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Peter Hans Kolvenbach
Sobre la vida comunitaria

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4. Amigos en el Señor, miembros de la Compañía

En nuestra vida comunitaria domina el afán por ser servidores de la misión de Cristo: ¿qué puede, entonces, significar para nuestras relaciones mutuas? No somos funcionarios o voluntarios de una organización multinacional, ni huéspedes más o menos contribuyentes de nuestras casas. La última Congregación General descarta incluso el calificativo de "compañeros de trabajo: somos amigos en el Señor" (CG 34, d.26, n.11).

Esta expresión, procedente de la pluma de Maestro Ignacio verosímilmente una sola vez y hasta anterior a la fundación de la Compañía, se ha ofrecido a todas las comunidades de la Compañía para comprobar hasta qué punto se reconocen en ella.

Según las cartas ex officio, la reacción no ha resultado en modo alguno unánime. Las diferencias de edad y de sensibilidad cultural explican sin duda a un mismo tiempo por qué un número importante de jesuitas comparte el pudor de Maestro Ignacio respecto al término "amigo", aunque él viviera en amistad auténtica con sus compañeros, y por qué otros muchos se reconocen plenamente en la constatación de la última Congregación General: "Amistades maduras con otros jesuitas... pueden no sólo apoyar una vida de castidad consagrada, sino hacer más honda la relación afectiva con Dios que la castidad encarna" (CG 34, d.8, n.32). En todo caso, todos parecen estar de acuerdo en que la vida comunitaria supone una fraternidad exigente. Pero surge la pregunta sobre cómo traducir esa exigencia sin que un afecto, por no decir una intimidad, obstaculice la profunda identificación personal con Jesús y su misión, que es absolutamente prioritaria en nuestra vida comunitaria (CG 34, d.26, n.5).

A pesar de las connotaciones militares y políticas que comportaban el riesgo de malinterpretarlas, Maestro Ignacio y los primeros compañeros expresaron su vida comunitaria por medio de dos palabras, todavía hoy en uso: "Compañía de Jesús", Societas Iesu. Ignacio sabía apreciar la camaradería militar, mediante la que había descubierto auténticos compañeros. Con uno de ellos se confesó antes de la batalla de Pamplona. Para él, un compañero era alguien con quien se podía contar: "Cuando tuviese hambre, esperaría ayuda de él; y cuando cayese, le ayudaría a levantar", declara el mismo Ignacio (Autobiografía, 35). Mucho más tarde, los primeros compañeros hicieron la experiencia de convertirse en compañeros de Jesús, en el espíritu de la sequela Christi en la pena, para seguirle en la gloria (EE 95). Es durante la deliberación romana de 1539, cuando los compañeros manifiestan su deseo de quedar "devinctos et colligatos in uno corpore", donde aparece el término "societas" para expresar su deseo de unión y, en consecuencia, la posibilidad de llamarse "socii Iesu". El mismo Maestro Ignacio aspiraba a que el término "Compañía" evocara la visión de la Storta, donde, por voluntad del Padre (NC 314), quedamos corporativamente unidos a la misión de su Hijo (FN 2,133). Más tarde, el P.Laynez captaría en el término "societas" toda la riqueza bíblica de la koinonia (FN 2,154).

"Compañía" y "Societas" tuvieron fortuna; no así, en los primeros siglos de nuestra historia, los términos "compañero" y "socius". Para hablar de nuestras relaciones fraternas las Constituciones rehuyeron cualquier imagen que pudiera evocar la vida familiar. Fiel a esta exigencia ignaciana, la última Congregación General confiesa que el jesuita "se ha hecho un hombre sin familia" y que "no es que la comunidad sustituya a la mujer y los hijos" (CG 34, d.8, nn.16 y 21).

No es a ese nivel familiar donde se sitúan nuestros lazos mutuos; la vida comunitaria más dichosa jamás agotará el sentimiento de soledad que únicamente puede llenar la familiaridad con el Señor. En las Constituciones, Maestro Ignacio se contenta con expresiones significativas de nuestra corresponsabilidad en la misión de la Compañía. Los jesuitas son "miembros del cuerpo de la Compañía", "personas de la Compañía", "los de la Compañía", o simplemente "nosotros".

Por medio de tales expresiones, más bien sobrias, Maestro Ignacio pone en nuestras manos la responsabilidad de la unión del cuerpo apostólico universal y de sus comunidades locales, porque esa unión ha de hacerse y rehacerse continuamente, con el auxilio del don eucarístico y del perdón sacramental en Cristo. Nada, pues, nos impide llamarnos "hermanos", "compañeros", incluso "amigos"; basta con que esos términos signifiquen para nosotros, como para Maestro Ignacio, "las muchas formas de presencia y prestación mutuas", en cuanto "mediadores, unos a otros, de la presencia del Señor" (CG 34, d.8, n.21), el Señor a quienes nos hemos ofrecido para crecer en compañía misionera, en unión con Cristo, "en puro servicio de su Padre eternal" (EE 135).

Redescubrir esta exigencia ignaciana parece ser un deseo creciente en la Compañía, a juzgar por las respuestas a las cartas ex officio. Pero aún es fuerte la tendencia a esperar sea a la iniciativa del superior, sea a la adhesión unánime (poco probable) de toda la comunidad, en lugar de asumir cada uno su propia responsabilidad.




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