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| Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica Elementos esenciales de la doctrina de la Iglesia sobre la vida religiosa IntraText CT - Texto |
23. Cuando Dios consagra una persona, concede un don especial en orden a la realización de su propio designio de amor: la reconciliación y la salvación del género humano. El no sólo escoge, segrega y dedica a Sí mismo la persona, sino que la compromete en su obra divina. La consagración inevitablemente implica misión. Se trata de dos facetas de una misma realidad. La elección de una persona por parte de Dios, es para la salvación de los demás: la persona consagrada es «enviada» para realizar la obra de Dios, con el poder de Dios. Jesús mismo tenía clara conciencia de ello. Consagrado y enviado para llevar la salvación de Dios, estaba por entero dedicado al Padre en la adoración, el amor y la obediencia, y totalmente entregado a la obra del Padre, que es la salvación del mundo.
24. Los religiosos, por su forma peculiar de consagración, están necesaria y profundamente comprometidos en la misión de Cristo. Como El, son llamados para los otros: enteramente orientados hacia el Padre por el amor y, por eso mismo, entregados del todo al servicio salvador de Cristo a favor de sus hermanos y hermanas. Esto es verdad en todas las formas existentes de vida religiosa. La vida contemplativa claustral tiene su propia escondida fecundidad apostólica (cf PC 7) y proclama ante todos que Dios existe y que es amor. Los religiosos dedicados a obras de apostolado prolongan en nuestros tiempos la presencia de Cristo « que anuncia el Reino de Dios a las multitudes, que sana a los enfermos y heridos, que convierte a los pecadores a una vida mejor, bendice a los niños, hace el bien a todos, siempre obedeciendo la voluntad del Padre que le envió » (LG 48). Esta obra salvadora de Cristo es compartida a través de determinados servicios, confiados por la Iglesia al instituto al aprobar sus constituciones. Esta aprobación determina la naturaleza del servicio emprendido, que debe ser fiel al Evangelio, a la Iglesia y al instituto. Establece, además, ciertos límites, dado que la misión del religioso se ve, al mismo tiempo, reforzada y delimitada por las consecuencias de la consagración en un determinado instituto. Aún más, la naturaleza del servicio religioso determina cómo la misión ha de ser realizada: en unión profunda con el Señor y con una gran sensibilidad respecto a los tiempos, la cual capacitará al religioso « para transmitir el mensaje del Verbo Encarnado en términos que el mundo pueda comprender» (ET 9).
25. Cualquiera que sea el servicio apostólico a través del cual se transmite la palabra, la misión es emprendida como responsabilidad comunitaria. Es al instituto en su totalidad, a quien la Iglesia encomienda la participación en la misión de Cristo, que es característica suya y se expresa a través de las obras inspiradas por el carisma fundacional. Esta misión corporativa no significa que todos los miembros del instituto hagan las mismas cosas o que las cualidades y dones de las personas no sean respetados. Significa que la actividad de todos los miembros está directamente relacionada con el apostolado común, el cual - como la Iglesia ha reconocido - expresa en concreto la finalidad del Instituto. Este apostolado común y permanente forma parte de la sana tradición del instituto. Está tan íntimamente relacionado con la identidad, que no se puede cambiar sin tocar el carácter mismo del instituto. Es, por tanto, la piedra de toque en la evaluación de nuevas obras, sea que estos servicios hayan de ser realizados por un grupo o individualmente. De la integridad del apostolado común son especialmente responsables los superiores mayores: deben velar por que el instituto sea, a la vez fiel a su misión tradicional en la Iglesia y abierto a nuevas maneras de realizarlo. Las obras tienen necesidad de ser renovadas y revitalizadas, pero esto ha de hacerse manteniéndose siempre fieles al apostolado aprobado del instituto y en colaboración con las autoridades eclesiásticas correspondientes. Tal renovación deberá estar marcada por las cuatro grandes fidelidades, puestas de relieve en el documento Religiosos y Promoción humana: « fidelidad a la humanidad y a nuestro tiempo; fidelidad a Cristo y al Evangelio; fidelidad a la Iglesia y a su misión en el mundo; fidelidad a la vida religiosa y al carisma del instituto » (RPH 13).
26. El religioso o religiosa realiza su propia acción apostólica dentro de la misión eclesial del instituto. Fundamentalmente, será un trabajo de evangelización que tenderá, en la Iglesia y de acuerdo con la misión del instituto, a ayudar a difundir la Buena Nueva entre «toda la humanidad y, por medio del Evangelio, a transformar la humanidad desde dentro» (EN 18; RPH intr.). En la práctica, llevará consigo alguna forma de servicio compatible con la finalidad del instituto, emprendido de ordinario con otros hermanos y hermanas de la misma familia religiosa. En el caso de algunos institutos clericales o misioneros, el religioso podrá a veces encontrarse solo en su actividad apostólica. En el caso de otros institutos, una actividad solitaria podrá ser emprendida solamente con permiso de los superiores, para hacer frente a una necesidad urgente por un tiempo limitado. Al final de la vida, el apostolado será, para muchos, sólo una misión de oración y sufrimiento. Pero en cualquier situación, el trabajo apostólico de cada religioso es el propio de una persona enviada en comunión con un instituto, que ha recibido una misión eclesial. Tal actividad tiene su fuente en la obediencia religiosa (PC 8; 10). Por lo mismo, se diferencia, en su modo de ser, del apostolado propio de los laicos (cf RPH 22; AA 2, 7, 13, 25). Precisamente por su obediencia en sus obras eclesiales y corporativas, los religiosos ponen de manifiesto uno de los aspectos más importantes de su vida. Ellos son genuinamente apostólicos, no precisamente porque ejercen un apostolado, sino porque viven como los apóstoles vivieron: siguiendo a Cristo en servicio y comunión, según las enseñanzas del Evangelio, en la Iglesia que El fundó.
27. No cabe duda que actualmente, en muchos lugares del mundo, los institutos religiosos que se dedican a actividades apostólicas se enfrentan con especiales dificultades que afectan a su apostolado. El menor número de religiosos, la disminución de vocaciones, el envejecimiento general, las presiones sociales provocadas por movimientos contemporáneos, están coincidiendo con la constatación de un mayor número de necesidades, un mayor individualismo en el desarrollo personal, una conciencia más aguda de los temas referentes a la justicia, la paz y la promoción humana. Existe la tentación de querer hacerlo todo. Existe la tentación de abandonar obras estables, genuina expresión del carisma del instituto, por otras que parecen más eficaces inmediatamente frente a las necesidades sociales, pero que dicen menos con la identidad del instituto. Existe un tercer peligro: el de dispersar los recursos de un instituto en una multitud de actividades a breve plazo, con muy poca conexión con el carisma de fundación. En todos estos casos, los efectos no son inmediatos, pero, a la larga, sufre la unidad y la identidad del instituto mismo; y esto sería dañoso para la Iglesia y su misión.