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Fr Aquilino Bocos Merino
C.M.F. Superior General
En Comunión con nuestros obis. para la esper. del mundo

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  • IV.- RECORRER JUNTOS CAMINOS DE ESPERANZA PARA EL MUNDO
    • 3. Otros caminos que podemos recorrer juntos
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3. Otros caminos que podemos recorrer juntos

 

            En lo anteriormente expuesto han ido apareciendo caminos que ya se están recorriendo y que son verdaderamente motivo de esperanza para la Iglesia y para el mundo. Entiendo que un auténtico camino de esperanza es el proceso sinodal de la Iglesia, comunión orgánica. Esperemos que pronto en la eclesiología que se estudia en los seminarios y universidades se hallen integradas las orientaciones de los Sínodos sobre las formas de vida. No sólo hemos de pedir que se estudie el ministerio y la vida consagrada, sino también la vocación y misión de los laicos. La correlación de las formas de vida orienta y prepara una vida eclesial más participativa y dinámica en la misión evangelizadora.

           

Dentro de este proceso de “sinodalidad”, de caminar juntos” en comunión orgánica, hay senderos ya transitados: el diálogo, la participación y la corresponsabilidad en la planificación pastoral. En la medida que se frecuentan, suscitan esperanza en el interior de la Iglesia y estímulo en el mundo social. Tal vez, sin embargo, es obligado decir que son muchas las Iglesias particulares que aún no han recorrido este camino de la planificación y de la articulación de carismas y ministerios para el crecimiento de la Iglesia y de su misión evangelizadora.

 

Ha quedado como camino abierto, para  recorrer juntos, la espiritualidad de comunión, al que cabría añadir la pastoral de la espiritualidad. El camino de la espiritualidad de comunión será, sin duda, el que más contribuya al crecimiento de la esperanza en el interior de la Iglesia y el que hará más fecundo su servicio a la evangelización. Su irradiación hará más flúido el diálogo, no sólo en el interior de la Iglesia, sino también para el ecumenismo;  y se hará más espontáneo el diálogo de la vida, de las obras y de la experiencia religiosa96.

 

Quedamos convocados los Obispos y los consagrados a asumir la propia responsabilidad de ofrecer testimonio de vida esperanzada y audacia profética en el servicio al Evangelio de la esperanza. Desde esta perspectiva, creo que podemos indicar otros caminos que debemos frecuentar para que crezca la esperanza. Pero ¿dónde están los espacios y las urgencias más apremiantes y en los que puede ser más necesaria nuestra aportación carismática y profética?

 

La VC nos habló de los areópagos de la misión para los religiosos97. El IL enumera una serie de ámbitos donde se hace ostensible la carencia de esperanza; hace mención de sus causas y de las personas que se hallan amenazadas de perderla98. A parte del empeño que cada Instituto puede asumir, según el propio carisma, y que siempre se realizan dentro de una iglesia particular, indico –al menos para empezar el diálogo- algunos caminos que habríamos de recorrer juntos Obispos, consagrados y laicos.

 

1. Los caminos de la “mirada contemplativa” y de la búsqueda. El Obispo, a semejanza del Buen Pastor (Mt 9, 36), ha de estar pendiente de lo que sucede. Si quiere asumir las esperanzas y angustias de los hombres, ha de conocerlas. Y si quiere recuperar la oveja perdida, ha de buscarla (Mt 18, 12-14; Lc 15, 3-7). La función de vigía, de centinela, de escrutar los signos de los tiempos y de los lugares, se sitúa en las entradas de los caminos y ya ella misma es camino de esperanza porque supone estar a la espera del Señor. Salir al encuentro de lo que está perdido, reunir los que se hallan dispersos, embarcarse de nuevo, ir a la otra orilla, buscar a los excluidos…son actitudes de Jesús que abrió caminos nuevos para la misión que le confió el Padre. Esta misión encomendada al Obispo es compartida y en ella los consagrados tienen mucho que seguir aportando por la libertad inherente a su consagración, por su vocación de universalidad, por su arrojo misionero. La “missio ad gentes” sólo se lleva adelante desde una viva esperanza, que supone, sí, planificación y coordinación.

 

2. El camino de la compasión y de la solidaridad. La compasión es la otra cara de la esperanza. Al Obispo se le pide tener un corazón compasivo. A los consagrados, ser trasparencia de la misericordia de Dios, de su ternura y bondad, para con los hombres y el mundo. Este es su “servitium caritatis”. Compasión99 supone salir de uno mismo, del propio proyecto, y colocarse en el camino del otro, compartiendo su real situación de postración, como el buen samaritano (Lc 10, 31-37). La compasión, porque brota de la caridad, genera así esperanza en los que buscan a Dios, en los pobres, en los excluidos, en los enfermos, en los pecadores, en los niños abandonados, en los jóvenes desilusionados, en los hombres sin trabajo y en los que viven tantas formas de ausencia de amor, que son ausencia de Dios.

