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| Ioannes Paulus PP. II Redemptionis donum IntraText CT - Texto |
4. Este camino se llama también el camino de perfección. Conversando con el joven, Cristo dice: "Si quieres ser perfecto..."; de modo que el concepto de "camino de perfección" tiene su motivación en la misma fuente evangélica. ¿No escuchamos, por otra parte, en el discurso de la montaña: "Sed, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial"?[12] La llamada del hombre a la perfección ha sido de alguna manera percibida por pensadores y moralistas del mundo antiguo y también posteriormente en las diversas épocas de la historia. Pero la llamada bíblica posee una característica totalmente original: es particularmente exigente cuando indica al hombre la perfección, a semejanza de Dios mismo[13]. Precisamente de esta forma la llamada corresponde a toda la lógica interna de la Revelación, según la cual el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios mismo. Por tanto él debe buscar la perfección que le es propia en la línea de esta imagen y semejanza. Escribe San Pablo en la Carta a los Efesios: "Sed... imitadores de Dios, como hijos amados, y caminad en el amor, como Cristo nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio de fragante y suave olor"[14].
Así pues, la llamada a la perfección pertenece a la esencia misma de la vocación cristiana. En base a esta llamada conviene comprender también las palabras de Cristo dirigidas al joven del Evangelio. Estas están unidas de modo particular al misterio de la Redención del hombre en el mundo. En efecto, ésta devuelve a Dios la obra de la creación contaminada por el pecado, indicando la perfección que la creación entera, y concretamente el hombre, poseen en la mente y en el plan de Dios mismo. Especialmente el hombre debe ser entregado y devuelto a Dios, si debe ser plenamente devuelto a sí mismo. Por eso la llamada eterna: "Vuelve a mí, que yo te he rescatado"[15]. Las palabras de Cristo: "si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres..." nos introducen sin duda en el ámbito del consejo evangélico de la pobreza, que pertenece a la esencia misma de la vocación y de la profesión religiosa.
Al mismo tiempo estas palabras se pueden entender de manera más amplia y en un cierto sentido esencial. El Maestro de Nazaret invita a su interlocutor a renunciar a un programa de vida en cuyo primer plano está la categoría de la posesión, la del "tener", y en cambio le invita a aceptar en su lugar un programa centrado sobre el valor de la persona humana: sobre el "ser" personal, con toda la trascendencia que le caracteriza. Tal comprensión de las palabras de Cristo constituye casi un más amplio trasfondo para el ideal de pobreza evangélica, especialmente de aquella pobreza que, como consejo evangélico, pertenece al contenido esencial de vuestras bodas místicas con el Esposo divino en la Iglesia. Leyendo las palabras de Cristo a la luz del principio de la superioridad del "ser" sobre el "tener", especialmente si éste último se entiende en un sentido materialista y utilitarista, llegamos casi a las mismas bases antropológicas de la vocación en el Evangelio. En el panorama del desarrollo de la civilización contemporánea, esto es un descubrimiento particularmente actual. Por eso se ha hecho actual la misma vocación "al camino de perfección", tal como lo ha marcado Cristo. Si en el ámbito de la civilización actual, especialmente en el contexto del mundo del bienestar consumístico, el hombre siente dolorosamente la deficiencia esencial de "ser" personal que viene a su humanidad de la abundancia del multiforme "tener", entonces él está más expuesto a acoger esta verdad sobre la vocación, que fue pronunciada de una vez para siempre en el Evangelio. Sí, la llamada que vosotros, queridos Hermanos y Hermanas, acogéis entrando en el camino de la profesión religiosa, llega a las raíces mismas de la humanidad, las raíces del destino del hombre en el mundo temporal. El evangélico "estado de perfección" no os separa de estas raíces. Al contrario, os permite aferraros más fuertemente a aquello por lo que el hombre es hombre, enriqueciendo esta humanidad, agravada de diversos modos por el pecado, con el fermento divino-humano del misterio de la Redención.