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| Miguel Ángel Orcasitas, OSA Derechos humanos IntraText CT - Texto |
6.- Compromiso en favor de la justicia y la paz
El tema de los derechos humanos es en nuestros días una plataforma excepcional de encuentro entre nuestra fe y la cultura secular. A pesar de las diferentes interpretaciones, hay un lenguaje y una tarea comunes en las que resulta posible coincidir la iluminación de la fe y la cultura contemporánea. La Iglesia necesita en nuestros días de lugares de encuentro donde pueda entablarse un diálogo entre fe y cultura, que es una de las grandes urgencias pastorales del momento, reconocida y proclamada por la autoridad de los últimos pontífices. "Para llevar adelante nuestra misión de servidores de la humanidad, debemos cultivar una especial cercanía que nos permita escuchar, atentamente, la voz de un mundo en transformación. Si nuestras propuestas no sintonizan con los desafíos del presente, el diálogo resulta imposible y nuestra presencia irrelevante" (Capítulo General Intermedio 1998: Agustinos en la iglesia para el mundo de hoy, n. 24).
Por encima de posibles contradicciones coyunturales, es innegable la contribución decisiva de la Iglesia en este proceso de afirmación de los derechos humanos. No en vano ha sido el occidente cristiano la cuna del pensamiento filosófico que llevó a la afirmación del individuo y de sus derechos. En su raíz está el Evangelio, algo que ha sido puesto en evidencia de modo muy clarividente e iluminador por el Concilio Vaticano II.
Pero no basta la afirmación de los principios. Nuestra misión en la Iglesia comporta una cierta dimensión de liderazgo incluso en el área social, en nombre de la fe. Nuestra palabra y nuestra acción han de acompañar el proceso de humanización a que aspira la Iglesia, a través de su magisterio, para ayudar a descubrir al ser humano su auténtica dimensión, que es transcendente, porque se dirige hacia Dios. "La cosmovisión de la fe cristiana puede contribuir, convincentemente, al establecimiento de una ética global que permita a los hombres y las mujeres, sin ninguna excepción, disfrutar de iguales derechos y de un nuevo orden mundial" (Capítulo General Intermedio 1998: Agustinos en la iglesia para el mundo de hoy, n. 29).
Durante el transcurso de este año, que marca el aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, muchas de las comunidades de la Orden han reflexionado sobre su significado y sobre la manera más práctica de aplicarla en el ambiente propio. Esta reflexión, en coherencia con el testimonio de nuestra historia como Orden, nos tiene que llevar a un mayor compromiso en favor de la defensa y promoción de los derechos y libertades humanas.
Como religiosos debemos empeñarnos en construir la paz y la justicia. Los derechos humanos son la base de la existencia y de la convivencia humanas, tienen por tanto un grandísimo valor ético y cívico. Su defensa constituye un compromiso muy concreto, que debe ser asumido por toda la humanidad. Lo afirmaba así el Papa en su mensaje de la Jornada última de la Paz, "Justicia y paz no son conceptos abstractos o ideales lejanos; son valores que constituyen un patrimonio común y que están radicados en el corazón de cada persona. Todos están llamados a vivir en la justicia y a trabajar por la paz: individuos, familias, comunidades y naciones. Nadie puede eximirse de esta responsabilidad" (n. 1).
La solicitud de la Iglesia por la humanidad, y la autoridad moral de su palabra la ha convertido en una valedora de la defensa de los derechos de todo ser humano. Pero su misión profética no consiste sólo en denunciar las violaciones de derechos, sino también en promover su respeto.
Como Iglesia representamos en el mundo una tradición religiosa y cultural que ha aportado base substancial para la proclamación de estos derechos. Como Orden tenemos también una trayectoria que nos debe comprometer con el paso de la humanidad. Recientemente nuestra Orden se ha vinculado como ONG (Organización No Gubernamental) a las Naciones Unidas. Eso nos permite hacer oír nuestra voz en un foro especialmente significativo, uniendo nuestro esfuerzo a la Delegación de la Santa Sede y otras organizaciones católicas representadas ante la ONU. Hemos de hablar de derechos humanos desde nuestra visión cristiana y agustiniana de la vida. Debemos sumar nuestra voz a la de quienes piden la ampliación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos a los derechos económicos y a la consideración de otros sujetos colectivos de derechos, como la familia, las minorías, los pueblos y las naciones. Será una importante contribución a la evangelización a que hemos sido convocados, porque se trata de promover la dignidad de la persona humana.
Por ello concluyo invitando a todas nuestras comunidades, conventuales, misionales, parroquiales o educativas, y a quienes desempeñan otros ministerios en nombre de la comunidad, a que realicen iniciativas concretas en conmemoración de este aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, para promover su respeto y contribuir a descubrir su verdadera raíz antropológica, desde nuestra visión transcendente del hombre y de la vida. En la piedad de Dios con el hombre y en el respeto a la libertad de la criatura podremos aprender el camino. Invito, asimismo, a considerar la posibilidad de hacer declaraciones en el ámbito local o provincial sobre temas relativos a la dignidad de la persona humana. El Santo Padre ha repetido insistentemente su invitación a condonar la deuda o conceder moratorias a los países en vías de desarrollo, que encuentran en el peso de esta deuda un impedimento absoluto para avanzar en la generalización de derechos económicos y sociales fundamentales.
Unirnos a la voz de la Iglesia será también un modo de contribuir a convertir el jubileo del año 2000 en un momento particular de gracia y redención para la humanidad.
En Roma, a 13 de noviembre de 1998, festividad de Todos los Santos de la Orden, os saludo fraternalmente en San Agustín.
Miguel Ángel Orcasitas
Prior General OSA