|
El
día 8 de diciembre de 1965 concluía la gran Asamblea del Concilio
Vaticano II. Los Padres conciliares, apenas iniciado éste, enviaron un
mensaje a todos los hombres (21 de octubre de 1962) en el que expresaban su
convicción de estar participando en un nuevo Pentecostés:
“Todos
nosotros, sucesores de los Apóstoles, que formamos un solo cuerpo
apostólico, cuya cabeza es el sucesor de Pedro, nos hemos reunido
aquí en oración unánime con María, Madre de
Jesús, por mandato del Padre Santo Juan XXIII”.
En
la sesión de clausura, 7 diciembre 1965, Pablo VI evocaba la andadura
conciliar y ofrecía esta reflexión:
“La
religión del Dios que se ha hecho hombre, se ha encontrado con la
religión - porque tal es - del hombre que se hace Dios. “Qué ha
sucedido? “Un choque, una lucha, una condenación? Podía haberse
dado, pero no se produjo. La antigua historia del samaritano ha sido la pauta
de la espiritualidad del Concilio. Una simpatía inmensa lo ha penetrado
todo. El descubrimiento de las necesidades humanas - y son tanto mayores cuanto
más grande se hace el hijo de la tierra - ha absorbido la
atención de nuestro sínodo. Vosotros, humanistas modernos, que
renunciáis a la trascendencia de las cosas supremas, conferirle siquiera
este mérito y reconoced nuestro nuevo humanismo: también nosotros
- y más que nadie - somos promotores del hombre... El Concilio ha
enviado al mundo contemporáneo, en lugar de deprimentes
diagnósticos, remedios alentadores; en vez de funestos presagios,
mensajes de esperanza; sus valores no solo han sido respetados, sino honrados,
sostenidos sus incesantes esfuerzos, sus aspiraciones purificadas y
bendecidas”.
¿Qué
ha supuesto o significado el Concilio Vaticano para nosotros, los religiosos?
Sería una perspectiva miope descubrirlo únicamente en los textos
dedicados explícitamente a la vida religiosa o consagrada. Sería
algo tan empobrecedor como reducir una sinfonía a la melodía de
una voz o de un instrumento; como contemplar un cuadro desde un único
color. Las afirmaciones del Concilio Vaticano II sobre la vida religiosa, a
pesar de su riqueza y de los horizontes que abren, no son en sí mismas
el mensaje único que hemos de escuchar y hacer realidad. El Concilio nos
ha hablado a través de todas sus Constituciones, Decretos y Declaraciones.
Nos ha pedido abrirnos a una nueva forma
de entender la revelación de Dios y su transmisión tradicional
(DV) y a un nuevo modo de entender y vivir el Misterio de la Iglesia, en
sí misma considerada (LG), en su
liturgia (SC), en su misión y relación con el mundo (GS). Para
ello, el Concilio reflexionó sobre las diversas formas de vida y de
ministerio en la Iglesia y orientó su renovación: obispos (CD),
presbíteros (PO), formandos para el sacerdocio (OT), religiosos (PC),
seglares (AA). Y abordó los distintos aspectos de la misión
eclesial: la *missio
ad gentes+
(AG), la misión ecuménica (UR), las iglesias orientales
católicas(OE), la comunicación social (IM), la misión
educativa (GE) y la defensa de la libertad religiosa (DH). Sólo en el
conjunto del proyecto conciliar podemos entender las claves de la
renovación de la vida religiosa para el momento presente.
En
nuestros textos constitucionales renovados, en nuestros directorios y decretos capitulares
hemos asumido indudablemente las afirmaciones conciliares referentes a la vida
religiosa. Pero, ¿hemos realizado el mismo esfuerzo incorporar a nuestra
perspectiva global de la realidad la intencionalidad complexiva del Concilio?
Un
“Mutuae Relationes” pluridimensional, con todos los
carismas y ministerios del Pueblo de Dios, con otras confesiones cristianas,
con el complejo entramado de nuestro mundo, se hace necesario a la vida
religiosa en su conjunto en el momento presente, como exigencia sembrada hace
ya treinta y seis años. De una lectura lineal de los documentos
conciliares, necesitamos pasar a una
lectura global, sinfónica. De una lectura analítica hemos de
pasar a una lectura sintética. Desde una interpretación de lo que
el Concilio dijo, hemos de pasar a aventurar lo que el Concilio quería
decir para la etapa histórica que nos toca vivir.
Hemos
de volver nuestra mirada no únicamente a lo que el Concilio dijo, sino
también a la forma de decirlo. Los Padres Conciliares buscaron la verdad
conjuntamente, unidos bajo aquel que tiene el carisma de la unidad
católica, el Papa. Buscaron la verdad teniendo como contexto la gran
historia de la humanidad y la bimilenaria historia de la fe. Tuvieron como
horizonte de su búsqueda el mundo actual con toda su complejidad, sus
culturas, sus interrelaciones. Adoptaron como estilo el optimismo y el amor
apasionado al hombre. Optaron por instaurar una “nueva
praxis” evangélica. Abandonaron los dogmatismos de
otros tiempos confiando en la fuerza de la verdad anunciada, compartida.
Supieron defender la propia verdad, defendiendo al hombre, especialmente sus
derechos inalienables, y poniéndose de parte de los más pobres y
oprimidos.
El
Pentecostés del Vaticano II fue, sobre todo, profecía.
En
treinta y seis años han ocurrido muchas cosas. El cambio de época
se ha hecho más palpable. Hemos comenzado el nuevo milenio de forma
dramática, con el gran ataque al corazón símbólico
del Gran Aparato científico tecnológico.
La
Iglesia está en permanente Sínodo para no olvidar la herencia de
su último Concilio. El tiempo nuevo, requiere ya un nuevo Concilio, que
concilie a todas las formas de vida y ministerio eclesial. Un Concilio de todas
las formas de vida cristiana, de todos los ministerios. Es el sueño que
nos ronda por la cabeza a muchos al evocar aquel magnífico
acontecimiento del Vaticano II. Porque aquel no fue un concilio para la
nostalgia, sino para la profecía.
José Cristo Rey García-Paredes, cmf
|