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| Ioannes Paulus PP. II Redemptionis donum IntraText CT - Texto |
6. La estructura de esta vocación, tal como se deduce de las palabras dirigidas al joven en los Evangelios sinópticos[20], se manifiesta a medida que se descubre el tesoro fundamental de la propia humanidad en la perspectiva de aquel "tesoro" que el hombre "tiene en el cielo". En esta perspectiva el tesoro fundamental de la propia humanidad se relaciona con el hecho de "ser, dándose a sí mismo". El punto directo de referencia a una vocación así es la persona viva de Jesucristo. La llamada al camino de perfección toma forma de El y por El en el Espíritu Santo el cual -a nuevas personas, hombres y mujeres, en diversos momentos de su vida y principalmente en la juventud- "recuerda" todo lo que Cristo "dijo"[21] y en concreto lo que "dijo" al joven que le preguntaba: "Maestro, ¿qué obra buena he de realizar para alcanzar la vida eterna?"[ 22] Mediante la respuesta de Cristo, que "mira con amor" a su interlocutor, el intenso fermento del misterio de la Redención penetra en la conciencia, en el corazón y la voluntad de un hombre que busca con seriedad y sinceridad.
De este modo la llamada al camino de los consejos evangélicos tiene siempre su inicio en Dios: "No me habéis elegido vosotros a mí, sino yo os elegí a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca"[23]. La vocación en la que el hombre descubre hasta el fondo la ley evangélica del don, inscrita en la propia humanidad, es ella misma un don. Es un don henchido el contenido más profundo del Evangelio, un don en el que se refleja el perfil divino-humano del misterio de la Redención del mundo. "En eso está el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y envió a su Hijo, como propiciación por nuestros pecados"[24].