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Miguel Ángel Orcasitas, OSA
Derechos humanos

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4.- El ejemplo de Agustín y de la historia de la Orden

Promover los derechos humanos no es sólo una obligación derivada de nuestro compromiso humano, cristiano y religioso. También como discípulos de Agustín debemos mostrar una particular preocupación por la humanidad. Su ministerio pastoral, tantas veces empeñado en las pequeñas necesidades de sus fieles, así como su palabra, son para nosotros un punto de referencia obligado.

Naturalmente, sería anacrónico pretender encontrar en San Agustín una declaración de derechos humanos en los términos aportados por la modernidad y el magisterio eclesial de nuestros días. Pero sí se presenta ante nuestros ojos como un pastor de gran sensibilidad ante las realidades humanas de su grey, amante de la paz, defensor de la justicia, atento al clamor de los pobres. Para Agustín la igualdad entre los seres humanos está en el plan primitivo de Dios. Dice, en efecto, que Dios ha creado todos los seres humanos iguales. Las desigualdades y la esclavitud son fruto del pecado (Cfr. De civitate Dei 19. 14-15). Este principio permite comprender cómo para Agustín hay una injusticia esencial en la esclavitud, y ofrece en nuestros días una clara orientación para asumir posición frente a las leyes nacionales o internacionales que no reconocen en cada ser humano la plena dignidad que deriva de su condición de ser imagen de Dios.

Agustín abrazó la causa de la justicia, fue abogado de los pobres, denunció los abusos con los esclavos, comprando en alguna ocasión su libertad, defendió el derecho de asilo, fue tutor de menores. En su vasta producción literaria encontramos expresiones muy precisas que manifiestan su repugnancia humana y cristiana frente a la pena de muerte. Así cuando pidió al comisario imperial Marcelino que no ajusticiase a varios donatistas, autores de horrendos crímenes contra el clero católico (cfr. Carta 133). Escribe también al procónsul Apringio, pidiendo que no aplique a los circunceliones, confesos de haber asesinado y torturado clérigos católicos, la pena de muerte. "Para que esto no suceda, yo como cristiano ruego al juez y como obispo exhorto al cristiano". (Carta 134, 2.2). Añade en su carta a este procónsul cristiano que si tuviera que dirigirse a un juez no cristiano "le insistiría para que los suplicios sufridos por los siervos de Dios católicos, que deben aprovechar como ejemplo de paciencia, no sean manchados por la sangre de sus enemigos [...] por nuestra parte, si no se lograra encontrar para ellos una pena más moderada [que la de muerte], preferimos que sean puestos en libertad, antes que vengar los sufrimientos de nuestros hermanos derramando su sangre" (Ibid., 3,4). Asimismo, en relación a la tortura, considera la imposición de suplicios físicos "ajena a nuestra línea de conducta [como cristianos]" (Carta 104, 4.17; cfr. también: 1; 2.5).

La constante preocupación de Agustín por los más débiles, junto con su deseo de superar las lacras sociales que creaban estas situaciones, nacen de la misma raíz de donde surgen los derechos inalienables del hombre. Agustín reconoce y afirma la dignidad de la persona, como criatura e imagen de Dios, mientras que es la caridad, en la que se contiene toda la ley, el motor de su respeto y promoción. La solicitud por el prójimo es camino seguro para llegar a Dios: "Preocúpate de aquel que tienes a tu lado mientras caminas por este mundo y llegarás a Aquél con quien deseas permanecer eternamente" (In Io. 17,9).

Escuchamos el eco de las palabras de Terencio "homo sum: humani nihil alienum puto" ("Hombre soy y nada humano me es ajeno") (Heauton timoroumenos, 1,1,75-77), cuando decía: "Recorred vuestro camino junto con todas las gentes, junto con todos los pueblos, o hijos de la paz, o hijos de la única Iglesia católica" (Ena. in Ps. 66,6), o también "¿qué es mi corazón sino un corazón humano?" (De Trinitate, 4, proem., 1).

En relación con lo que hoy constituye un importante valor democrático, Agustín se manifiesta positivamente sobre aquellos pueblos capaces de elegir a sus propios magistrados: "Si se diera pueblo tan morigerado y grave y custodio tan fiel del bien común que cada ciudadano tuviera en más la utilidad pública que la privada, ¿no sería justa una ley por la que se le permitiera a este pueblo elegir magistrados, que administraran la hacienda pública del mismo?" (De libero arbitrio 1.6.14).




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