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Instituto de los Hermanos Maristas
A proposito de nuestros bienes

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Los bienes destinados a la Misión

10. ¿A qué destinamos el dinero?: valoraciones y pistas de reflexión y acción. La puesta en marcha y funcionamiento de nuestros proyectos apostólicos implican, en mayor o menor medida, el uso de locales, equipamientos y pago de servicios de personal y de otro tipo, que suponen dinero. Algunos proyectos educativos, en los que el Instituto está muy implicado, son especialmente exigentes en lo que se refiere a las instalaciones y servicios, aunque la situación es muy diversa en los distintos países.

      Creo que en este terreno nuestra reflexión sobre el uso de los bienes debe hacerse con más rigor. A veces oigo decir que no puede haber apostolado si no se tiene dinero, y que la misión no se puede realizar sin recursos económicos. El planteamiento, así expresado, parece tan obvio que no profundizamos más y no nos damos cuenta que el enunciado es equívoco. Precisaría por nuestra parte más reflexión, pero hecha desde referencias objetivas y teniendo en cuenta la misión que el Instituto se siente llamado a realizar hoy. Las mismas palabras pueden confundirnos y podemos darles contenido muy diferente.

      Me vienen al recuerdo nuestros orígenes. Marcelino, sin dinero y sin patrimonio, se propuso proyectos para la iglesia parroquial, comenzó las comunidades de la Valla y del Hermitage y otras más. Madre Teresa de Calcuta, sin dinero, se implicó en múltiples opciones de caridad. En Roma conozco "La Comunidad de san Egidio", que es una asociación que agrupa buen número de personas seglares, por lo general bastante jóvenes. Esta comunidad está muy comprometida en ecumenismo, proyectos de solidaridad y justicia (consiguió la paz para Mozambique), en comedores sociales y en barrios de Roma. Está muy comprometida en la evangelización, pero no tiene patrimonio, ni creo que sus cuentas bancarias les ofrezcan pingües resultados.

      Temo que sigamos haciendo dialéctica con las palabras, pero sin centrar la reflexión en buscar y escuchar lo que Dios nos está pidiendo. Necesitamos dinero para realizar la misión, pero se da la paradoja de que el aumento de medios y de reservas económicas de las Provincias no suele corresponder con la vitalidad del carisma.

11. En bastantes países tenemos el criterio de ser propietarios de las obras educativas. Parece que ese sistema nos da libertad e independencia en el funcionamiento. Pero a la larga, esta forma de proceder nos ata a las obras (a veces a los edificios) y aumenta el peso de las responsabilidades económicas que hemos de asumir. En nuestros orígenes los criterios del P. Champagnat eran un tanto diferentes y fueron satisfactorios.

12. Algunos pedidos que llegan al Consejo General me parece que tienden a perdurar y agrandar obras que deberían ser reorientadas. Continuamos engrosando proyectos que posteriormente justifican el aumento de fondos para poder afrontar los nuevos riesgos. Estamos en un círculo vicioso del que no conseguimos salir. Proyectamos instalaciones de calidad para estar al día, satisfacer las exigencias de grupos de familias o para dar servicios de primera a fin de atraer clientela. Pero eso mismo exigirá más personal para hacerlos funcionar además de aumentar los presupuestos de mantenimimiento. Normalmente se prevé financiarlos encareciendo las cuotas a cargo de las familias o aumentando el alumnado. Un tiempo después, esta política exigirá una nueva puesta al día y más reservas de garantía. ¿Para qué todo eso?

      Sobre el tema de las obras me he pronunciado varias veces. En un encuentro de Hermanos les decía que recibo bastantes invitaciones para unirme a las celebraciones jubilares de obras educativas que conmemoran 50, 75 o 100 años de existencia, pero que son muy pocas las invitaciones para el "bautizo" de proyectos y comunidades que vayan en sintonía con las llamadas del XIX Capítulo general y con las intuiciones de "refundación" que hoy vive la vida religiosa.

      En toda esta reflexión de medios e inversiones para dar "calidad" educativa, las palabras claves son misión y destinatarios. En modo alguno debieran serlo prestigio o competencia ante la escasez de alumnado. Ni tampoco respuesta a la demanda de grupos minoritarios de familias que presionan por implantar servicios educativos "de lujo", que tienen por consecuencia la exclusión de alumnos que sólo disponen de recursos suficientes para pagar su educación.

      Creo que necesitamos reflexionar un poco más sobre el uso y destino de nuestros bienes y de los medios materiales que empleamos para la misión. Y esto hemos de hacerlo utilizando más a menudo los criterios de las Constituciones y orientaciones de nuestros Capítulos Generales para juzgar evangélicamente planes, presupuestos y cuentas de resultados; para distinguir los gastos superfluos o menos necesarios; para racionalizar los gastos y ver en función de qué objetivos (valores) los hacemos.

      Hay quien expresa, más o menos abiertamente, el temor de que estas ideas son poco menos que "demagogia barata" o "falta de rigor y de conocimiento de las implicaciones económicas de ciertas obras". Y hay también quien teme que estos criterios sean poco compatibles con la gestión eficaz y responsable de obras y proyectos apostólicos educativos que hoy se nos pide. No creo debamos confundir las cosas y alimentar miedos indebidos.

      Se trata de discernir proyectos desde la perspectiva evangélica, y una vez elegidos, disponer los recursos necesarios. Por supuesto que, en coherencia, a los objetivos prioritarios hemos de asignarles recursos y medios más importantes. Instalaciones, servicios, recursos económicos sí, pero aquí también lo que poseemos y lo que empeñamos en la misión ha de expresar lo que somos y lo que pretendemos ser.

13. La reflexión sobre este tema nos debería llevar en dos direcciones:

La realidad está demostrando que la "calidad educativa" no parece tener una relación directa con la calidad y los costos de las instalaciones y de los medios. Parece depender más de la capacidad de los educadores para promover buenas relaciones entre todos los implicados en el proceso educativo. Y esto, que se puede lograr sin grandes medios económicos, sí que es coherente con el estilo marista de educar.

14. Algunas sugerencias sobre las obras: entiendo que en la teoría y principios generales podemos estar de acuerdo. Las dificultades surgen en el terreno de lo concreto. Por si sirve de ayuda, y a modo de ejemplo, ofrezco algunos criterios y sugerencias:

      En la realidad concreta ¿no damos la sensación de que invertimos sumas importantes de dinero en los grandes colegios, a favor de una clase social que en sí ya es privilegiada?




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