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Fr Aquilino Bocos Merino
C.M.F. Superior General
En Comunión con nuestros obis. para la esper. del mundo

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  • IV.- RECORRER JUNTOS CAMINOS DE ESPERANZA PARA EL MUNDO
    • 2. Obispos y consagrados, testigos y servidores de esperanza
      • 2.2. Vida esperanzada y audacia profética
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2.2. Vida esperanzada y audacia profética

 

Obispos y consagrados tienen, también, puntos de convergencia y complementariedad en el testimonio y servicio de la esperanza.

 

El Obispo se ubica frente al mundo con una mirada contemplativa y un corazón compasivo. Imita a Jesús, heraldo de la Buena Noticia del Padre, quien, al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9, 36). El Espíritu Santo le dilata la mirada y el corazón para acoger al mundo amado por Dios y hacerle profeta de la esperanza83. Nada de lo que sucede en su iglesia particular ni en el mundo le es ajeno y no puede quedar indiferente ante los clamores de las multitudes empobrecidas o injustamente marginadas, ante quienes siguen preguntando por el sentido de la vida y si Dios se acuerda de ellos. Por su condición de Pastor, ha de estar siempre en la vanguardia, abriendo camino hacia fuentes tranquilas (Sal 22).

 

El ministerio del Obispo es pleno servicio para el renacimiento a una esperanza viva (cf 1 Pe 1, 3) 84. Este servicio no es algo sobreañadido en él, sino que comporta una intensa experiencia del Espíritu, como en los Apóstoles, que le hacen testigo y profeta de esperanza. Su predicación, su gobierno, su sacerdocio están marcados por la esperanza teologal y escatológica, con todo lo que comporta de experiencia pascual, de cruz y de alegría; y con la audacia propia de quien se siente urgido por la caridad pastoral85. El directorio pastoral Ecclesiae imago hace una síntesis sobre cómo el ministerio del Obispo está regido por la virtud de la esperanza y subraya que la esperanza estimula en el obispo el espíritu misionero y, en consecuencia, el espíritu de creatividad, es decir de iniciativa86. La esperanza se hace especialmente testimoniante a la hora de afrontar situaciones límite de enfermedad, persecución y martirio. La paciencia y la perseverancia se hacen en estos casos más necesarias87.

 

 También a los consagrados se nos pide una vida esperanzada y audacia profética88 en fuerza de la sobreabundancia de la gratuidad y de la capacidad de arriesgar la vida para que otros tengan vida y esperanza89. El IL dice textualmente que las personas consagradas “son anuncio vivo del Evangelio de la esperanza, testimonios elocuentes del primado de Dios en la vida cristiana y de la potencia de su amor en la fragilidad de la condición humana. De ahí nace la importancia, para el desarrollo de la pastoral diocesana, de la colaboración entre cada uno de los Obispos y las personas consagradas” 90.

 

Efectivamente, por nuestra consagración estamos urgidos a ser signos escatológicos del Reino, memoria constante de la venida del Señor e invitación a contemplar este mundo como realidad perecedera, sabiendo que no tenemos en él morada permanente (Heb 13, 14). A los religiosos nos corresponde subrayar en la Iglesias particulares la tensión escatológica que comporta la profesión de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia91. Y nuestras comunidades han de aspirar a ser “lugares de esperanza y de descubrimiento de las Bienaventuranzas; lugares en los que el amor, nutrido de la oración y principio de comunión, está llamado a convertirse en lógica de vida y fuente de alegría” 92.

 

La vida consagrada en la Iglesia particular es una respuesta permanente a la “vocatio Dei” y a las “provocationes mundi”. Es una “terapia espiritual para la humanidad” y “una bendición para la vida humana y para la vida eclesial” 93. En el ejercicio del profetismo de los consagrados, que -está claro- ni es excluyente ni es exclusivo, se halla implicita la entrega de la vida, que puede ser sellada, como en los profetas, con el martirio94. Su compromiso con todas las grandes causas de la humanidad: la vida, la libertad, la justicia, la paz, la educación, la salud, el trabajo, el hogar, la tierra, etc., es un gran testimonio de esperanza.

 

Esperar es caminar. La esperanza, como la audacia profética, no se dan por supuestas con la ordenación episcopal ni con la profesión religiosa. En el camino se verifican y cualifican la esperanza y la profecía. San Pablo exhortaba a los cristianos de la Iglesia primitiva, y en ellos a nosotros, a vivir alegres en la esperanza, fuertes en la tribulación, perseverantes en la oración (Rom 12,12).

