Aprender a
equilibrar y armonizar la vida, dando a esta dimensión de experiencia de
Dios el espacio que le corresponde.
Utilizar
los medios adecuados para que nos acostumbremos a vivir una espiritualidad
encarnada, en atención a la manifestación del Señor en la vida cotidiana.
Ayudarnos
a desenmascarar falsos espiritualismos tras los cuales pueden esconderse
justificaciones personales o institucionales; no debemos utilizar el
nombre de Dios en vano...
Superar
determinados modelos espirituales que más bien ahogan y anulan a la
persona: el don de Dios se manifiesta en el ofrecimiento de la libertad y
en el uso de las propias capacidades, empezando por la sensatez.
Compartir en comunidad nuestro itinerario de
crecimiento personal en la fe, como una ayuda mutua en el camino de
seguimiento del Señor a que nos hemos comprometido.
Practicar en comunidad el discernimiento de
manera habitual: dotarse de los medios para aprender a hacerlo, y darse el
tiempo necesario para la práctica sistemática.
Adoptar
formas de plegaria comunitaria adaptadas a la misión de la comunidad: una
plegaria que nace de la vida y que nos devuelve a ella para
comprometernos.
Fomentar el diálogo interreligioso en nuestra
búsqueda del Dios de la vida, particularmente a través del conocimiento
mutuo, la confianza, el respeto, el perdón, la plegaria compartida...