Revisar nuestro vocabulario, muchas veces
incomprensible para otras personas; buscar nuevos símbolos para transmitir
adecuadamente hoy valores de siempre de la Vida Religiosa.
Entrar en un diálogo serio y profundo con la
cultura contemporánea, para una inculturación del evangelio respetuosa y
crítica a la vez con los valores o las actitudes que se promueven desde esta
cultura.
Estar
presentes en los nuevos aerópagos, en las fronteras y colaborar con los
colectivos comprometidos con la transformación de la sociedad.
Audacia
para ir a los lugares donde parece que nada habla de Dios.
No poner
remiendos sobre estructuras viejas: Lo que es nuevo pide novedad.
Buscar estrategias que nos hagan evaluar nuestra
capacidad de suscitar interrogantes con nuestra manera de vivir, tanto
personalmente como comunitariamente o institucionalmente.
Hacer
evidente, a través de signos concretos, que trabajamos para que la mujer
tenga su lugar en el mundo y en la Iglesia, y muy en particular la mujer
consagrada.
Fomentar
un espíritu de atención a la realidad que nos rodea, siempre en dinamismo
y cambiando, para adecuar nuestras respuestas a las preguntas de hoy.