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Peter Hans Kolvenbach
Sobre la vida comunitaria

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2. Testimonio de comunión y solidaridad

Si la confrontación con el individualismo nos viene de la cultura contemporánea, la Iglesia del Vaticano II impacta sobre el dinamismo de nuestra vida comunitaria invitándonos a captar lo que es en el fondo: comunión en el Espíritu. A pesar de todos los obstáculos con que tropieza, la humanidad moderna no ceja en la búsqueda de la unidad. El pueblo de Dios participa también en esa búsqueda tratando de revivir, en realizaciones concretas y actuales, la experiencia de la primera comunidad de Jerusalén (Hech 2,42-47). Si la innegable atracción hacia lo religioso se halla en el origen de tantos grupos y sectas, el impulso hacia la comunión, cuya fuente y energía es el Espíritu, no cesa de crear comunidades eclesiales de base, nuevos movimientos eclesiales de las más diversas figuras. En un mundo sediento de unidad y sin embargo despedazado por el odio y el asesinato, la división y la violencia, la comunión parece lejana y, humanamente hablando, no más que un bello sueño. De ahí que la vida comunitaria resulte testimonio de una comunión posible en Cristo; imposible de alcanzar, cierto, sólo con fuerzas humanas. La función de la vida comunitaria no estriba únicamente en reunir a los servidores de la misión de Cristo. La vida comunitaria es ya por sí misma parte integrante de la misión, en cuanto testimonio de comunión, por cuanto personas por nada predestinadas a vivir en común proporcionan al mandamiento nuevo del amor la posibilidad de ser algo más que una bella y utópica exhortación de Cristo, de realizarse de hecho en la existencia humana. "La misma vida de comunidad aparece como un testimonio múltiple para nuestros contemporáneos, sobre todo cuando con ella se fomentan el amor fraterno y la unidad por la que pueden reconocernos como discípulos de Cristo" (NC 316,2).

No hace falta decir que una vida comunitaria de esta hondura evangélica es mucho más que el simple compartir un mismo techo, una misma mesa y un mismo reglamento. Late en ella una exigencia que, para muchos de nosotros, puede parecer novedosa, pero que palpita en el corazón de las generaciones jóvenes con la esperanza de hallarla realizada en una vida consagrada al seguimiento de Quien congregó en torno a Sí a sus apóstoles y sus discípulos. Sin compartir nuestra fe, nuestra razón de vivir y trabajar como compañeros de Jesús, nuestra experiencia profunda de encuentro con Quien nos envía, nuestro testimonio será nulo.

Muchas de nuestras comunidades dan ya un innegable testimonio por el simple hecho de que jesuitas procedentes de naciones, culturas, lenguas y etnias diferentes viven en común, sobre todo cuando eso sucede en regiones donde la diversidad provoca coexistencias difíciles, por no decir explosivas.

Un testimonio menos fácil de dar, según las cartas ex officio, es el de un estilo de vida comunitaria que explicite simplicidad y compasión, solidaridad y gratuidad, preferencia de amor por los pobres de parte de Cristo. Y sin embargo, también debemos ser comunitariamente testigos de Cristo pobre y de su amor por los pobres "ante quienes nos rodean" (NC 327).

Tal vez no estemos acostumbrados a aspirar al testimonio explícito a través de nuestra vida comunitaria. Pero si vivimos plenamente como "comunidad apostólica, cuya solicitud es el servicio que sus miembros, en virtud de su vocación, están obligados a prestar" (NC 315), seremos testigos de la comunión en el Espíritu, humanamente imposible, pero totalmente posible mediante "una estrecha participación de vida y bienes, con la Eucaristía como centro" (NC 315).




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