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| José Cristo Rey García Paredes, CMF Hace ya 36 años IntraText CT - Texto |
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El día 8 de diciembre de 1965 concluía la gran Asamblea del Concilio Vaticano II. Los Padres conciliares, apenas iniciado éste, enviaron un mensaje a todos los hombres (21 de octubre de 1962) en el que expresaban su convicción de estar participando en un nuevo Pentecostés: “Todos nosotros, sucesores de los Apóstoles, que formamos un solo cuerpo apostólico, cuya cabeza es el sucesor de Pedro, nos hemos reunido aquí en oración unánime con María, Madre de Jesús, por mandato del Padre Santo Juan XXIII”. En la sesión de clausura, 7 diciembre 1965, Pablo VI evocaba la andadura conciliar y ofrecía esta reflexión: “La religión del Dios que se ha hecho hombre, se ha encontrado con la religión - porque tal es - del hombre que se hace Dios. “Qué ha sucedido? “Un choque, una lucha, una condenación? Podía haberse dado, pero no se produjo. La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio. Una simpatía inmensa lo ha penetrado todo. El descubrimiento de las necesidades humanas - y son tanto mayores cuanto más grande se hace el hijo de la tierra - ha absorbido la atención de nuestro sínodo. Vosotros, humanistas modernos, que renunciáis a la trascendencia de las cosas supremas, conferirle siquiera este mérito y reconoced nuestro nuevo humanismo: también nosotros - y más que nadie - somos promotores del hombre... El Concilio ha enviado al mundo contemporáneo, en lugar de deprimentes diagnósticos, remedios alentadores; en vez de funestos presagios, mensajes de esperanza; sus valores no solo han sido respetados, sino honrados, sostenidos sus incesantes esfuerzos, sus aspiraciones purificadas y bendecidas”. ¿Qué ha supuesto o significado el Concilio Vaticano para nosotros, los religiosos? Sería una perspectiva miope descubrirlo únicamente en los textos dedicados explícitamente a la vida religiosa o consagrada. Sería algo tan empobrecedor como reducir una sinfonía a la melodía de una voz o de un instrumento; como contemplar un cuadro desde un único color. Las afirmaciones del Concilio Vaticano II sobre la vida religiosa, a pesar de su riqueza y de los horizontes que abren, no son en sí mismas el mensaje único que hemos de escuchar y hacer realidad. El Concilio nos ha hablado a través de todas sus Constituciones, Decretos y Declaraciones. Nos ha pedido abrirnos a una nueva forma de entender la revelación de Dios y su transmisión tradicional (DV) y a un nuevo modo de entender y vivir el Misterio de la Iglesia, en sí misma considerada (LG), en su liturgia (SC), en su misión y relación con el mundo (GS). Para ello, el Concilio reflexionó sobre las diversas formas de vida y de ministerio en la Iglesia y orientó su renovación: obispos (CD), presbíteros (PO), formandos para el sacerdocio (OT), religiosos (PC), seglares (AA). Y abordó los distintos aspectos de la misión eclesial: la *missio ad gentes+ (AG), la misión ecuménica (UR), las iglesias orientales católicas(OE), la comunicación social (IM), la misión educativa (GE) y la defensa de la libertad religiosa (DH). Sólo en el conjunto del proyecto conciliar podemos entender las claves de la renovación de la vida religiosa para el momento presente. En nuestros textos constitucionales renovados, en nuestros directorios y decretos capitulares hemos asumido indudablemente las afirmaciones conciliares referentes a la vida religiosa. Pero, ¿hemos realizado el mismo esfuerzo incorporar a nuestra perspectiva global de la realidad la intencionalidad complexiva del Concilio? Un “Mutuae Relationes” pluridimensional, con todos los carismas y ministerios del Pueblo de Dios, con otras confesiones cristianas, con el complejo entramado de nuestro mundo, se hace necesario a la vida religiosa en su conjunto en el momento presente, como exigencia sembrada hace ya treinta y seis años. De una lectura lineal de los documentos conciliares, necesitamos pasar a una lectura global, sinfónica. De una lectura analítica hemos de pasar a una lectura sintética. Desde una interpretación de lo que el Concilio dijo, hemos de pasar a aventurar lo que el Concilio quería decir para la etapa histórica que nos toca vivir. Hemos de volver nuestra mirada no únicamente a lo que el Concilio dijo, sino también a la forma de decirlo. Los Padres Conciliares buscaron la verdad conjuntamente, unidos bajo aquel que tiene el carisma de la unidad católica, el Papa. Buscaron la verdad teniendo como contexto la gran historia de la humanidad y la bimilenaria historia de la fe. Tuvieron como horizonte de su búsqueda el mundo actual con toda su complejidad, sus culturas, sus interrelaciones. Adoptaron como estilo el optimismo y el amor apasionado al hombre. Optaron por instaurar una “nueva praxis” evangélica. Abandonaron los dogmatismos de otros tiempos confiando en la fuerza de la verdad anunciada, compartida. Supieron defender la propia verdad, defendiendo al hombre, especialmente sus derechos inalienables, y poniéndose de parte de los más pobres y oprimidos. El Pentecostés del Vaticano II fue, sobre todo, profecía. En treinta y seis años han ocurrido muchas cosas. El cambio de época se ha hecho más palpable. Hemos comenzado el nuevo milenio de forma dramática, con el gran ataque al corazón símbólico del Gran Aparato científico tecnológico. La Iglesia está en permanente Sínodo para no olvidar la herencia de su último Concilio. El tiempo nuevo, requiere ya un nuevo Concilio, que concilie a todas las formas de vida y ministerio eclesial. Un Concilio de todas las formas de vida cristiana, de todos los ministerios. Es el sueño que nos ronda por la cabeza a muchos al evocar aquel magnífico acontecimiento del Vaticano II. Porque aquel no fue un concilio para la nostalgia, sino para la profecía. José Cristo Rey García-Paredes, cmf
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