citada carta NMI explica el significado y alcance de la espiritualidad de comunión en estos términos: “Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades. Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como «uno que me pertenece», para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un «don para mí », además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin, espiritualidad de la comunión es saber «dar espacio» al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf Ga 6, 2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias. No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento” 47.

 

Juan Pablo II quiere, al inicio del tercer milenio, renovar en profundidad las relaciones de los miembros de la Iglesia. “En ella, la comunión ha de ser patente en las relaciones entre Obispos, presbíteros y diáconos, entre Pastores y todo el Pueblo de Dios, entre clero y religiosos, entre asociaciones y movimientos eclesiales. Para ello se deben valorar cada vez más los organismos de participación previstos por el Derecho canónico, como los Consejos presbiterales y pastorales. Éstos, como es sabido, no se inspiran en los criterios de la democracia parlamentaria, puesto que actúan de manera consultiva y no deliberativa sin embargo, no pierden por ello su significado e importancia. En efecto, la teología y la espiritualidad de la comunión aconsejan una escucha recíproca y eficaz entre Pastores y fieles, manteniéndolos por un lado unidos a priori en todo lo que es esencial y, por otro, impulsándolos a confluir normalmente incluso en lo opinable hacia opciones ponderadas y compartidas” 48

 

La espiritualidad de comunión inspira y sostiene el talante49 de las relaciones en Iglesia. Cuando se acepta el protagonismo del Espíritu en la Iglesia y obramos dócilmente a sus inspiraciones todo se hace “nuestro”, corporativo en Cristo Jesús. Es el Espíritu quien hace que nos sintamos Iglesia, miembros de ella; cada uno desde una condición, pero todos sujetos activos y responsables de la misión confiada. Es Él quien fomenta la actitud interior que lleva a compartir lo recibido para edificar el Cuerpo de Cristo (1 Co 12, 4-11). 

 

En el servicio de animación de nuestros Institutos, ¿cuántas veces nos hemos encontrado con hermanos que son más diocesanos que miembros de la comunidad en la que profesaron? ¿Cuántas veces hemos visto Obispos que sólo piensan en su Iglesia particular? La espiritualidad de comunión nos permite a todos ajustarnos a lo que realmente somos y para lo estamos en la Iglesia. Por eso, es el mejor correctivo contra la autosuficiencia, la independencia, la marginación y la prepotencia. Desde una espiritualidad de comunión se afirma la fidelidad al carisma y al ministerio, se ensancha la disponibilidad desde lo particular a lo universal, se encaja la exención, se valora la vida comunitaria, se armonizan las distintas pertenencias, y las obras e instituciones se hallan subordinadas a fines superiores.

           

 




44 Cf IL. 51-52. Más adelante, en el n. 62 citas las palabras de la ChFL incluidas en la VC 46.



45 NMI 43.



46 VC 46.



47 NMI 43.



48 NMI 45.



49 Uso la palabra “talante” para indicar la disposición anímica con la que afrontamos nuestras relaciones. El talante colorea las percepciones, los pensamientos y los sentimientos a la hora de enfrentarnos con la realidad. Por eso, según el talante, la situación puede ser interpretada o conducida de muy diversa manera. La mirada limpia de una situación puede hacer comprender la belleza que encierra una vivencia particular.






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