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| Peter Hans Kolvenbach Sobre la vida comunitaria IntraText CT - Texto |
1. Sombras y luces del individualismo
En nuestros días, esta misión se realiza en un ambiente cultural frecuentemente marcado por un individualismo que supone un desafío para la vida comunitaria. Al examinar el estado de la Compañía, la última Congregación General ha tomado buena nota de la invasión de ese individualismo, manifestado en el sacrosanto "cada uno para sí" en detrimento de la vida comunitaria y del trabajo en equipo. Tal individualismo es lo que explica que falte a menudo la disponibilidad apostólica; que un jesuita se permita hacer declaraciones o tomar posturas a título personal, sin tener en cuenta el espíritu de cuerpo en este "cuerpo para el Espíritu"; que se debilite el celo misionero porque se da prioridad al interés personal, muy justificable en sí, más que a las exigencias de la misión de Cristo.
La Compañía no puede subsistir si no es más que la suma de jesuitas individualmente comprometidos. Es cierto, sin embargo, que, si el individualismo conlleva una fuerza negativa que hace perder el sentido del otro, la tradición de la Compañía revela en él también aspectos positivos, que han caracterizado específicamente la vida comunitaria jesuítica como distinta de la vida comunitaria monástica o conventual.
Aun cuando sea errado atribuir a la espiritualidad de los Ejercicios Espirituales una orientación fundamentalmente individualista, es verdad que Maestro Ignacio insiste sobre el "yo", para hacernos conscientes de nuestra responsabilidad personal en el drama del pecado y de la gracia. Aprendemos así que cada uno es creado por Dios, como criatura única no igual a otra alguna, y que cada uno es llamado por su nombre para llegar a ser servidor de la misión de su Hijo, en comunión con otros muchos que también, en Cristo, se comprometen personalmente (cf. EE 98 y 145). Esa llamada, lanzada en nombre de Cristo, a tomar conciencia de su originalidad personal, de sus capacidades y sus limitaciones, de su creatividad y su historia, comporta consecuentemente en nuestra vida comunitaria que nadie quede reducido al anonimato, como un número entre otros. Pero implica también que, como personas responsables que somos, hemos de poner en común todas esas energías para "construir la vida de comunidad..., para crear un clima en el que la comunicación sea posible y a nadie se descuide o se margine" (NC 325).
Nuestra vida comunitaria, por tanto, ha de caracterizarse por una lucha constante contra los aspectos negativos del individualismo ambiental (todo lo que sea encerrarse en sí mismo, en sus trabajos, en sus propias ideas o inquietudes) y por un esfuerzo incesante orientado a crear un clima fraternal de escucha e intercambio mediante la convivencia y el discernimiento orante, al servicio de una comunidad apostólica que permita a cada uno abrirse responsablemente a la misión de Cristo. La vida comunitaria no puede emerger entre personas que sólo se buscan a sí mismas; pero es capaz de compaginar el florecimiento de la personalidad y la pertenencia a un cuerpo apostólico mediante la fuerza de Quien "nos congrega en un cuerpo... para cumplir la voluntad divina, en orden a una vida apostólica muy diversificada" (NC 314).