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| Peter Hans Kolvenbach Sobre la vida comunitaria IntraText CT - Texto |
Al recorrer el índice de los decretos de nuestra última Congregación General, habréis buscado en vano un texto relativo a lo que constituye el entorno cotidiano de la gran mayoría de los jesuitas: la vida comunitaria en la forma propia de la Compañía. En realidad, la vida comunitaria no ha quedado olvidada. La puesta al día de nuestras Constituciones ha abocado a un compendio normativo basado sobre la idea que se hacía Maestro Ignacio de nuestra vida comunitaria, enriquecida con todo lo decretado a este respecto desde la Congregación General XXXI (NC 314-330).
Por otra parte, nuestra reciente Congregación General reconoce el estrecho lazo existente entre la castidad apostólica y nuestra comunidad apostólica. Al llamarnos a cada uno a asumir la responsabilidad de fomentar la vida comunitaria, el decreto sobre la castidad nos dice, en un párrafo, que la vida de oración y el intercambio mutuo de los valores religiosos han de ser características habituales de nuestra vida diaria; y en el párrafo siguiente, que la vida comunitaria no debe replegarse sobre sí misma, sino abrirse a la hospitalidad y la solidaridad (CG 34, d.8, nn.22s).
El decreto sobre la pobreza no podía ignorar la comunión de bienes a nivel de comunidad, de la que mucho depende nuestro estilo de vida, y el impulso a una mayor solidaridad y transparencia en la comunicación de bienes con quienes están necesitados de ayuda material (CG 34, d.9, nn.12s).
En fin, es en el decreto sobre la promoción de vocaciones donde más se reitera la necesidad del testimonio de nuestra vida comunitaria. "¿Siguen siendo nuestras comunidades misteriosas para todos, excepto para nosotros, o más bien acogedoras y abiertas para quienes nos buscan?" (CG 34, d.10, nn.1-3).
¿Haría falta otro decreto distinto para decir más? La misma Congregación General se confiesa incapaz de mejorar el decreto 11 de la Congregación General XXXII (CG 34, d.8, n.22 y notas 10 y 21). Tras insistir en la hospitalidad y la solidaridad, en la colaboración y la ayuda mutua, en el intercambio y la comunión en el servicio de la Misión de Cristo, la Congregación General ha preferido dejar en manos del gobierno ordinario de la Compañía el cuidado de encargarse de este punto crucial para la renovación de "nuestro modo de proceder adelante en el camino de Dios", que es la vida comunitaria. Esta es la razón por la cual, en cuanto se ha presentado la primera ocasión, se ha invitado a las comunidades a pronunciarse sobre su vida comunitaria mediante las tradicionales cartas anuales ex officio.
He de agradecer la seriedad con la que las comunidades, con escasas excepciones, han reflexionado sobre las exigencias que comporta el vivir unidos como hermanos, como amigos en el Señor enviados en misión, a la manera de los apóstoles. Leyendo esos centenares de cartas, que evocan tantas gratas experiencias y tantas dificultades en nuestra vida comunitaria, se percibe por doquier el deseo sincero y urgente de emprender una nueva etapa: no podemos contentarnos con sentirnos más o menos unidos en un cuerpo apostólico universal; nos hace falta crecer unidos como servidores de la misión de Cristo en la realidad actual de la vida comunitaria.
Todo está sucediendo como si a la Compañía se le hubiera estado preparando para una toma de conciencia de la necesidad de una vida comunitaria apostólica más explícita. En efecto, durante estos últimos años, sobre todo con ocasión del año ignaciano, la Compañía ha redescubierto el discernimiento orante en el espíritu de los Ejercicios Espirituales. Luego ha podido revisar el camino trazado por Maestro Ignacio en las Constituciones, al ponerlas al día mediante las Normas Complementarias. Y finalmente todo parece llamarnos a revivir la experiencia comunitaria de aquellos primeros compañeros que nos precedieron en la voluntad de crecer compartiendo una misma misión, la de Cristo, asumiéndola a una como amigos que tienen al Señor por compañero común. A ese carisma primigenio y fundante ha adecuado la Compañía las más diversas formas concretas de vida comunitaria, modeladas siempre por la misión de Cristo que hemos de realizar.