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¿Porqué
elegir estas dos palabras "lucha" y "armonía" para
hablar de la vida religiosa en Asia? Asia es una realidad gigantesca y para
nosotros, los occidentales, intrigante, exótica. Es la zona de nuestro
plantea en la que más abundantemente explosiona la vida humana y en la
que se detecta un preciosa herencia cultural y religiosa con raíces
milenarias. Asia es rica en humanidad, es heredera de ancestrales tradiciones.
Asia del pasado... Asia del futuro incierto. Del pasado le viene la
armonía. Del presente y del futuro la lucha.
La explosión demográfica
es el milagro permanente de Asia. Constantemente surgen nuevos nombres, rostros
irrepetibles, personas únicas, posibles portadores de un futuro nuevo,
de sorprendentes dones para la humanidad. Esa explosión de la vida
humana, sin embargo, no cuenta con una infraestructura capaz de acogerla,
protegerla, hacer que culmine su desarrollo. Ser niño o joven en Asia es
estar llamado - en un porcentaje muy elevado - a acrecentar el número
pavoroso de pobres, de oprimidos, de personas expuestas a todo tipo de
adversidades. Asia ha sido el lugar donde han resuelto sus conflictos
bélicos países de otras latitudes, el lugar escogido para
entrenar las bombas más mortíferas, el mercado seguro de los
residuos. Hay en Asia pueblos despojados de los recursos naturales de su flora,
fauna, de su suelo, de sus mares, pueblos abandonados a su desgraciada suerte,
a su destino de muerte.
La Iglesia es en Asia
comunidad de pobres, en bastantes partes es la comunidad de los últimos.
Es una iglesia con voto de minoridad. Su opción por los pobres acontece
cuando es ella misma, sin más. Es como un pequeño David en medio
de sus pueblos. Y con ellos y en representación de ellos está
llamada a enfrentarse con el gigante Goliat, que oprime, que hace imposible la
vida.
"Lucha" es la palabra
que se escucha con los armónicos del Antiguo y del Nuevo Testamento
cuando se habla de la defensa de la vida, del patrimonio recibido, de la
naturaleza. " LuchA" es la palabra que manifiesta la situación
apocalíptica que viven no pocos pueblos. Por ellos, sobre ellos han
pasado y están pasando los imperios; están demasiado
acostumbrados a zarpazos de muerte. El joven David se encuentra, solidario con
su pueblo, en el campo de batalla.
Decir Asia es evocar,
asimismo, la palabra "armonía". La hondura de sus tradiciones
religiosas lo atestigua. En el alma del asiático está la
vocación a la armonía, al centramiento, a la creación de
una admirable y fascinante unidad poética entre el yo y el cosmos. El
misterio del "centro" equilibra la ineludiblemente desequilibrada
condición humana. Por doquier se encuentran testigos del milagro de la
armonía. La Iglesia ha sentido su fascinación. Y desea comulgar
en esa misma experiencia secular. No intenta implantarse, sino germinar, nacer
asiática. Su gran preocupación misionera no es convertir a la fe,
sino encarnarse, inculturarse, contextualizarse. Ella cree que hace lo que
haría Jesús, antes de todo.
La Iglesia ya es
asiática y por eso entiende de paciencia histórica; sabe que lo
que hoy siembre germinará lentamente, tal vez a siglos vista, pero se
multiplicará indudablemente en proporción geométrica.
Evangelizar una cultura milenaria sólo puede acontecer a través
de una humilde siembra de semillas y una impresionante paciencia. Por eso, la
Iglesia en Asia necesita un "plus" de fe, de esperanza. Necesita ser
humilde y, tantas veces, hablar de Jesucristo sin pronunciar su santo nombre.
Siendo nada menos y nada más que una parábola suya.
Y ahí están los religiosos. Los que vienen de fuera y los que en un número
admirable han germinado dentro. Intentan juntos ser iglesia, acompañar
al Pueblo de Dios que vive la tensión de la lucha y la armonía.
Hay una liberación pendiente a la que Asia es especialmente sensible.
Pablo lo expresó con estas palabras:
"La creación entera gime y sufre dolores de parto. Y no
sólo ella: también nosotros, que poseemos las primicias del
Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el
rescate de nuestro cuerpo." (Rm 8, 22-23)
Los religiosos de Occidente
debemos dirigir nuestra mirada hacia el Oriente. Allí está
amaneciendo. Desde allí nos vendrá una luz esplendorosa.
¡Escuchemos la voz de nuestras hermanas y hermanos! Su mensaje tiene una
novedad y también algunos correctivos. Es la profecía que viene
del Oriente.
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