Promover el
acompañamiento personal y comunitario.
Incluir en la formación inicial y permanente
la formación afetivo-sexual, en la autoestima, en el aprovechamiento de
las propias potencialidades, para saber afrontar situaciones de crisis y
de conflicto.
Superar estructuras infantilizantes (en la
formación y en las maneras de ejercer la autoridad) y proteccionistas,
especialmente hacia la mujer.
En la formación, poner el acento en la
libertad, nunca en la sumisión.
Facilitar que las personas puedan llevar a
cabo su sueño, sin abrumarlas prematuramente con responsabilidades
institucionales. Buscar el equilibrio en el diálogo entre carisma
personal / carisma institucional.
Reconocer en la práctica que la diversidad
personal es un enriquecimiento y que pretender uniformar es una pérdida;
no partimos, entonces, de modelos de perfección abstractos, sino de la
realidad de procesos personales diferentes.
Fomentar todo lo que
contribuya a armonizar la vida de las personas, más que no engrandecer un
activismo sin sentido, aunque a veces éste se sublime desde una espiritualidad
engañosa.
Respetar la necesidad y el derecho de los
religiosos y de las religiosas a mantener relaciones de intimidad con
otras personas.