 

Seguramente que nuestros Pastores durante el Sínodo van a someter a chequeo su vida y ministerio en esperanza. La pregunta que podemos y debemos hacernos es: ¿Estamos, nosotros, consagrados,  habilitados para poder ofrecer el testimonio y el servicio profético que hoy necesita la Iglesia y el mundo? Nuestro talante esperanzado es la mejor contribución que podemos hacer para infundir esperanza en las iglesias particulares. Una Iglesia local, e igualmente un Instituto o una Provincia, dan la talla de su bienestar espiritual y apostólico en la vivencia de la esperanza. El número de personas esperanzadas determinan el ambiente y la acción evangelizadora.

 

            Más de una vez he oído y leído que la vida consagrada atraviesa un momento de rutina, de apatía, de desencanto. No sé cuanto  podemos decir que haya de verdad en ello. Pero lo que sí parece cierto es que algunos necesitan experiencias fuertes y acontecimientos sensacionalistas para confirmar que están vivos. Cuando hablamos de la vida consagrada, ¿no habrá que exorcizar el futuro y liberarlo de tantas vagas ilusiones y de alguna que otra neurótica ansiedad? Y, como contrapunto, ¿no habrá que insistir en la espiritualidad y en la profecía de la vida ordinaria y revalorizar la función catártica y estimulante de la esperanza?

 

De todos modos, miremos a nuestro alrededor y veremos que no faltan en nuestras comunidades consagrados esperanzados. Se les nota en seguida por su mirada serena ante el futuro, por su confianza en el curso de la historia y por su capacidad de soportar con paciencia las tribulaciones y contrariedades de la vida presente. Viven esperanzados quienes se sienten envueltos por el misterio pascual (saboreando la cruz y dejándose iluminar por la luz de Cristo); quienes se hallan enraizados en la contemplación y frecuentan la oración; quienes saben sopesar y ponderar a la luz de lo definitivo lo que adviene y ven en todo una oportunidad de salvación. En todo momento se nos presentan -con mucha flexibilidad y sin fanatismos- como testigos de lo invisible, de lo definitivo, de lo incontrovertible y seguro. Son osados y, sus atrevidas opciones entre los que sufren, entre los que no pueden ni siquiera agradecer y entre los excluidos, son gestos elocuentes de personas que están enteramente abiertas al don de Dios y a su promesa. Viven con gozo su pobreza, su castidad y obediencia y son libres en su hablar y en su actuar ante los poderes de este mundo. Su alegría no es evasión, sino expresión del gozo que produce saberse en las manos de Dios. Creen y esperan en algo más profundo y trascendente de lo que sus ojos ven y sus manos palpan. Quien vive esperanzado es crítico ante instalaciones, estructuras y prácticas anticuadas; y es constante, perseverante y audaz en nuevas propuestas. Porque tiene a salvo su vida, no teme la persecución ni el martirio y emprende obras arriesgadas y de vanguardia. También se les distingue porque saben sacar partido del lado irónico de la vida y poseen un buen sentido del humor. Se cumple en ellos la exhortación de San Pablo: “alegres en la esperanza”.

 

Un buen signo de la salud de la vida consagrada y de su forma de expresar la esperanza es el reconocimiento de la bendición divina y la acción de gracias. Hemos recibido muchas gracias no sólo para que la Iglesia esté apercibida para toda obra buena (cf 2 Tim 3,17) y pronta  para la obra del ministerio en la edificación del Cuerpo de Cristo (cf Ef 4,12), sino también para que aparezca adornada con la variedad de dones de sus hijos, como esposa engalanada para su marido (cf Apoc 21, 2), y por ella se manifieste la multilforme sabiduría de Dios (cf Ef 3,10) 95. Quien reconoce y agradece todo esto, está indicando la razón de su esperanza.

 




83 Cf IL 12.



84 Cf IL. 35



85 Cf IL 12, 13, 14, 32, 34….



86 Cf IL 13.



87 Cf IL 57.



88 Cf IL. 92. Se recuerdan los nn. 84-88 de la VC.



89 Cf VC 104-105.



90 IL. 92.



91 Cf VC 26-27. 88.



92 VC 51.



93 VC 87



94 VC 85-86.



95 PC 1.






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