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Miguel Ángel Orcasitas, OSA
Derechos humanos

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3.- El reto de esta conmemoración

Se afirma insistentemente que se trata de derechos universales, indivisibles e interdependientes, por lo que no se puede afirmar unos en perjuicio de otros. Sin embargo, algunos principios fundamentales, como el derecho al trabajo o a la educación, quedan frecuentemente relegados en la atención prestada por muchos países. El mismo derecho primordial a la vida, que es raíz de todos los demás, no siempre encuentra el debido respaldo, desde nuestra óptica cristiana de los derechos humanos, sino que a veces se interpreta de manera arbitraria y reduccionista. La Iglesia entiende que, en nombre de la libertad individual, no raramente se violan derechos fundamentales de grandes masas por falta de solidaridad, negándoles la oportunidad de una vida digna. O bien no se consideran las prerrogativas del nascituro, que es también sujeto de derechos. Por eso no puede acallar su voz profética, denunciando lo que considera como atentados a la dignidad humana, según es percibida por la revelación.

Refiriéndose el Papa a estas irrenunciables cualidades de universalidad e indivisibilidad afirma:

"Estos rasgos distintivos han de ser afirmados con vigor para rechazar las críticas de quien intenta explotar el argumento de la especificidad cultural para cubrir violaciones de los derechos humanos, así como de quien empobrece el concepto de dignidad humana negando consistencia jurídica a los derechos económicos, sociales y culturales" (mensaje para la jornada mundial de la paz, 1 de enero de 1998, n. 2).

Como personas humanas todos formamos parte de esta gran familia, que lucha por promover el desarrollo, consolidar la paz, garantizar la justicia y defender a los débiles, afirmando los derechos de toda persona humana. A nosotros corresponde hacerlo desde la iluminación de la fe. Una luz que no se nos ha dado para nuestro disfrute personal, encerrando nuestro corazón y nuestra vida en estructuras rígidas y distantes. Nuestro corazón ha de estar abierto, lleno de compasión y benevolencia, a los problemas y necesidades de los hombres. Nuestra vida debe constituir un compromiso con la dignidad humana, iluminando su trayectoria con la fuente última de su nobleza, que ha recibido de su Creador y que se perfecciona definitivamente en Jesucristo. Como cristianos debemos anunciar "la civilización del amor, fundada sobre valores universales de paz, solidaridad, justicia y libertad, que encuentran en Cristo su plena realización" (Juan Pablo II, Tertio millennio adveniente, 10 Nov. 1994, n. 52; Cfr. también la alocución de Juan Pablo II en el simposio "La Iglesia y los derechos humanos", 15 nov. 1988).

Debemos ser solidarios con la humanidad, iluminando desde la fe su provisionalidad, su angustia y su desconcierto. Por eso tiene sentido celebrar como religiosos un importante acontecimiento de la humanidad. La propia Santa Sede ha marcado una pauta, convocando recientemente un congreso en conmemoración de los 50 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

 




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