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José Cristo Rey García Paredes, CMF
Largo amanecer

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La vida religiosa en América Latina se encuentra en un momento complejo. Está pasando por enormes dificultades; a veces, parece un poco perdida. Sabe cuál es la meta de su camino, pero tiene en torno demasiada oscuridad y demasiadas amenazas. Es un tiempo de navidad, de una larga navidad. Está amenazada por las fuerzas de la muerte, que atacan desde las posiciones más insólitas. América Latina está acostumbrada a las amenazas de muerte. Uno evoca aquel texto del Apocalip­sis:

“El dragón se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo“.

La vida religiosa está naciendo en América Latina. La semilla que los religiosos han ido sembrado durante el decurso de estos quinientos años últimos en el surco de los pueblos latinoamericanos ha comenzado a producir un resultado origi­nal. Muchos pensamos que se trata de un momento de novedad dentro de la historia de la vida religiosa. No la novedad que conlleva la fundación de nuevos institutos, sino aquella que se manifiesta en un nuevo estilo  de vida religiosa que afecta a todos los institutos.

Estas serían las características de novedad de ese nuevo estilo de vida religiosa que emerge en América Latina:

- Una vida religiosa con fuerte sentido de la historia: muchos religiosos se sienten responsa­bilizados por la suerte de los pueblos y culturas que forman ese admi­ra­ble mosaico unitario que cada vez emerge más como América Latina.

- Una vida religiosa con un gran potencial profético: allí han surgido las voces proféticas más audaces y más representativas de las mayorías humanas, reducidas a vivir en un auténtico sub-mundo.

- Una vida religiosa con rasgos martiriales; mientras en los oríge­nes de la vida religiosa el monacato sucedía al martirio, en América Latina se está produciendo el fenómeno inverso: el marti­rio sucede a la vida reli­gio­sa; en el martirio se encuentran religiosos, segla­res y ministros ordenados, como expresión máxima de radicalis­mo evangélico. Hay una vida religiosa exce­sivamente protegida, alejada de cualquier posibilidad de marti­rio, una vida religiosa de muy bajo riesgo. En contrapo­sición está nacien­do esa otra vida religiosa de alto riesgo, no sólo a nivel indi­vi­dual, sino in­cluso insti­tucional, estructural.

- Es la primera vez que los condicionamientos cultura­les, popula­res, están modificando o influyendo decisi­vamente en la compren­sión y actualización de los con­tenidos o elementos fundamentales de la vida religio­sa. Cuando se habla de “refundación” se está intentando encontrar un nombre para algo que el Espíritu está realizando y que va más allá de aquello que podríamos prever.

- Por las más variadas razones, resulta cada vez más interesante la solidaridad que anuda a los diversos institutos y comunidades y, al mismo tiempo, la con­vergencia de todos ellos en proyectos comunes de vida inserta en el pueblo y de misión. Alguien ha llegado a exclamar que “¡está surgiendo la vida reli­giosa!” en cuanto que se está superando la pluralidad de los institutos y comunida­des, tantas veces desarticulada, desintegra­da, y se está llegando a proyectos comunes.

- Es una vida religiosa con talante escatológi­co; con una espiritua­lidad de fuga del mundo viejo hacia el Reino; una vida religiosa de cara al Dios liberador; una vida religiosa que intenta ser contem­plativa en la libera­ción.

- Es una vida religiosa que se siente deudora del Pueblo de Dios. No se define a sí misma como superior; no se siente autosufi­ciente; sabe que, solo inserta en el caminar de la Iglesia, adquiere toda su razón de ser.

Este nuevo tipo de vida religiosa recibe las más variadas amenazas exteriores. Es criticada como desestabilizadora. Es perseguida por las fuerzas políticas, tanto dictatoriales como democráticas. Es despreciada por las fuerzas económicas. Es considerada como un pequeño David iluso. Se recurre a todos los medios para desprestigiarla. Se le asignan ciertas etique­tas, que favorezcan su rápida condena. Se analizan con lupa sus palabras, sus manifiestos, sus acciones, para descubrir errores, lagunas, omisiones. Hasta en la misma Iglesia no es siempre adecuadamente comprendida, ni apoyada.

Pero hay también otras amenazas internas. Se dan dentro de los institutos que están cerrados a la historia, al clamor de los más pobres, que se atrincheran en sus seguridades para no correr riesgos. Hay comunida­des que piensan más en su autocon­servación  que en desgastarse por el Reino. En tales comunida­des se bloquea la vida y se ofrece una vida religiosa  de museo  sin proyectos, sin nuevas ideas para llevar adelante la causa del Reino de Dios. Otro tipo de amenazas internas pro­vienen de religiosos y religiosas que al parecer están suma­mente comprometidos en este proyecto de novedad, pero que han perdido el sentido religioso y se han dejado monopolizar por el sentido político; de religio­sos y religiosas presuntuosos que desprecian a los demás, que se desarraigan de sus institu­tos y de la iglesia, que han cambiado su obediencia a la Iglesia o al instituto por su docilidad total a liderazgos revolucionarios, que confían más en sus estrategias (“en sus carros y caballos”) que en Dios, que hacen de la liberación su ídolo. Tales unilateralismos son también una amenaza a la vida religiosa que nace en Latinoamérica. Pero no son un argumento en contra.

Los signos de nuestro tiempo nos piden una vida religiosa más proféti­ca, más testimoniante, más martirial, una vida religiosa de alto riesgo.

 





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