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Peter Hans Kolvenbach
Sobre la vida comunitaria

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8. Hacia un estilo de vida más evangélico

Los informes de las comunidades muestran que, en la Compañía, se sabe y se desea multiplicar los pequeños gestos, los servicios concretos, las humildes atenciones que crean la vida comunitaria. Por doquier se constatan progresos en la oración participada, en el discernimiento apostólico en común (NC 326,3), en el descanso compartido. Algunas comunidades tienen que contentarse por el momento con una estructura mínima a causa de sus trabajos apostólicos; pero se lee en las respuestas el deseo de avanzar más allá de ese estricto mínimo. De acuerdo con la exhortación de la reciente Congregación General, las comunidades se abren también más y más a la hospitalidad generosa (NC 327,3), aun donde no lo facilitan el aislamiento o la disposición de una casa.

Las comunidades, asimismo, son más sensibles a la solidaridad con los pobres. Casi en todas partes, los jesuitas se lamentan de no lograr vivir la vida de las personas desfavorecidas entre las que, reiteradamente, querríamos habitar. De las exigencias de nuestra misión (NC 321 y 327,1) es de donde procede la diferencia de niveles de vida. Pero, con ocasión de la visita del Provincial o durante nuestros Ejercicios anuales, convendrá dejarnos interpelar, a propósito de nuestro estilo de vida e incluso de nuestros instrumentos de trabajo apostólico, por los amigos del Señor, los pobres. De ellos "siempre podremos aprender mucho acerca de la fe", de esa nuestra fe en el Señor pobre que queremos testimoniar (NC 246,1). En general, la vida personal de los jesuitas es sencilla y sobria. Por el contrario, falta con frecuencia una auténtica coparticipación de bienes materiales. Falta también la puesta en común de las voluntades para "dar testimonio de pobreza evangélica... viviendo en forma pobre y común en lo exterior" (NC 176,2), y para constituir una comunidad solidaria, fraterna al servicio de todos, hombres y mujeres, especialmente de los pobres, a fin de ganar a todos para Cristo.

Al leer todas esas cartas que testifican un crecimiento real, en la Compañía, de la vida comunitaria en sentido ignaciano, se comprueba que no es de temer actualmente el peligro de introducción de usos más bien monacales en nuestra vida. Más bien corremos el riesgo de que, quienes visitan nuestras comunidades, no consigan descubrir la razón de nuestra vida en común, Cristo y su Buena Nueva. Y éste no es únicamente un asunto de acuerdo evangélico entre quienes viven comunitariamente. También las circunstancias de la casa, su capilla (NC 227), su clausura (NC 327,2), los signos de las devociones comunes (NC 233s) y de la pobreza evangélica práctica (NC 178s), deben manifestar claramente la razón de ser de una comunidad reunida en el nombre del Señor.




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