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José Cristo Rey García Paredes, CMF
Lucha y armonía

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¿Porqué elegir estas dos palabras "lucha" y "armonía" para hablar de la vida religiosa en Asia? Asia es una realidad gigantesca y para nosotros, los occidentales, intrigante, exótica. Es la zona de nuestro plantea en la que más abundantemente explosiona la vida humana y en la que se detecta un preciosa herencia cultural y religiosa con raíces milenarias. Asia es rica en humanidad, es heredera de ancestrales tradiciones. Asia del pasado... Asia del futuro incierto. Del pasado le viene la armonía. Del presente y del futuro la lucha.

La explosión demográfica es el milagro permanente de Asia. Constantemente surgen nuevos nombres, rostros irrepetibles, personas únicas, posibles portadores de un futuro nuevo, de sorprendentes dones para la humanidad. Esa explosión de la vida humana, sin embargo, no cuenta con una infraestructura capaz de acogerla, protegerla, hacer que culmine su desarrollo. Ser niño o joven en Asia es estar llamado - en un porcentaje muy elevado - a acrecentar el número pavoroso de pobres, de oprimidos, de personas expuestas a todo tipo de adversidades. Asia ha sido el lugar donde han resuelto sus conflictos bélicos países de otras latitudes, el lugar escogido para entrenar las bombas más mortíferas, el mercado seguro de los residuos. Hay en Asia pueblos despojados de los recursos naturales de su flora, fauna, de su suelo, de sus mares, pueblos abandonados a su desgraciada suerte, a su destino de muerte.

La Iglesia es en Asia comunidad de pobres, en bastantes partes es la comunidad de los últimos. Es una iglesia con voto de minoridad. Su opción por los pobres acontece cuando es ella misma, sin más. Es como un pequeño David en medio de sus pueblos. Y con ellos y en representación de ellos está llamada a enfrentarse con el gigante Goliat, que oprime, que hace imposible la vida.

"Lucha" es la palabra que se escucha con los armónicos del Antiguo y del Nuevo Testamento cuando se habla de la defensa de la vida, del patrimonio recibido, de la naturaleza. " LuchA" es la palabra que manifiesta la situación apocalíptica que viven no pocos pueblos. Por ellos, sobre ellos han pasado y están pasando los imperios; están demasiado acostumbrados a zarpazos de muerte. El joven David se encuentra, solidario con su pueblo, en el campo de batalla.

Decir Asia es evocar, asimismo, la palabra "armonía". La hondura de sus tradiciones religiosas lo atestigua. En el alma del asiático está la vocación a la armonía, al centramiento, a la creación de una admirable y fascinante unidad poética entre el yo y el cosmos. El misterio del "centro" equilibra la ineludiblemente desequilibrada condición humana. Por doquier se encuentran testigos del milagro de la armonía. La Iglesia ha sentido su fascinación. Y desea comulgar en esa misma experiencia secular. No intenta implantarse, sino germinar, nacer asiática. Su gran preocupación misionera no es convertir a la fe, sino encarnarse, inculturarse, contextualizarse. Ella cree que hace lo que haría Jesús, antes de todo.

La Iglesia ya es asiática y por eso entiende de paciencia histórica; sabe que lo que hoy siembre germinará lentamente, tal vez a siglos vista, pero se multiplicará indudablemente en proporción geométrica. Evangelizar una cultura milenaria sólo puede acontecer a través de una humilde siembra de semillas y una impresionante paciencia. Por eso, la Iglesia en Asia necesita un "plus" de fe, de esperanza. Necesita ser humilde y, tantas veces, hablar de Jesucristo sin pronunciar su santo nombre. Siendo nada menos y nada más que una parábola suya.

Y ahí están los religiosos. Los que vienen de fuera y los que en un número admirable han germinado dentro. Intentan juntos ser iglesia, acompañar al Pueblo de Dios que vive la tensión de la lucha y la armonía. Hay una liberación pendiente a la que Asia es especialmente sensible. Pablo lo expresó con estas palabras:

"La creación entera gime y sufre dolores de parto. Y no sólo ella: también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo." (Rm 8, 22-23)

Los religiosos de Occidente debemos dirigir nuestra mirada hacia el Oriente. Allí está amaneciendo. Desde allí nos vendrá una luz esplendorosa. ¡Escuchemos la voz de nuestras hermanas y hermanos! Su mensaje tiene una novedad y también algunos correctivos. Es la profecía que viene del Oriente.

 





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