 

Hemos de hacer todo lo posible porque no quede defraudada la esperanza de los pobres y desdichados (cf Sal 9,18). Sin solidaridad no hay auténtica esperanza. Jesús, el hombre para los demás, nos abrió este camino. Hoy se hace especialmente necesario ejercer la profecía de la solidaridad porque la época postmoderna ha magnificado el individualismo y el egocentrismo y ha fomentado la ganancia de unos pocos llevando a la postración a multitud de hombres y mujeres, de niños, adultos y ancianos, que sufren el peso intolerable de la miseria100. El camino de solidaridad pasa por una más intensa vivencia de la fraternidad en la misión como signo y experiencia anticipada de la nueva humanidad y de la nueva Iglesia101. Es preciso entrar en la dinámica del compartir y del trabajo infatigable por la justicia y la transformación del mundo, lo cual va más allá de la simple ayuda ofrecida “por caridad” o como limosna. Y, desde esta perspectiva, una especial solicitud exigen hoy las migraciones, con toda problemática que generan: multiculturalidad, pluralismo religioso y político, desintegración de la familia, necesidades económicas y educativas.

 

Quien se ha sentido agraciado por la bendición divina, no soporta el mal y se rebela en esperanza. El mundo y la Iglesia esperan sus profetas de la paz y de la justicia y el obispo es pastor de todos ellos102. Es obligado colaborar, no sólo para formar parte de comisiones diocesanas de justicia y paz, sino para orientar la vida de la comunidad cristiana y comprometerla en favor de los derechos y la dignidad de la persona.  El potencial de los Institutos religiosos para establecer redes de solidaridad es muy grande, pero no podemos decir que lo tenemos aún articulado.

 

            3. El camino de la cultura de la esperanza. Los humanismos cerrados a la trascendencia, recortados por los intereses egoístas, están creando un mundo ininteligible e inhabitable. El pensamiento débil y fragmentado fomenta un estilo de vida mediocre. Constatamos los desastres de la contaminación, la violencia, las guerras, la droga, la prostitución, el consumismo y la evasión. Expresiones del “sin sentido último”. Que se estén dando signos de un nuevo humanismo, es aleccionador. Pero que este camino cada vez es menos transitado porque cuesta el estudio, la investigación, la enseñanza, es preocupante. La tentación de la gratificación por lo inmediato o la incapacidad para decir no ante  peticiones de ayuda para llenar huecos, está haciendo que cada vez sean menos los consagrados que se dediquen a recorrer el camino de la cultura de la esperanza, que es el pensamiento y la educación en todos los niveles. Y es preciso un mayor esfuerzo para crear una visión del mundo, del hombre, de la familia, del orden social y económico, de la investigación y la ciencia, del arte, abierta al plan de salvación.

           

            En esta perspectiva, es también camino de esperanza la formación continua o permanente sobre algunos temas comunes, en la que participen el Obispo, los presbíteros, los consagrados y los laicos. Pensar en alto juntos favorece la realización de proyectos comunes.

 

            4. El camino del compartir la misión con los laicos. Vuelvo sobre este punto que ha salido indirectamente varias veces. ¿No nos está costando hablar de las relaciones entre Obispos y consagrados sin añadir o contar con los presbíteros y seglares? Sabemos que uno de los signos de esperanza para la Iglesia y para el mundo es la espiritualidad y misión compartidas con los laicos. Los nuevos movimientos eclesiales y la amplia y compleja red del voluntariado son una expresión de la fuerza del Espíritu en nuestro tiempo. Compartir la misión y la espiritualidad nos lleva a superar los protagonismos y los comparativos y nos abre a vivir corporativamente como discípulos y testigos de Jesús, verdadera esperanza del mundo.

 

                                                                               




96 “El diálogo de la vida, en el que las personas se esfuerzan por vivir un espíritu de apertura y de buena vecindad, compartiendo sus alegrías y penas, sus problemas y preocupaciones humanas. El diálogo de las obras, en el que los cristianos y las restantes personas colaboran con vistas al desarrollo integral y la libertad de la gente. (…) El diálogo de la experiencia religiosa, en el que las personas enraizadas en sus propias tradiciones religiosas comparten sus riquezas espirituales, por ejemplo en lo que se refiere a la oración y la contemplación, la fe y las vías de la búsqueda de Dios y del Absoluto”. Consejo para el dialogo interreligioso y Congregación para la Evangelización de los pueblos: Diálogo y anuncio, Ciudad del Vaticano, (1991) n. 42.



97 VC señala el mundo de la educación, evangelizar la cultura y el mundo de los medios de comunicación, Cf nn.96-99.



98 Cf IL caps. I y V.



99 La compasión de la que aquí se habla “no tiene nada que ver ni con la afección ni con la permisividad, sino con el ardor de las brasas. Si te toca, te enardece. No es posible experimentarla sin sentirse impulsado a vivir de otro modo. Sentirla es  entrar en una corriente que te arrastra hasta hacerte prójimo de los más alejados, porque lleva en sí el aliento  de  una revolución: la revolución de la ternura”. LECLERC, E. El Reino escondido. Sal Terrae. Santander, 1997, 106. Cf ROCHETTA,C: Teologia della tenerezza. Un “vangelo” da riscoprire. EDB, Bologna, 2000.



100 Cf IL  139-140.Cada vez son más escandalosas las diferencias, las desigualdades, la dominación de una parte y la dependencia de otra; crece la exclusión del bienestar y del progreso para millares de hombres y mujeres. La dignidad de la persona está cada vez más degradada y la comunión en la familia, en la sociedad y en la Iglesia cada vez más amenazada. Vivimos dentro de un proceso de globalización que es, a la vez, privilegio para una minoría y amenaza para la inmensa mayoría.



101 Revivir el estilo de la primitiva comunidad, narrada en los Hechos de los Apóstoles, en la que nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo lo tenían en común. (Hch 4, 32).



102 Cf IL 142.






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