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La vida religiosa en América Latina se encuentra en un momento
complejo. Está pasando por enormes dificultades; a veces, parece un poco
perdida. Sabe cuál es la meta de su camino, pero tiene en torno
demasiada oscuridad y demasiadas amenazas. Es un tiempo de navidad, de una
larga navidad. Está amenazada por las fuerzas de la muerte, que atacan
desde las posiciones más insólitas. América Latina
está acostumbrada a las amenazas de muerte. Uno evoca aquel texto del
Apocalipsis:
“El dragón se detuvo
delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo“.
La
vida religiosa está naciendo en América Latina. La semilla
que los religiosos han ido sembrado durante el decurso de estos quinientos
años últimos en el surco de los pueblos latinoamericanos ha
comenzado a producir un resultado original. Muchos pensamos que se
trata de un momento de novedad dentro de la historia de la vida religiosa. No
la novedad que conlleva la fundación de nuevos institutos, sino aquella
que se manifiesta en un nuevo estilo de vida religiosa que afecta a todos los
institutos.
Estas
serían las características de novedad de ese nuevo estilo de vida
religiosa que emerge en América Latina:
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Una vida religiosa con fuerte sentido de la historia: muchos religiosos se
sienten responsabilizados por la suerte de los pueblos y culturas que forman
ese admirable mosaico unitario que cada vez emerge más como
América Latina.
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Una vida religiosa con un gran potencial profético: allí han
surgido las voces proféticas más audaces y más
representativas de las mayorías humanas, reducidas a vivir en un
auténtico sub-mundo.
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Una vida religiosa con rasgos martiriales; mientras en los orígenes de
la vida religiosa el monacato sucedía al martirio, en América
Latina se está produciendo el fenómeno inverso: el martirio
sucede a la vida religiosa; en el martirio se encuentran religiosos, seglares
y ministros ordenados, como expresión máxima de radicalismo
evangélico. Hay una vida religiosa excesivamente protegida, alejada de
cualquier posibilidad de martirio, una vida religiosa de muy bajo riesgo. En
contraposición está naciendo esa otra vida religiosa de alto
riesgo, no sólo a nivel individual, sino incluso institucional,
estructural.
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Es la primera vez que los condicionamientos culturales, populares, están
modificando o influyendo decisivamente en la comprensión y
actualización de los contenidos o elementos fundamentales de la vida
religiosa. Cuando se habla de “refundación” se está intentando
encontrar un nombre para algo que el Espíritu está realizando y
que va más allá de aquello que podríamos prever.
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Por las más variadas razones, resulta cada vez más interesante la
solidaridad que anuda a los diversos institutos y comunidades y, al mismo
tiempo, la convergencia de todos ellos en proyectos comunes de vida inserta en
el pueblo y de misión. Alguien ha llegado a exclamar que “¡está
surgiendo la vida religiosa!” en cuanto que se está superando la
pluralidad de los institutos y comunidades, tantas veces desarticulada,
desintegrada, y se está llegando a proyectos comunes.
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Es una vida religiosa con talante escatológico; con una espiritualidad
de fuga del mundo viejo
hacia el Reino; una vida religiosa de cara al Dios liberador; una vida
religiosa que intenta ser contemplativa en la liberación.
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Es una vida religiosa que se siente deudora del Pueblo de Dios. No se define a
sí misma como superior; no se siente autosuficiente; sabe que, solo
inserta en el caminar de la Iglesia, adquiere toda su razón de ser.
Este
nuevo tipo de vida religiosa recibe las más variadas amenazas
exteriores. Es criticada como desestabilizadora. Es perseguida por las fuerzas
políticas, tanto dictatoriales como democráticas. Es despreciada
por las fuerzas económicas. Es considerada como un pequeño David
iluso. Se recurre a todos los medios para desprestigiarla. Se le asignan
ciertas etiquetas, que favorezcan su rápida condena. Se analizan con
lupa sus palabras, sus manifiestos, sus acciones, para descubrir errores,
lagunas, omisiones. Hasta en la misma Iglesia no es siempre adecuadamente
comprendida, ni apoyada.
Pero
hay también otras amenazas internas. Se dan dentro de los institutos que
están cerrados a la historia, al clamor de los más pobres, que se
atrincheran en sus seguridades para no correr riesgos. Hay comunidades que
piensan más en su autoconservación que en desgastarse por el Reino. En tales
comunidades se bloquea la vida y se ofrece una vida religiosa de museo sin proyectos, sin nuevas ideas para llevar
adelante la causa del Reino de Dios. Otro tipo de amenazas internas provienen
de religiosos y religiosas que al parecer están sumamente comprometidos
en este proyecto de novedad, pero que han perdido el sentido religioso y se han
dejado monopolizar por el sentido político; de religiosos y religiosas
presuntuosos que desprecian a los demás, que se desarraigan de sus
institutos y de la iglesia, que han cambiado su obediencia a la Iglesia o al
instituto por su docilidad total a liderazgos revolucionarios, que
confían más en sus estrategias (“en
sus carros y caballos”) que en Dios, que hacen de la
liberación su ídolo. Tales unilateralismos son también una
amenaza a la vida religiosa que nace en Latinoamérica. Pero no son un
argumento en contra.
Los signos de nuestro tiempo nos piden una vida religiosa más
profética, más testimoniante, más martirial, una vida
religiosa de alto riesgo.
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