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| Peter Hans Kolvenbach Sobre la vida comunitaria IntraText CT - Texto |
10. Discernir y compartir la misión
Es fácil declinar nuestra responsabilidad personal en la vida comunitaria con el pretexto de que tenemos una misión que cumplir y que el hecho de vivir juntos no es objetivo primario en la espiritualidad de la Compañía. En semejante perspectiva, todo minuto pasado en comunidad es un minuto perdido: ¡ante todo, la misión! Se sobrevalora, entonces, el trabajo apostólico en detrimento de la vida comunitaria: riesgo tan real (y serio) como el de privilegiar la vida comunitaria hasta el punto de que sufran las exigencias apostólicas. Sin embargo, ni una vida comunitaria contemplativa pero encerrada en sí misma sin atender al envío en misión por el Señor de la Storta, ni un trabajo apostólico amputado de su fuente, el Señor que da la fecundidad sirviéndose del instrumento del cuerpo apostólico, pueden reivindicar en exclusiva la espiritualidad ignaciana.
La "dispersión" está ligada, ante todo, a nuestra disponibilidad para partir hacia otro lugar e integrarnos en otra comunidad (NC 315). Puede también hacernos vivir independientes de una comunidad (NC 317). Y ello implica una gran diversidad de obras y actividades. Pero, aun sin estar en el mismo campo de trabajo, todos sin excepción son llamados a tomar parte en la misión de la Compañía. Es la misión de Cristo la que cada Congregación General trata de concretizar a nivel de cuerpo universal de la Compañía y la que cada comunidad local pretende realizar en el cotidiano aquí y ahora. Aunque cada uno trabaje por su cuenta en esa infinita diversidad de actividades a las que Maestro Ignacio quiso abrirse para mayor gloria de Dios, ningún compañero se consagra a una tarea meramente individual. Cualquier tarea queda sellada por las prioridades apostólicas proclamadas por la Congregación General XXXIV en respuesta a la llamada pontificia en favor de una nueva evangelización: misión y cultura, misión y justicia, misión y diálogo. Y es en la vida comunitaria, que ya es misión, donde se adquiere la sensibilidad apostólica para con tales prioridades y donde se discierne, a la luz de Cristo, la delimitación concreta con que un trabajo apostólico se debe aceptar o modificar, cumplir o abandonar (NC 315). A quienes se ha confiado la misión específica de orar por la Iglesia y la Compañía concierne implorar la fecundidad, que sólo Dios puede dar, para el conjunto de las labores que la Compañía universal se ingenia en plantar y regar, en fidelidad a su misión.
Si nosotros nos comportamos (por lo general de manera inconsciente) como propietarios de nuestra labor apostólica, o si defendemos a capa y espada una actividad o una institución apostólica (recoveco último donde el "yo" se esconde), dejamos de ser servidores de la misión de Cristo. La misión se recibe y debe recibirse siempre como bien comunitario, a nivel tanto de Compañía universal como de comunidad local. Es así como nos afirmamos concretamente corresponsables de la misión ante el Señor. Y es así como podremos integrar en tal misión el sentido comunitario, la formación permanente que cada actividad requiere, el descanso indispensable y la oración comunitaria. En esta última, especialmente, cada uno se toma un respiro con respecto a su actividad personal y comprueba que su tarea apostólica no tiene sentido sino en cuanto recibida como misión del entero cuerpo de la Compañía de Jesús y no fructifica sino a condición de ser tan gratuito don de Dios como la misma participación en la vida comunitaria.