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Peter Hans Kolvenbach
Sobre la vida comunitaria

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3. En comunidad o dispersos, crear cuerpo para la misión

Expuesta al individualismo de nuestro tiempo pero interpelada por la pasión de la Iglesia en pro de la koinonia, nuestra vida comunitaria se alimenta de la inspiración ignaciana desde sus orígenes. Ya los primeros compañeros se afanaron por formar un solo cuerpo apostólico ("nos reducere ad unum corpus"), porque cada uno de ellos había escuchado la llamada del Señor para asumir su misión en un mismo amor fraterno. Pero desde el principio comprendieron también que tal misión no podía ser vivida en los confines de un claustro o en una vida comunitaria fin de sí misma. De ahí la necesidad apostólica de crear cuerpo en un cuerpo universal; cierto, concretizado también en una comunidad local, pero nunca de manera exclusiva.

El envío en misión anima y domina tanto la vida en una comunidad local como la necesidad de trabajar fuera de una casa de la Compañía. Como aquellos primeros compañeros, dispersos un poco por todo el mundo en razón de su misión, todavía hoy hay jesuitas llamados a cumplir solos una misión de la Iglesia. Ya Maestro Ignacio se las ingenió para crear una vida comunitaria que, sin estar ligada a una casa precisa, se fundara sobre una comunicación constante, sobre un continuo intercambio de correspondencia, y sobre todo sobre una "cuenta de conciencia" en la que la misión fuese vista y revista a la luz de la misión de Cristo y como participación en la del cuerpo universal de la Compañía. En el mundo de hoy, convertido en "una aldea global" en la que se ofrecen tantas facilidades de comunicación, la Compañía pide a cuantos jesuitas deben vivir "dispersos" en razón de su misión que se inserten al máximo posible en el discernimiento orante y en el dinamismo apostólico de la Compañía universal, tomando parte activa en la vida de una comunidad ya existente o creada en función de ese objetivo. Los superiores mayores, que tienen como primera responsabilidad apostólica renovar anualmente la misión encomendada a cada compañero, deben atender particularmente a quienes cumplen la misión de la Compañía en dispersión (cf. NC 317).

Si la vida comunitaria local no agota todas las posibilidades de cumplir la misión, tampoco existe simplemente por sí misma, sino como ocasión ofrecida al cuerpo universal de la Compañía, que une a todos sus miembros sin excepción, para concretizar su misión: la de ayudar a las gentes a encontrar a su Creador y Salvador, sobre todo donde el Señor es poco o mal conocido y reconocido. Las Congregaciones Generales han discernido lo que significa concretamente esa misión para nuestro tiempo y han fijado en consecuencia prioridades apostólicas. Pero sus palabras resultarán vanas en tanto la comunidad, local y dispersa, no las traduzca en un programa o proyecto de vida comunitaria (NC 324,2).

Ninguna vida comunitaria puede considerarse una isla solitaria. Para ser expresión del cuerpo universal de la Compañía, debe comportarse en armonía y solidaridad con la trama apostólica de la provincia o la asistencia, haciendo suyas las prioridades apostólicas de toda la Compañía. Sean cuales fueren las formas de apostolado, por muy variadas que sean, no hay razón alguna para eliminar la opción por los pobres o el afán por el diálogo, la oferta de la espiritualidad ignaciana o la urgencia por aproximarse a las gentes y a sus culturas, a fin de que Cristo pueda ser anunciado de un modo que hable de veras a su corazón (NC 323). Una confiada y amigable comunicación espiritual (NC 324) no perderá de vista, prioritariamente, la misión común a toda la Compañía, adaptándola a las circunstancias de la vida comunitaria local, que es una expresión privilegiada, aquí y ahora, de la fraternidad apostólica extendida por el mundo (NC 314,2).

La Compañía es un cuerpo universal animado por el dinamismo apostólico de los Ejercicios Espirituales, del que quiere servirse el Espíritu para prolongar la misión del Hijo entre los hombres y mujeres de nuestro tiempo, sobre todo donde esa misión es desconocida o mal conocida, para la mayor gloria del Padre. En relación con la exigencia apostólica de vivir y obrar en todo como servidores de la misión de Cristo, que nos une a todos, la vida en común es algo subordinado, por estar en función de tal misión. Indudablemente, el ideal común de misión se encarna en una actividad apostólica concreta, en el seno de una cultura, al servicio de un país, en respuesta a una necesidad determinada. Pero cada actividad enraiza su sentido y su finalidad, su dinamismo y su vigor, en un movimiento de amor cuya fuente y meta es (según las mismas palabras de Maestro Ignacio) la Santísima Trinidad (Const. 671). Ahí, en ese movimiento de amor trinitario, es donde nace la unión en el cuerpo universal de la Compañía. La vida comunitaria, aun basada en el servicio a la misión de Cristo, afianza su apertura a la unión con el cuerpo apostólico universal de la Compañía, del que, ante todo, es miembro cada jesuita (cf. NC 314s).




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