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| Ioannes Paulus PP. II Redemptionis donum IntraText CT - Texto |
2. Por eso, mientras este Año santo está llegando a su conclusión, deseo dirigirme de modo particular a todos vosotros, Religiosos y Religiosas, enteramente consagrados a la contemplación o entregados a las diversas obras de apostolado. Lo he hecho ya en numerosos lugares y en diversas circunstancias, confirmando y prolongando la enseñanza evangélica contenida en toda la Tradición de la Iglesia, especialmente en el Magisterio del reciente Concilio ecuménico, desde la Constitución dogmática Lumen gentium al Decreto Perfectae caritatis, en la línea de las indicaciones de la Exhortación Apostólica de mi Predecesor Pablo VI Evangelica testificatio. El Código de Derecho Canónico, entrado recientemente en vigor y que de alguna manera puede considerarse el último documento conciliar, será para todos vosotros una ayuda preciosa y una guía segura para precisar concretamente los medios para vivir fiel y generosamente vuestra magnífica vocación eclesial.
Os saludo con el afecto del Obispo de Roma y Sucesor de San Pedro, al cual vuestras Comunidades permanecen unidas de modo característico. Desde la misma Sede romana llegan también, con un eco incesante, las palabras de San Pablo: "Os he desposado a un solo marido para presentaros a Cristo como casta virgen"[3]. La Iglesia, que después de los Apóstoles recoge el tesoro de las bodas con el divino Esposo, mira con sumo amor hacia todos sus hijos e hijas que, mediante la profesión de los consejos evangélicos han establecido, a través de su mediación, una alianza privilegiada con el Redentor del mundo. Acoged pues esta palabra del Año jubilar de la Redención precisamente como una palabra de amor, pronunciada por la Iglesia para vosotros. Acogedla dondequiera que estéis: en la clausura de las Comunidades contemplativas, o en la entrega al multiforme servicio apostólico; en las Misiones, en la acción pastoral, en los hospitales o en otros lugares donde se sirve al hombre que sufre, en los institutos de educación, en las escuelas o en las universidades y, finalmente, en cada una de vuestras Casas, donde permanecéis "reunidos en el nombre de Cristo" conscientes de que el Señor está en medio de vosotros[4]. Que la palabra de amor de la Iglesia, dirigida a vosotros en el Jubileo de la Redención, sea el reflejo de aquella palabra de amor que Cristo mismo ha dirigido a cada uno y a cada una de vosotros, pronunciando un día aquel misterioso "Sígueme"[5], con el que empezó vuestra vocación en la Iglesia.